Con 97 años de existencia, uno pensaría que el PRI sería en 2026 un partido viejo.
Un partido del pasado.
Una estructura política que vive más de su historia que de su presente.
Sin embargo, con su casi centenar de años, el PRI está vivo.
Y más aún: está presente.
Presente en la conversación pública, presente en la discusión política y —de forma paradójica— presente en uno de los espacios más jóvenes, volátiles y exigentes de la vida pública contemporánea: las redes sociales.
Esto resulta particularmente llamativo si se recuerda que el PRI fue, durante buena parte del siglo XX, el gran arquitecto del modelo clásico de comunicación política en México.
Un modelo basado en el control de los grandes medios, en la disciplina del mensaje institucional y en una narrativa política profundamente centralizada.
Durante décadas, la política mexicana se comunicó a través de los periódicos impresos, de la radio y, más tarde, de la televisión.
Los mensajes eran verticales, unidireccionales.
Los gobiernos hablaban, la ciudadanía escuchaba.
En ese contexto, el PRI fue un maestro de la narrativa institucional: la construcción del “presidencialismo”, la liturgia de los informes de gobierno, los grandes discursos de Estado y una simbología política que definió generaciones enteras.
Pero el mundo cambió.
La llegada de internet primero, y después de las redes sociales, rompió el viejo modelo de comunicación política.
Los ciudadanos dejaron de ser espectadores y se convirtieron en participantes.
Las narrativas dejaron de construirse exclusivamente desde el poder y comenzaron a disputarse en tiempo real.
Las campañas dejaron de depender únicamente de spots de televisión y espectaculares.
Hoy dependen de conversación, de viralidad, de narrativa digital.
Y ahí es donde la paradoja se vuelve interesante.
Porque aunque el PRI es el partido más antiguo del país, en los últimos meses se ha convertido también en uno de los actores más visibles dentro del ecosistema digital político mexicano.
No sería exagerado decir que hoy el PRI no solo resiste en el espacio digital: genera conversación.
Mientras muchos pensaban que el partido quedaría atrapado en los códigos del siglo pasado, la realidad es que su estrategia digital ha logrado adaptarse a la lógica del nuevo entorno mediático.
El partido ha comenzado a comprender algo que muchas estructuras políticas aún no terminan de asimilar: que en redes sociales no gana quien más habla, sino quien mejor entiende el algoritmo.
Los contenidos del PRI han empezado a navegar los códigos de la comunicación contemporánea: el uso inteligente de tendencias, la simplificación de mensajes complejos, la narrativa visual y el aprovechamiento de los formatos que dominan las plataformas actuales.
TikTok, X, Instagram y Facebook no son solo canales de difusión; son espacios de disputa narrativa.
Y el PRI, contra muchos pronósticos, está compitiendo ahí.
Detrás de este cambio hay un origen claro.
La llegada del estratega Jorge Garcés, quien, con la confianza de los liderazgos del partido, ha impulsado una transformación en la manera en que el PRI entiende su comunicación digital.
Más que replicar los formatos tradicionales en redes sociales —un error común en muchos partidos— la estrategia ha buscado hablar el lenguaje propio de cada plataforma.
Comprender que el contenido político hoy compite con entretenimiento, con humor, con cultura digital.
Comprender que el algoritmo premia la conversación, no el boletín.
Lo que está ocurriendo es interesante desde el punto de vista político, pero también desde el punto de vista de la comunicación.
Porque durante décadas el PRI fue sinónimo de una comunicación institucional rígida, formal, cuidadosamente controlada.
Hoy, en cambio, intenta navegar el terreno más impredecible de la política contemporánea: la conversación digital.
Un espacio donde el poder no se impone, se gana.
Donde las narrativas se disputan segundo a segundo.
Y donde incluso un partido con casi cien años de historia puede reinventarse.
Quizá esa sea la lección más interesante del fenómeno.
La edad de una institución política no necesariamente define su capacidad de adaptación.
En política, como en la comunicación, sobreviven quienes entienden el momento histórico que están viviendo.
Y en el ecosistema digital del siglo XXI, comprender el lenguaje de las plataformas puede ser tan importante como entender la lógica del poder.
Por eso lo que está ocurriendo con la estrategia digital del PRI no es solo un caso curioso.
Es, en realidad, un fenómeno digno de estudiarse.
Y para muchos actores políticos, también digno de copiarse.
X: @pipemx