La soltería, al romper el dique de la propiedad privada, se considera distópica. Aparece entonces un rechazo abierto o velado a quien osa vivir sin alguien al lado.
El mito de los andróginos, pintado por Aristófanes en el Banquete de Platón, en el que seres con dos cabezas y cuatro piernas son divididos por Zeus y ahora vagan por el mundo en busca de “su otra mitad” no pintaba una realidad ontológica. Establecía una metáfora del deseo.
¿Romántico? Tal vez, pero también irreal, aunque muchos secundan el mito como leyenda que impulsa a la búsqueda incesante de “su otra mitad”. Pero en esa búsqueda esencial olvidan cuidar a lo que son ahora y olvidan priorizar el propio cuidado y avance. Optan por complacer expectativas y gustos de otros mientras el “yo” se apaga en postergaciones sobre lo que realmente queremos en nuestra realidad y el mundo.
La falacia de la “media naranja” asume que alguien debe complementar lo que ya es. Bajo esa idea existe in rechazo inconsciente de revalorización de lo que ya se poseemos y de las posibilidades que cada uno puede ser.
En la vida real el “vivieron felices para siempre” no existe si la pareja se mira como prótesis y no elección estética, ética y afectiva. Nadie “completa”: acompaña. No “salva”: celebra. No “define”: refleja. Entonces, cada uno debe asumir el momento y realidad que vive con la plenitud que merece. No esperar mañanas en las que se encuentre una parte que faltaba. Ya somos suficientes.
La plenitud no está afuera aunque la sociedad vigila, sospecha, infantiliza o romantiza.
Debemos generar narrativas más reales: Nacimos enteros, pero con capacidad de resonar. Entonces no buscamos mitades, buscamos ecos.
Una persona completa no busca mitades, busca horizontes.
Y ante esto, los imperativos sociales operan e imponen paradigmas peligrosos, fractales, míticos. Para desactivarlos, hay que hacerlos visibles.
Existen tres frases de romper la narrativa imperante:
“Una persona sola ejerce soberanía”
“ La pareja es una posibilidad, no un destino”.
“ El amor verdadero es libertad compartida”.
Cuando se cambia el lenguaje, también se modifica la arquitectura mental y se decide cómo amar, a quien permitimos ser parte de nuestro círculo cercano, quien forma parte de nuestra vida y si queremos una pareja que deja de ser un requisito y se convierte en un proyecto curatorial donde cada uno es curador de voces, historias, símbolos y vínculos.
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