La degradación política puede significar muchas cosas y lleva a accidentados caminos y penosos destinos. Cuando se arropa en el cinismo desde los más elevados espacios del poder, la primera baja es la verdad; la otra la pérdida del sentido del ridículo. Sucede en EU con el presidente Trump y sus colaboradores cercanos, lamentablemente, también ocurre en nuestro país y desde hace tiempo.
Cuando eso es regular, el día a día le normaliza, que no necesariamente significa que se acepte. Sin embargo, desde el poder, la ausencia de resistencia no sólo convalida la aviesa conducta, sino que puede asumirse ratificado, avalado colectivamente. De allí la necesidad de una libertad de expresión independiente, sin temor al poder o a enfrentar al régimen. Esa es la diferencia entre EU y México, por tal consideración sólo 37% de los norteamericanos aceptan a su presidente; en nuestro caso es el doble. Las encuestas de aprobación presidencial son punto de partida no de llegada, por lo mismo deben interpretarse a partir de la vigencia y calidad del escrutinio y debate públicos.
López Obrador ha sido el prototipo del líder populista. Entre otras características, la reencarnación y la identidad del proyecto. Su prédica exitosa le concedió márgenes amplios de impunidad verbal y un blindaje social no sólo frente a los opositores, también ante los críticos independientes. Se reafirmó en el desdén a la ley y a las buenas formas, así como con ruda y excesiva ofensiva a los medios, líderes de opinión y analistas, aceptada hasta por los mismos afectados, especialmente, las empresas de comunicación. Como en EU, en su mayoría se allanaron a la embestida del poder presidencial. El negocio primero que la libertad de palabra.
La presidenta Sheinbaum es distinta y allí está su problema o las dificultades para ejercer su responsabilidad simbólica, política y jurídica como presidenta de la República. No se ha equivocado que el poder, el sentido de causa y destino proviene de López Obrador.
El movimiento se llama obradorismo. Morena nació para llevar al poder a López Obrador. En el gobierno su tarea fue facilitar las decisiones de López Obrador como voz única e indisputada del pueblo. Fue su decisión llevar a Sheinbaum a la presidencia para dar continuidad al proyecto; ella así lo entiende, practica y ejerce. No es excesivo decir que la fuente de poder y legitimidad, a los ojos de los morenistas, no es haber ganado una encuesta para ser candidata, tampoco una elección para ser presidenta, sino ser la seleccionada y promovida por el sumo y único líder del proyecto.
El carisma de López Obrador es una característica singularísima. No se aprende, tampoco se hereda; queda claro en sus vástagos. Tampoco se transmite por decreto, convenio o conveniencia. La presidenta Sheinbaum tiene atributos propios: género, preparación, trayectoria, carácter y decisiones, la más notable no caer en la seducción del militarismo. Sin embargo, carece del carisma de su antecesor y por las mejores razones, no es igual; se confrontarían si fuera el caso porque el liderazgo carismático no admite coexistencia ni sometimiento alguno. Suficiente para advertirlo el trato que Andrés Manuel concedió a Cuauhtémoc Cárdenas o a Porfirio Muñoz Ledo. La presidenta es una leal seguidora del líder y creador del movimiento; uno manda y la otra gestiona; su alusión al segundo piso es una metáfora tan exacta como preocupante y de ello dio temprana prueba al acabar con la independencia y autonomía del Poder Judicial Federal.
Las mañaneras se han degradado. No es que en el pasado fueran portento de estrategia o de excelsa comunicación; nunca lo han sido. Pero eran eficaces en dos sentidos: primero, alinear la comunicación propia y de los medios a las necesidades políticas del presidente; segundo, generar empatía social por las expresiones de autoridad y poder, sin importar apego a la verdad o a normas de decencia. La presidenta se ha quedado a medias porque el entorno de ahora no le favorece, la evidencia de fracaso del proyecto está presente a grado tal que las mismas encuestas que la exaltan revelan el fracaso de su gobierno. Por otra parte, el desapego a la verdad y agresión al opositor o independiente en López Obrador era parte de su biografía y personalidad. No es el caso de una presidenta con preparación, mundo y cultura. Lo que en uno es cualidad, en la otra es inconveniente y penosa impostura, además de disfuncional.