“Lo que no se mide, se descompone; lo que se niega, estalla”.
adaptación de W. Edwards Deming
“Hay proyectos que nacen inviables, pero sobreviven por razones políticas”.
Albert O. Hirschman
“Esta no es una canción de amor
(This is not a love song)
Feliz de tener, no tener no
(Happy to have, not to have not)
Las grandes empresas son muy sabias
(Big business is very wise)
Estoy cruzando hacia la empresa
(I’m crossing over into enterprise)”
Public Image Ltd.
Dos Bocas ya no es un proyecto energético. Es un método. Un método para normalizar socialmente lo verdaderamente inaceptable; para convertir la falla en narrativa y el riesgo en rutina.
El más reciente incendio —otra vez en el área de coque— fue controlado en pocas horas y, según la versión oficial, no dejó heridos. ¡Claro!, tampoco dejó responsables o preguntas con respuestas… Porque en México los incendios industriales, aunque nuestros gobernantes cuatroteros insistan, NO son eventos ni incidentes: SON síntomas. Pésimos síntomas donde la ofensiva corrupción es el menos grave de ellos.
Pemex insiste en que “no hay afectaciones mayores”. Esa frasecita se ha vuelto protocolo, casi reflejo condicionado. Pero entre trabajadores ya se hablaba, desde días antes, de anomalías: liberaciones de gas, presiones muy por fuera de rango, “vapor” que no terminaba de convencer a nadie. Por supuesto, oficialmente no pasaba nada. Hasta que pasó. Nada nuevo bajo el sol… salvo el fuego.
Dos Bocas se prometió como la pieza central de la soberanía energética. Gasolina barata, autosuficiencia, orgullo nacional. La realidad: sobrecostos que triplicaron el presupuesto inicial —de 8 a más de 20 mil millones de dólares—, operación parcial y una cadena de incidentes que ya dejó muertos hace apenas semanas. O sea, no una Estela de la Luz, sino doscientas, con incendios incluidos.
Pero lo verdaderamente interesante no es el accidente. Es el patrón. Charles Perrow explicó hace décadas que en sistemas complejos, alta y malamente acoplados, los accidentes no son desviaciones: son inevitables. Son “normales”. No porque deban ocurrir, sino porque el sistema está diseñado de tal forma que tarde o temprano fallará. Dos Bocas encaja demasiado bien en esa definición.
Una refinería construida en un manglar, en una zona de lluvias torrenciales, con tiempos políticos encima, con presión para inaugurar antes de estar lista, con cadenas de proveedores opacas —muy opacas— y con incentivos perversos para reportar éxito aunque no exista, no es que falle; es que no puede no fallar.
Y entonces aparece el siguiente nivel del problema: la narrativa. Cada incidente se encapsula, se minimiza, se administra. No hay crisis, hay “eventos”. No hay errores estructurales, hay “posibles causas”. No hay responsabilidades, hay “investigaciones en curso”. Esta es la verdadera refinería: la que procesa la realidad para convertirla en discurso.
Albert O. Hirschman lo anticipó en su teoría de la “mano oculta”: los proyectos mal diseñados sobreviven porque sus promotores subestiman deliberadamente los costos y sobreestiman los beneficios. No es un error técnico, es un mecanismo político. Y Dos Bocas no es la excepción; es el caso de estudio.
Porque si el incendio alcanzó material de coque —un residuo altamente contaminante y con temperaturas de combustión elevadas— el problema no es el fuego visible, sino el invisible: el posible daño estructural. ¡El acero sometido a calor extremo pierde resistencia! Las torres no colapsan ese día. Pero quedan comprometidas.
Y ahí —de asumirse, cosa que el gobierno de Sheinbaum no hará— empezaría el verdadero costo para los contribuyentes. Reparar una planta de coquización no es cambiar un fusible. No señores. Puede implicar miles de millones de dólares y años de trabajo.
Pero ese cálculo no aparecerá en ninguna mañanera. Lo que sí aparece es la terca insistencia. ¿O no horas antes del incendio, se celebraban cifras de producción que, en el mejor de los casos, siguen siendo difíciles de verificar en operación real?
Y sin embargo, el guion no cambia: éxito declarado, realidad pospuesta.
Uno pensaría que después de cinco incidentes mayores —cuatro de ellos incendios— el debate giraría hacia la viabilidad técnica del proyecto. Pero no. El debate sigue atrapado en la propaganda chafa.
Mientras tanto, en paralelo, escuelas cercanas son reubicadas —si bien nos va— por contaminación persistente; comunidades reportan afectaciones respiratorias y el entorno ambiental sigue degradándose.
Pero, oficialmente, no pasa nada…
Y aquí es donde el tema deja de ser energético y se vuelve político en el sentido más profundo: el de la administración del fracaso. Porque Dos Bocas no es solo una refinería que se incendia. Es un sistema que aprendió a convivir con el incendio sin corregir la causa. Es, si se quiere, la institucionalización del riesgo. Pienso que ahí está la verdadera tragedia: no en el fuego, sino en la normalización del fuego y en lo que eso puede derivar.
Estoy convencida de que lo más peligroso de Dos Bocas no es que vuelva a arder, sino que ya nadie se sorprende cuando arde, a pesar de los muertos. ¡Ah! Y sin que ningún funcionario pague por ello.
Giro de la Perinola
Un día antes del incendio, se celebraban niveles de producción que —en privado— más de un técnico considera… optimistas, por decirlo amablemente. Y aun así, la tentación de inflar cifras parece más fuerte que la prudencia operativa (y el salvar vidas).
En Dos Bocas, la narrativa siempre llega antes que la realidad… y casi siempre la empuja.