A mi generación le dijeron que el camino era estudiar, trabajar, prepararse, emprender, resistir. Que el esfuerzo, tarde o temprano, iba a rendir frutos, pero hoy hay una pregunta que se vuelve cada vez más incómoda: ¿de verdad ese esfuerzo sigue alcanzando para construir patrimonio?
Lo digo porque, cuando se informa que el precio de la vivienda subió 3.9% en marzo, parecería que estamos frente a un dato técnico más, uno de esos que pasan por los encabezados y se pierden al día siguiente, pero no. Ese porcentaje representa una realidad mucho más dura para miles de jóvenes que sí trabajan, sí se preparan y sí quieren salir adelante. La propia prensa nacional reportó ese incremento, y la Sociedad Hipotecaria Federal informó que en 2025 el valor mediano nacional de una vivienda fue de 1,209,189 pesos, mientras que el valor promedio fue de 1,863,965 pesos.
No se trata de desconocer avances ni de convertir esto en un reparto fácil de culpas. Se trata de entender que, si queremos consolidar el bienestar, las autoridades deben pensar más a futuro, donde la política social no solo debe ayudar a resistir el presente, también debe abrir la posibilidad de construir un mañana con estabilidad. Para una generación joven, eso también significa poder aspirar, de manera real, a una vivienda propia.
Pongamos un ejemplo concreto. Tomemos a un joven con empleo formal que gana el salario promedio registrado ante el IMSS, que al cierre de marzo de 2026 fue de 663.5 pesos diarios, es decir, alrededor de 19,905 pesos mensuales brutos. Ahora bien, si ese joven quisiera comprar una vivienda no de lujo, sino una del valor mediano nacional, necesitaría un enganche de 241,838 pesos, asumiendo el 20% que CONDUSEF usa como referencia para un crédito hipotecario. Si lograra ahorrar disciplinadamente el 20% de su ingreso mensual, tardaría cerca de 61 meses, es decir, poco más de 5 años, solo en juntar el enganche. Eso sin contar escrituras, avalúo, gastos notariales, mudanza, mantenimiento ni, por supuesto, el pequeño detalle de seguir comiendo mientras tanto.
Pero el problema no termina ahí. Suponiendo que ese joven ya juntó el enganche y consigue un crédito a 20 años con la tasa promedio de nuevos créditos a la vivienda reportada por el Banco de México, de 10.30%, la mensualidad de esa vivienda mediana rondaría los 9,528 pesos. Eso equivale a casi 48% de su ingreso bruto mensual. Es decir, prácticamente la mitad de su salario se iría solo en pagar la casa. No hablo de una residencia en una zona exclusiva. Hablo de la vivienda mediana nacional.
Aquí es donde el famoso 3.9% deja de verse pequeño. Aplicado al valor mediano de la vivienda, ese aumento significa alrededor de 47,158 pesos adicionales. Dicho de otra forma: ese puro incremento equivale a casi 12 meses de ahorro para alguien que aparta religiosamente el 20% de su sueldo promedio formal. Un año entero ahorrando, solo para alcanzar el aumento del precio. No para avanzar en la compra. No para acercarse a la meta. Solo para no quedarse más atrás.
Por eso esta conversación importa. Una generación que trabaja y aun así no puede acceder con realismo a una vivienda, refleja que el problema ya no es individual sino estructural. Ahí es donde la visión pública debe dar un paso más. La vivienda no puede pensarse solo desde esquemas de renta ni únicamente desde la lógica del mercado. Tiene que asumirse también como una condición de autonomía, de arraigo y de dignidad.
Quienes caminamos el territorio sabemos que este no es un debate abstracto. Está en la frustración del joven que ya tiene empleo, pero no puede independizarse. Está en la pareja que posterga decisiones porque rentar absorbe demasiado y comprar parece imposible. Está en quienes hacen las cosas bien, pero sienten que el futuro corre más rápido que ellos.
Yo no creo que nuestra generación esté pidiendo privilegios. Está pidiendo que el esfuerzo vuelva a tener sentido. Que estudiar, trabajar y emprender no sirvan solo para sobrevivir, sino también para construir patrimonio. Que el bienestar no se quede en el corto plazo. Que también pueda heredarse en forma de futuro.
Nuestro país requiere consolidar la justicia social de manera integral y no puede conformarse con que sus jóvenes resistan. Tiene que ayudarlos a echar raíces, empezando por entender que una vida digna también necesita techo.