La Secretaría de Cultura ha hecho un buen trabajo y ahora ejecuta una remodelación demasiado importante en el Teatro de los Héroes. Alejandra Enríquez, sin duda, ha destacado por preocuparse por la infraestructura tanto de los artistas como de las instalaciones y los espectáculos. Se ha lucido desde que llegó a Cultura, y todo comenzó desde que inició como regidora de Cultura en el municipio de Chihuahua. Ha superado actividades y espacios, y aunque el Teatro de los Héroes se encontraba en buenas condiciones, aun así se quiso innovar.
Mientras tanto, el que no innova para nada es el Auditorio Municipal de la ciudad de Chihuahua, que tiene las peores butacas rotas, un pésimo sonido e instalaciones totalmente demacradas. El Instituto de Cultura del Municipio se encuentra ignorando esta situación, pero mientras tanto la Secretaría de Cultura hace un buen trabajo con el Teatro de los Héroes.
Hay quienes se meten solos al ruedo… y sin capa. Así parece haberle ocurrido al regidor de Morena, Miguel Riggs, quien decidió lanzarse contra el llamado “Cabrito”, Alan Falomir, cuestionando su programa de Aguardianes, los eventos públicos y hasta los festejos, incluyendo el del Día del Niño y aquel donde apareció Chumel Torres.
La crítica, en apariencia, apunta al gasto. El argumento: que se está invirtiendo demasiado dinero en actividades que, desde su óptica, no son prioritarias. El problema es que en política no basta con señalar… hay que medir a quién se le señala.
Porque si algo ha demostrado Falomir es que no es precisamente un improvisado. Su paso por la Junta Municipal de Agua y Saneamiento no ha pasado desapercibido y, guste o no, ha sabido construir una narrativa de cercanía y resultados que hoy lo colocan como una de las cartas visibles rumbo a la Presidencia Municipal de Chihuahua en 2027. No es casualidad que le llamen “Cabrito”: terco, sí, pero también resistente y con habilidad para moverse en terrenos complicados.
Riggs, en cambio, juega en una cancha distinta. Más que por iniciativas o propuestas sólidas, su nombre suele aparecer ligado a episodios polémicos: confrontaciones en la vía pública, actitudes señaladas como prepotentes y cuestionamientos por conductas que muchos califican como misóginas. En ese contexto, su crítica pierde fuerza y se percibe más como un golpe político que como una observación técnica.
Y aquí es donde la jugada se le puede revertir. Porque meterse con Falomir no es únicamente confrontar a una persona, sino a un equipo bien armado y a una estructura que ha sabido posicionarse. No es lo mismo lanzar una crítica desde la oposición que sostenerla frente a alguien que tiene resultados que presumir y una base de respaldo.
Al final, la política es de percepciones, pero también de trayectorias. Y mientras uno construye con estrategia, el otro parece tropezar con sus propios antecedentes.
Dicen que en política hay que saber escoger las batallas. Porque hay algunas que, aunque parezcan sencillas, terminan siendo verdaderas tormentas.
Y en este caso, la advertencia cae por su propio peso: cuidado… porque con el agua no se juega.
Hay jugadas políticas que parecen sacadas de un manual… y otras que parecen salidas de una comedia mal editada. Lo de Andrea Chávez entra, sin exagerar, en la segunda categoría.
Porque mire usted: si la senadora con licencia pensaba que eso de jugar a la “corcholata” al estilo de los viejos tiempos iba a ser repetir la fórmula mágica, alguien debió avisarle que las segundas partes rara vez superan a la original. Y menos cuando el guion se escribe sobre la marcha… y en redes sociales.
Resulta que se viralizaron unos videos donde la joven política, con toda la soltura del mundo, plantea que podría pintarse el cabello de “güera” para ver si así conecta con los “chihuahuitas”. Sí, así, sin anestesia. Como si la identidad de todo un electorado se redujera a un tinte de farmacia y un estereotipo de caricatura.
La escena es digna de análisis: una aspirante a gobernar un estado complejo, diverso y con historia, decidiendo que el problema no es el discurso, ni la estrategia, ni la propuesta… sino el color de cabello. Como si Chihuahua fuera un casting y no una entidad con más de 60 municipios, cada uno con sus propias realidades, prioridades y, sorpresa, votantes que piensan.
Porque en esta lógica de película, pareciera que el mapa se reduce a dos bloques: Juárez, que según esta narrativa ya estaría “en la bolsa”, y la capital, vista como un club exclusivo de rubios imaginarios al que hay que infiltrarse con disfraz. El resto del estado… bueno, extras sin diálogo.
El problema no es solo lo superficial de la idea, sino lo que revela de fondo: una lectura peligrosamente simplista —y sí, bastante cargada de prejuicios— sobre los propios chihuahuenses. Porque asumir que en la capital todos son “clasistas, blancos y rubios” no solo es falso, es francamente torpe. Y políticamente, suicida.
Y luego viene el otro detalle incómodo: el discurso de representación. Porque mientras se intenta construir una narrativa de cercanía con “la gente”, hay quienes no pueden evitar notar el contraste entre esa intención y el privilegio evidente desde el que se habla. No es un pecado tenerlo, pero sí es un error ignorarlo mientras se pretende encabezar causas sociales.
Así que, entre tintes, videos virales y ocurrencias, la pregunta queda flotando: ¿esto es estrategia o improvisación? Porque si la campaña apenas comienza y ya parece sketch, el riesgo es que cuando llegue el momento serio… nadie la esté tomando en serio.
En política, como en el cine, hay algo básico: si el público deja de creerte, ni el mejor maquillaje te salva.