El bloqueo de Internet en Rusia abre una brecha en las élites y hunde la popularidad de Putin

Las restricciones de los servicios secretos chocan con los objetivos del bloque político del Kremlin y provocan la indignación de empresarios y ciudadanos
De mapas en papel a walkie-talkies: el Kremlin ensaya la desconexión total de Rusia cortando internet en Moscú
Tras cuatro años de guerra, con un coste de la vida disparado y cada vez menos perspectivas de futuro para los jóvenes, los bloqueos de Internet han provocado una indignación entre los rusos que no se veía desde los primeros días de la invasión a Ucrania.
El vídeo de una influencer pidiendo explicaciones a Vladímir Putin se ha convertido en tema de debate nacional, mientras la popularidad del presidente sigue cayendo a niveles previos a la guerra y los partidos de la oposición sistémica, habitualmente serviles, huelen sangre a pocos meses para las elecciones legislativas.
Además, las restricciones móviles han evidenciado una fractura entre las torres de poder del Estado ruso. Los servicios secretos han convencido a Putin de la necesidad de cortar Internet, para desesperación del entorno político del presidente, que ve en las redes sociales, y en particular en Telegram, una herramienta muy valiosa para influir en la población.
El FSB disfruta haciéndose la vida más fácil a ellos mismos restringiendo las libertades y las comodidades de la gente en nombre de la seguridad
Funcionarios descolocados, empresarios angustiados y una población cuya irritación crece a marchas forzadas. Y, mientras tanto, el Kremlin se limita a pedir paciencia y comprensión ante un inesperado regreso al pasado.
“Esa señora de Mónaco”
Los primeros síntomas de descontento llegaron a finales de marzo. El editorial de un periódico bien conectado con el poder ruso, Nezavísimaya Gazeta, criticaba los abusos de poder de los servicios secretos —el FSB, la antigua KGB—, que “disfrutan haciéndose la vida más fácil a ellos mismos restringiendo las libertades y las comodidades de la gente en nombre de la seguridad”.
A este señalamiento poco común en la prensa rusa afín al Kremlin se le sumó a los pocos días una ola de convocatorias de manifestaciones a lo largo y ancho del país. Todas fueron vetadas por las autoridades con excusas tan peregrinas como las medidas sanitarias anticovid, y sus organizadores, alrededor de una veintena, detenidos de manera preventiva.
Por primera vez en mucho tiempo empezaron a circular videos de jóvenes confesando públicamente su deseo de marcharse de Rusia, hartos de prohibiciones. Pero fue el discurso mirando a cámara de una celebridad de Instagram lo que elevó el malestar a otra dimensión.

Vladimir Putin pronuncia un discurso durante el congreso anual de la Unión Rusa de Industriales y Empresarios el 26 de marzo.
Viktoria Bonia, exconcursante de Dom-2, la versión rusa de Gran Hermano, colgó un vídeo desde su casa en Mónaco dirigiéndose a Putin y a sus más de 13 millones de seguidores. “Vladímir Vladímirovich [Putin], el pueblo le tiene miedo, los gobernadores le tienen miedo y por eso le mienten”, afirmaba. La influencer enumeraba una serie de problemas a los cuales sus ministros no estaban haciendo frente, entre los cuales destacó los bloqueos de Internet.
Su intervención se viralizó, más de 30 millones de personas vieron el vídeo y obligó al Kremlin a pronunciarse. Sorprendentemente, su portavoz, Dmitri Peskov, aceptó las críticas y aseguró que se estaba trabajando en resolver los problemas. A la vez, negó que Putin viviera al margen de la realidad del país y que los funcionarios no le dijeran la verdad.
Putin no confía en los datos de las encuestas, sino sólo en las encuestas cerradas del FSB que le enseñan lo que él quiere ver. El FSB juega un papel decisivo porque controla a Putin en cierto sentido, proporcionándole una u otra imagen de la realidad
Aquello provocó la ira de los sectores más lealistas. El diputado Vitali Milónov, conocido por sus exabruptos y por haber promovido las leyes contra el colectivo LGTBI, calificó a Bonia de “prostituta de Dubái”, a pesar de residir en Mónaco. El principal propagandista de la televisión estatal rusa, Vladímir Soloviov, la insultó en horario de máxima audiencia y apuntó que estaba siendo manipulada y que actuaba en interés de Occidente.
La polémica también llegó al Parlamento, donde el líder comunista Guennadi Ziugánov se ofendió porque el Kremlin había atendido las demandas de una famosa mientras ignoraba esas mismas quejas procedentes de su partido. “Hicimos todo lo posible para apoyar a Putin, su estrategia, sus políticas. ¿Y ahora escucháis a esa señora de Mónaco?”, gritó desde el estrado.
Por su parte, el presidente de la Duma, Viacheslav Volodin, sin mencionar a Bonia directamente, pidió a todo el mundo que dejara de apoyar a “aquellos que, habiendo abandonado el país en tiempos difíciles, están configurando una agenda problemática para Rusia”.
La popularidad de Putin se hunde
Paralelamente, entre los canales opositores se ha venido discutiendo si la aparición y la promoción del mensaje de esta influencer podría ser una operación de la facción política del Kremlin liderada por Serguéi Kirienko. Especialmente, después de que Bonia publicara otro vídeo agradeciendo a Putin entre lágrimas que hubiera escuchado sus ruegos y atacando los medios independientes. “Amo mi país, no lo voy a traicionar. No soy ninguna opositora”, declaró.
Sea o no un ardid de la administración presidencial, a Kirienko le preocupa la caída de la popularidad de Putin. Según la consultora pública VTsIOM, la aprobación del presidente ruso se ha desplomado casi diez puntos desde enero: del 75% al 66%. Se trata de la puntuación más baja desde el inicio de la invasión de Ucrania, que relanzó sus índices hasta elevarlos por encima del 70%.
También Rusia Unida, el partido del presidente, se acerca a una de sus peores calificaciones cuando faltan menos de cinco meses para las elecciones a la Duma. A pesar de que las autoridades se han fijado el objetivo de conseguir un 60% de los votos, el apoyo al partido del presidente continúa disminuyendo y se sitúa en el 27%, rozando su mínimo histórico.
La otra cara de la moneda es el crecimiento de los partidos de la oposición sistémica, que han abanderado el discurso contra las restricciones en Internet. El periodista Andréi Pertsev escribe en Riddle, un medio ruso en el exilio, que lo más probable es que estas encuestas funcionen como “un sistema de alerta primeriza” para avisar “discretamente” a los líderes de “la impopularidad del rumbo actual.”
El analista recuerda que en las últimas elecciones el equipo de Kirienko logró “fabricar” los resultados “necesarios” para Rusia Unida a pesar de los sondeos y obtuvo un 49% de los votos. Sin embargo, señala que en 2021 la situación económica era mucho mejor y que, gracias al “fraude descarado” y a la movilización de las empresas leales, se pudo evitar cualquier protesta. Ahora la situación es distinta y Pertsev opina que “un resultado electoral oficial que no guarde ninguna relación con el sentimiento público real será recibido con hostilidad abierta”.
El miedo entre la facción política del Kremlin es tal que el resto de partidos del Parlamento aseguran que deben coordinar con la administración presidencial cualquier crítica al bloqueo de Internet, según publica el medio independiente Viorstka.
“La unidad más siniestra del FSB”
El sociólogo Lev Gúdkov explica a elDiario.es que el presidente ruso “no está al corriente” siquiera de estos sondeos oficiales, ya que la información que se le proporciona es “extremadamente selectiva”. “No confía en los datos de las encuestas, sino solo en las encuestas cerradas del FSB que le enseñan lo que él quiere ver”, insiste.
“El FSB juega un papel decisivo aquí porque controla a Putin en cierto sentido, proporcionándole una u otra imagen de la realidad”, sigue Gúdkov. Esta influencia de los servicios secretos en la cúpula del Kremlin explicaría por qué el presidente ha dado el visto bueno al bloqueo de la conectividad móvil.
Todo esto crea una situación paradójica en la que no sólo la sociedad, sino también ciertos sectores del Gobierno, comienzan a sentirse cada vez más amenazados por la expansión continua del control del Estado para contrarrestar futuras amenazas
El periódico económico ruso The Bell asegura que detrás de estas medidas se encuentra concretamente el Segundo Servicio del FSB, “la unidad más siniestra de los servicios secretos”. Entre otras cosas, esta unidad llevó a cabo los envenenamientos de los disidentes Alekséi Navalni y Vladímir Kara Murza, según han informado varios medios.
El hombre que habría susurrado al oído de Putin es el coronel general Alekséi Sedov, jefe del Segundo Servicio, empleado de la KGB en Leningrado en la década de los 80, como Putin, y septuagenario y poco amante de Internet, al igual que el presidente. Es sabido que Putin no tiene teléfono inteligente, ni ordenador, ni redes sociales.
Choque entre poderes
La publicación Vlast, de la periodista Farida Rustámova, con muy buenas fuentes en la administración presidencial, fue la primera en notar cómo el control sobre el Internet ruso había causado “graves desacuerdos en la élite”. El bloque político del Kremlin se ha visto atacado por los servicios secretos, que están consiguiendo imponer su visión de la realidad.
Para el equipo de Kirienko, Telegram, ahora bloqueado, constituye una herramienta fundamental para difundir su mensaje y calibrar el ánimo de la gente. Además, es la aplicación total para los rusos, mucho más que un simple servicio de mensajería. De ahí que su pérdida se haya producido sin su consentimiento.
Fuentes cercanas al Kremlin afirman al medio opositor Mózhem Obyásnit que no saben cómo gestionar la situación ni cómo mantener “un diálogo funcional” con las fuerzas de seguridad. Al margen de las encuestas, el bloque político ha tratado de filtrar a la prensa que Putin estaba dispuesto a frenar el endurecimiento de las restricciones, pero el FSB “no está captando estas señales”.
“Todo esto crea una situación paradójica en la que no solo la sociedad, sino también ciertos sectores del Gobierno, comienzan a sentirse cada vez más amenazados por la expansión continua del control del Estado para contrarrestar futuras amenazas”, escribe la analista Tatiana Stanóvaya en un artículo para el Centro Carnegie Eurasia.
“El camino hacia el control digital total se está implementando sin su aprobación y en contra de sus deseos”, sigue, “la misma resistencia de la élite provoca una respuesta aún más dura por parte de las fuerzas de seguridad”. Y concluye: “Las objeciones públicas de los lealistas se encontrarán con más represión.”
Desconcierto entre los empresarios
También las élites empresariales están desconcertadas. En primer lugar, las compañías tecnológicas, obligadas a asumir la lucha contra las VPN, las aplicaciones que permiten burlar la censura digital. De no cooperar, se arriesgan a multas, a perder las ventajas fiscales y a ser expulsadas de las llamadas “listas blancas”, los directorios elaborados por el Gobierno donde se incluyen los servicios accesibles en caso de cortes en la red.

El presidente ruso Vladímir Putin en el Kremlin de Moscú, el 14 de abril de 2026.
Fueron estas empresas las que advirtieron hace unas semanas de la presencia de enviados de los servicios secretos en las reuniones con el sector, algo inédito hasta entonces. “Todo ha cambiado porque el Segundo Servicio ha tomado la iniciativa. Ahora están por todas partes, son ellos los que toman todas las decisiones”, dijo una fuente de la industria de telecomunicaciones a The Bell.
Y en segundo lugar, el malestar entre los empresarios quedó también plasmado en el discurso anual del líder de la patronal que agrupa a los oligarcas rusos. El jefe de la Unión Rusa de Industriales y Empresarios pronunció un discurso delante de Putin en el que lamentó que las restricciones hubieran complicado la vida a los negocios y a la gente corriente y pidió soluciones. El líder del Kremlin ni se inmutó.
Descartado otro 1917
Estos ejemplos de tensión social han sido vistos por algunos analistas occidentales como un síntoma de la debilidad del régimen. Incluso desde el mismo Parlamento ruso se ha flirteado con un estallido social. El líder comunista advirtió al presidente que si no toma urgentemente medidas para frenar el declive económico y la degradación de la calidad de vida, en otoño se verá una revolución como la bolchevique de 1917. “Y esto no tenemos derecho a repetirlo”, sentenció.
El sociólogo Gúdkov es mucho menos alarmista. “Esto no suscitará ninguna ola de protestas porque la mayoría de la gente es leal al Gobierno. La irritación no se canaliza hacia los altos dirigentes”, asegura.
Mientras tanto, no parece que el entorno político de Putin vaya a hacerle cambiar de planes ni que el presidente se esté dando por aludido. “Esto está relacionado con los esfuerzos por prevenir ataques terroristas y, claro, garantizar la seguridad de las personas será siempre la máxima prioridad”. Lo cual, en el lenguaje del Kremlin, significa que el rumbo está fijado, que los servicios secretos están saliéndose con la suya y que lo más conveniente será adaptarse a esta nueva realidad.