El 8.7% de las personas que han ocupado la presidencia de Estados Unidos fueron asesinados en el cargo. Tal cifra supera el 28% si a los fallecidos se suman quienes sobrevivieron a atentados directos contra su vida.
Es un oficio peligroso el de gobernar al país más poderoso del mundo. Nadie se lo dijo a Donald Trump —él mismo lo comentó ayer tras el tiroteo en una cena en Washington—, aunque debió al menos sospecharlo desde aquel julio durante su campaña electoral en Pensilvania, cuando un disparo estuvo a punto de darle en la cabeza: le rozó una oreja.
Me alegra que el presidente Trump haya resultado ileso del ataque perpetrado anoche en el hotel Hilton durante la cena con periodistas; una tradición presidencial en aquel país —iniciada en 1924— que Trump había interrumpido en su primer mandato y a la que en este 2026 volvió.
El tiroteo, protagonizado por un sujeto identificado como Cole Tomas Allen, quien logró infiltrarse como huésped para evadir controles, desató el pánico entre los más de 2 mil 600 asistentes. Mientras el Servicio Secreto evacuaba al mandatario bajo gritos de “¡disparos!”, los comensales se refugiaban bajo las mesas. Ni hablar, el terror político es ya tan excesiva como aterradoramente frecuente en la política estadounidense.
La democracia de ese país es sumamente estable, por lo que ha resistido tantos atentados presidenciales. Pero en la coyuntura de este 2026, un magnicidio en EEUU, que nadie desea, tendría consecuencias probablemente muy dañinas para la vecina nación del norte.
En primer lugar, porque estamos en un año electoral de alta polarización que mantiene más enfrentados que nunca a los dos principales partidos políticos: el Republicano, en el que milita Trump, y el Demócrata, ahora en la oposición.
La situación también sería terriblemente compleja, muy especialmente compleja, por la imposible guerra en Irán que EEUU no sabe cómo terminar sin que se considere una derrota humillante. No olvidemos que, luego del reciente fracaso de las negociaciones en Islamabad, donde la delegación iraní abandonó la mesa sin acuerdos, Washington se encuentra atrapado en un bloqueo naval en el golfo Pérsico que asfixia el comercio global sin que Teherán se rinda.
Lo peor es que tantos problemas en EEUU han empoderado a los halcones del gabinete de Donald Trump. Los tipos de línea dura como Pete Hegseth parecen fijar la agenda internacional, y el fracaso en el Medio Oriente podría empujarlos a emprender nuevas aventuras violentas en cualquier lugar del mundo para recuperar el prestigio perdido.
Temo que en ese tablero de ajedrez geopolítico, la indefensa y debilitada Cuba aparece como el objetivo ideal para una victoria fácil que calme las ansias de los sectores más conservadores de Estados Unidos.
Quizá es la hora de que el poder estadounidense comprenda que la violencia no es la salida a ningún problema, ni en su propio país ni en sus fronteras, tampoco en regiones tan apartadas como el territorio iraní.
En las relaciones entre las distintas naciones lo mejor que puede darse es la cooperación, el comercio lo más libre que se pueda y apelar siempre a la paz. Solo así se podrá evitar que el fuego de los conflictos externos, que Estados Unidos alimenta, empiece a destruir los cimientos de su propia sociedad, tan admirable en otros asuntos, como la ciencia y la cultura.
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, reaccionó rápidamente ante el atentado y se alegró de que tanto el presidente Trump como su esposa se encuentren bien. Añadió ocho palabras que ojalá lleven al mandatario estadounidense a reflexionar: “La violencia no debe ser nunca el camino”.