Hay campañas que prenden. Otras que pasan sin pena ni gloria. Y luego está la de la senadora con licencia de Morena, Andrea Chávez, que logró algo verdaderamente extraordinario: conquistar, con eficacia quirúrgica, los cestos de basura del Centro de Chihuahua.
Porque sí, mientras su equipo reparte periódicos con un cabezal que prácticamente la corona como próxima gobernadora —así, sin escalas, sin tiempos y sin rubor—, los ciudadanos han respondido con una claridad envidiable: del “gracias” automático al bote más cercano. Democracia directa, sin encuestas.
La escena es digna de estudio. Jóvenes, adultos, comerciantes, peatones apurados… todos coinciden en el mismo gesto casi coreografiado: reciben el impreso, avanzan unos pasos y lo sueltan como quien se quita un volante incómodo. No hay debate, no hay curiosidad, no hay siquiera enojo prolongado. Hay, simple y llanamente, desinterés.
Y es que, seamos francos, querer venderse como gobernadora cuando ni siquiera han arrancado los tiempos formales es como llegar a una boda sin invitación… y además querer sentarse en la mesa principal. El problema no es solo la prisa, sino el tono: uno que muchos han percibido como soberbio, desconectado y, para colmo, acompañado de comentarios que no han caído nada bien entre los chihuahuenses de la capital.
Porque la memoria es corta, pero no tanto. Cuando a eso se le suman declaraciones que han sido calificadas como despectivas hacia la propia gente a la que ahora se busca convencer, el resultado no debería sorprender a nadie. Si algo ha quedado claro en las calles, es que la simpatía no se impone a punta de papel.
Lo más irónico es que la estrategia, pensada para posicionar, ha terminado exhibiendo justo lo contrario: una desconexión evidente con el pulso ciudadano. En lugar de construir cercanía, los periódicos se convierten en residuos; en lugar de generar conversación, provocan indiferencia.
Quizá alguien en su equipo debería darse una vuelta —sin cámaras ni comitiva— por el Centro, observar el destino final de esos impresos y tomar nota. Porque si la meta era medir el ánimo social, vaya que lo están logrando… aunque no precisamente como esperaban.
Al final, la política tiene estas lecciones incómodas: cuando la soberbia habla más fuerte que la realidad, la respuesta suele ser silenciosa… pero contundente. Y en este caso, viene acompañada del sonido seco de un papel cayendo en la basura.