La memoria histórica de la Rusia de Putin: borrar la represión de Stalin y acusar a Europa de nazismo

Las autoridades rusas podrán castigar con hasta cinco años de cárcel a quienes nieguen el “genocidio” del pueblo soviético a manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, un concepto que los historiadores rechazan
Siete mil palabras para entender la visión imperial de Putin
Rusia castigará con hasta cinco años de cárcel a quienes nieguen el genocidio del pueblo soviético. Este concepto acuñado por el Kremlin y rechazado por los historiadores pretende situar a la sociedad rusa como la principal víctima de los crímenes nazis, por encima del pueblo judío con el Holocausto.
Detrás de esta maniobra se esconde un propósito político que cristalizó con la invasión de Ucrania en 2022: presentar una Europa que, con el apoyo a Kiev y su creciente rusofobia, está repitiendo los peores errores del siglo XX.
Paralelamente, las autoridades rusas están llevando a cabo una política de borrado de la memoria de la represión estalinista. El ejemplo más reciente ha sido el cierre del Museo del Gulag de Moscú, la última gran institución que velaba por el recuerdo de las víctimas de las purgas de la URSS. En su lugar, se ha anunciado la creación de un museo dedicado a las víctimas del genocidio del pueblo soviético.
Un delito inexistente
La ley aprobada por el Parlamento ruso a finales de marzo establece penas de tres años de prisión para aquellos que cuestionen que el régimen nazi trató de “destruir completamente los grupos nacionales, étnicos y raciales que habitaban en el territorio de la Unión Soviética”. Las penas pueden llegar hasta los cinco años de cárcel si el delito lo comete un cargo público o se difunde a través de los medios de comunicación.
Esta categoría penal, que no existía ni en la URSS, no se empezó a discutir hasta 2019 o 2020. Su principal impulsor fue Aleksander Bastrikin, jefe del Comité de Investigación ruso, una especie de fiscalía encargada de los delitos más graves. El Gobierno ruso se volcó en promocionarlo e incluso fijó el 19 de abril como el Día del Recuerdo de las Víctimas del Genocidio del Pueblo Soviético.
Para los historiadores rusos, este es un concepto “sin sentido y contraproducente” que se originó “en las entrañas de la Administración Presidencial”. En declaraciones a elDiario.es, Konstantin Pajaliuk, antiguo miembro de la Sociedad Histórica Militar Rusa, ahora en el exilio, defiende que esa entidad siempre se opuso al empleo del término.
Desde su punto de vista, el ejército alemán no asesinó a millones de ciudadanos soviéticos por su etnia, a diferencia de los pueblos judíos o romanís, que sí fueron víctimas de un exterminio sistemático. Para él, sería más preciso hablar de “crímenes contra la humanidad”.
Objetivo: alejarse irreversiblemente de Europa
Hasta la anexión rusa de Crimea, en 2014, Rusia conmemoraba por igual las víctimas del terror nazi, independientemente de su origen. El 27 de enero era un día para celebrar el aniversario del levantamiento del sitio de Leningrado y la liberación del campo de exterminio de Auschwitz.
A partir del choque con Occidente, el presidente Vladímir Putin empezó a ignorar en sus discursos la memoria del pueblo judío y en 2020 incorporó la denuncia del supuesto genocidio del pueblo soviético. “El Holocausto no sirve a ningún propósito útil para las autoridades rusas”, señala Pajaliuk.

El presidente ruso, Vladímir Putin.
El momento de la ruptura se produjo en 2019, tras una votación en el Parlamento Europeo que acabó por equiparar la Alemania Nazi y la Unión Soviética como dos potencias totalitarias que dividieron el continente y allanaron el camino para la Segunda Guerra Mundial. Aquello, para el Kremlin, era sencillamente inaceptable.
Esa resolución constituye una de las bases del resentimiento que Rusia profesa hacia los países europeos y el germen del concepto del genocidio del pueblo soviético. “Es la idea de la victimización de la nación rusa a lo largo de la historia. Occidente nos intentó invadir, cometieron un genocidio y durante siglos ha habido rusofobia”, explica Pajaliuk.
Según escribía en la edición rusa de Forbes el analista Alekséi Makarkin, del Centro para las Tecnologías Políticas, la acusación de “genocidio” no es casual, sino que implica un alejamiento irreversible de Europa —a la que la propaganda del Kremlin presenta como la heredera del nazismo—. “Tras el genocidio, la comprensión mutua es imposible; solo es posible el arrepentimiento. Al igual que los alemanes todavía piden perdón por los horrores del Holocausto”, concluye.
Este revisionismo histórico externo ha ido de la mano de un revisionismo histórico interno. La condena de la represión estalinista se ha convertido en incómoda para las autoridades, a la vez que se ha rehabilitado la figura de Iósif Stalin (1878-1953).
El Tribunal Supremo ruso acaba de declarar extremista a la ONG Memorial, premiada con el Nobel de la Paz y un referente para el estudio y la preservación de la historia del Gran Terror estalinista. Después de liquidarla judicialmente en 2021, ahora cualquier mención a su actividad puede conllevar penas de cárcel.
Uno de sus portavoces, bajo condición de anonimato, explica a elDiario.es que el Kremlin “no puede soportar una condena moral tan definitiva” de los crímenes soviéticos contra su pueblo, porque es como condenar “su historia”. “Putin también persiguió a los disidentes. Es la historia de la KGB, son ellos, sus colegas mayores”, afirma.
Según el portavoz, la contradictoria visión del poder ruso sobre las masacres del estalinismo se resume así: “Sí, hubo represión, es terrible, pero también hay que recordarlo y respetarlo. La represión es mala, pero no significa que no podamos erigir un monumento a Stalin”. A su juicio, el cierre del Museo del Gulag, creado en 2001, es “un paso más en esta política de olvidar el pasado”.
El columnista de Nóvaya Gazeta Andréi Serov cree que se trata de una señal “clarísima” de que el recuerdo de las represiones es “indeseable” para el Estado ruso. Considera que estamos ante una “distorsión flagrante de la idea de preservar la verdad de las páginas trágicas” del pasado de Rusia y un “desmantenlamiento deliberado” de una parte de la memoria histórica.
El presidente del Consejo de Derechos Humanos ruso, Valeri Fadéiev, asegura que es necesario “abordar correctamente” el tema de las represiones porque “está siendo utilizado por los enemigos de Rusia contra Rusia”.
En cambio, según Serov, hay una memoria “conveniente” y otra “inconveniente”. “La más conveniente es la que explica que el país marchó de victoria en victoria, con reveses explicados únicamente por las maquinaciones de eternos enemigos extranjeros”, concluye.
La memoria conveniente
Así lo prueba el hecho de que el sucesor del Museo del Gulag sea un museo dedicado ya no a las víctimas de las matanzas internas, sino a las víctimas de un supuesto genocidio externo.
La oficina del alcalde de Moscú especificó que en el futuro espacio los visitantes aprenderán sobre “las manifestaciones del nazismo, las pruebas de armas biológicas realizadas por japoneses a ciudadanos soviéticos, la misión de liberación del Ejército Rojo y los juicios de los criminales nazis”.
Uno de los pocos partidos contrarios a la guerra que siguen existiendo a duras penas en Rusia, Yábloko, denuncia que es “un intento de borrar la memoria de los crímenes del Estado contra su pueblo”. Y añade: “Los crímenes del régimen nazi no deberían convertirse en un pretexto para borrar la memoria del régimen estalinista: uno no cancela el otro”.
El columnista Serov señala una de las incongruencias de esta política de memoria histórica selectiva. “¿Las deportaciones masivas de personas dentro de la URSS en los años 40 entran dentro de la categoría de genocidio?”, se pregunta, ya que las víctimas eran perseguidas por su etnia. Y agrega: “¿Se puede considerar genocidio la hambruna en Ucrania en los años 30? ¿Y las represiones masivas contra ciudadanos soviéticos de nacionalidad polaca? ¿Se tratará esto en la exposición del nuevo Museo de la Memoria o se centrará únicamente en el genocidio perpetrado por fuerzas externas, estableciendo analogías políticamente adecuadas a los tiempos modernos?”.
Al igual que ocurre en la mayoría de exposiciones históricas actuales en Rusia, el objetivo último de las autoridades no es otro que trazar un paralelismo entre la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Ucrania para acusar a Kiev de los mismos crímenes que cometieron los nazis 80 años atrás.