Se entiende y se respeta que sean conservadores; que militen o simpaticen con el PAN, o que prefieran al PRI —o a Movimiento Ciudadano—. Inclusive, que por así convenir a sus intereses y negocios, apoyen al Partido Verde. Nadie les cuestiona —si es el caso, numeroso en ese grupo social— que se tomen en serio las enseñanzas del Opus Dei.
Desde luego, hay cierto honor en el ejercicio democrático de combatir honestamente a la izquierda mexicana —y a la presidenta Claudia Sheinbaum—, pero solo en el debate nacional, esto es, dentro de nuestras fronteras.
Hay algo que nada tiene de ético ni de legal —tampoco representa una actitud genuinamente basada en los principios de la democracia y de la libertad individual—: me refiero a lo que están haciendo algunas personas, sobre todo aquellas que se consideran especialistas en derecho, al apoyar abiertamente las presiones de Estados Unidos no solo contra la 4T, sino también contra toda la nación.
Empieza a ser muy molesto el grotesco espectáculo de tantos juristas que han encontrado en el “Grand Jury” un sustituto para el Viagra o el Cialis. Se erotizan cuando mencionan, en público y en privado, que el Grand Jury (o gran jurado) de la Corte del Distrito Sur de Nueva York decidió que existe “causa probable” suficiente para emitir un indictment (acusación formal) contra el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y otros nueve funcionarios.
Para tales abogados —y para la comentocracia que repite sus tesis— el Grand Jury es la voz de Dios. No lo toman como una acusación quizá espuria por estar viciada por la politiquería de ciertos sectores de la derecha estadounidense contra México; lo consideran una revelación profética.
Queda claro que, para nuestros abogados y comentócratas que les hacen el caldo gordo, en lo relacionado con cualquier proceso originado o llevado a Estados Unidos, lo que importa no es lo que digan las leyes de ambos países —particularmente las mexicanas, que deberían ser las fundamentales si se acusa a nacionales por presuntos delitos cometidos en México—. Tales juristas, en vez de analizar códigos y tratados a la luz de nuestra legislación, esperan a que el profeta, el Grand Jury, baje de la montaña (o de la corte en Nueva York) para dictarles la verdad absoluta.
Sobre el Grand Jury Nietzsche diría: “Así habló Zaratustra” (el Zaratustra de Manhattan, donde la vida es más sabrosa).
Está cabrón que, para algunos de los más prestigiados juristas de México —entreguistas de plano—, cada vez que el Grand Jury sesiona es como si se abrieran los cielos.
El Zaratustra de Nueva York es milagroso. Ha provocado erecciones en todos esos abogados a quienes ya no se les movía aquello ni con Viagra —tampoco con Cialis—. Y así andan, presumiendo el pantalón que perciben levantado en aquella zona a la que nadie se asoma, para demostrar que aún son capaces de excitarse —lo que ya no lograban en sus alcobas ni con ayudas farmacológicas— y, dando pena ajena, se pasean por las tres sedes del Mundial: específicamente, en los restaurantes de Polanco y Las Lomas, en la Ciudad de México; en los de San Pedro Garza García, Nuevo León —a un ladito de Monterrey, información para chilangos que se sienten conquistadores romanos y ven cualquier cosa fuera de la capital como “provincia”—; y también, hasta donde les alcanza, en esos barrios de Zapopan, Jalisco, tan pretenciosamente fifís.
Qué hueva de cabrones
El Zaratustra de Nietzsche —y no sé si lo interpreto correctamente— bajó de la montaña para decirle al mundo que Dios había muerto. El Zaratustra del Grand Jury nos llega ahora desde Nueva York para resucitar la libido ya muerta y podrida de tantos juristas que saben pronunciar, muy mamonamente por cierto, eso de el Ggggrand Shiuuuury. Ridículos. Luego se juntan en los colegios de abogados y se erotizan los unos a los otros.
Un ciudadano de Puebla, de Tepeaca, me recordó que el 8 de mayo de 1824 nació en esa localidad Miguel Negrete, tan conservador —o más— que todos los abogados y comentócratas que tanto se entusiasman con el Ggggrand Shiuuuury.
Miguel Negrete era conservador, pero no traidor. No coincidía con los liberales como Benito Juárez, pero ante la agresión del ejército francés dijo al general liberal Ignacio Zaragoza una frase que la historia y la leyenda recogen así: “Yo no tengo partido, tengo patria; y vengo a ofrecerle mi espada para defenderla”.
Y vaya que el conservador Negrete supo defender a México, integrado al ejército republicano, durante la Batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862.
México ganó esa batalla gracias al mando de Zaragoza y a la bravura de sus tropas —en las que había militares de carrera y civiles, muchos de ellos indígenas—, pero también por la participación valiente y patriótica de un tepeaquense que hizo a un lado su ideología para apoyar, en los cerros de Loreto y Guadalupe, no a los liberales, sino a México.
En 1862, en Puebla, no ganaron los liberales ni los conservadores. Fue la unidad nacional la que derrotó a un ejército francés que se consideraba invencible.
La idea de que la patria está por encima de cualquier partido resulta estratégica en el contexto actual de México, donde la soberanía nacional se enfrenta a narrativas de confrontación interna y dependencia externa.
Ojalá todos tantos abogados y comentócratas algo aprendan del general Miguel Negrete: un patriota fogueado en el campo de batalla, no en la cursilería de saber pronunciar el Ggggrand Shiuuuury.