Hoy es 5 de mayo y México recuerda la defensa de su soberanía frente a una intervención extranjera. Pero hay otra forma de soberanía, menos escolar y más cotidiana: la que se juega cuando un pueblo defiende su tierra frente a un proyecto decidido desde arriba.
Pensé en eso al ver que el domingo la presidenta Claudia Sheinbaum estuvo en San Salvador Atenco, a veinte años de la represión de mayo de 2006. No fue solo un acto conmemorativo. La nueva devolución de tierras confirmó una decisión pública relevante: reconocer que la reparación empieza por escuchar a quienes durante décadas defendieron el territorio. Y recordó algo que el movimiento popular mexicano ha repetido desde Zapata hasta la Transformación: no puede llamarse desarrollo aquello que se impone sobre la gente.
Atenco es muchas cosas a la vez: una herida que no cierra y la memoria viva de la represión. Pero, sobre todo, es la prueba de que la tierra también se defiende con organización. Es, además, una advertencia para cualquier gobierno que crea que basta tener planos y presupuesto para transformar un territorio.
Durante años, el aeropuerto en Texcoco fue presentado como la obra que México necesitaba para entrar, ahora sí, al futuro. Pero ahí estaba la falla de origen: se pensó a sus habitantes como obstáculo. Cuando una obra necesita doblar a la gente para existir, algo está mal desde el principio.
No era solo un aeropuerto. Era la expresión de una lógica que tuvo mucho de neoporfirismo: modernizar desde arriba, concentrar beneficios y tratar la tierra campesina como estorbo. Ese día se reconoció en Atenco algo que sus pueblos sostenían desde hace décadas: que el aeropuerto en Texcoco era un sinsentido ambiental y social.
La consulta de 2018 marcó un punto de quiebre. No cerró todos los debates, pero cambió la pregunta: lo que se vendía como fatalidad técnica tuvo que someterse a la voluntad popular. Los planos dejaron de ser la única voz en la mesa.
Atenco mostró el costo de esa lógica neoliberal: decidir arriba y explicar después. Ningún proyecto público puede saltarse la relación entre territorio, comunidad y legitimidad. América Latina conoce esa paradoja del gigantismo: una obra como Itaipú, levantada bajo las dictaduras de Paraguay y Brasil, hoy es un emblema binacional, aunque nació dejando desplazamientos y preguntas pendientes.
Por eso la devolución de tierras en Atenco no debe verse como simple trámite agrario. Junto con el reconocimiento del Lago de Texcoco como Área Natural Protegida, apunta hacia una reparación abierta: aceptar que esa cuenca no podía separarse de su ciclo natural ni de quienes la cuidan.
También hay una dimensión de dignidad. En Atenco, la justicia no solo pasa por regresar parcelas para la milpa. También pasa por reconocer a un pueblo que sostuvo su lucha cuando hacerlo costaba cárcel, golpes, miedo y estigmatización.
Tampoco hay que confundir restitución con punto final. Hortencia Ramos, del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, recordó que la justicia de Atenco sigue incompleta mientras persista la impunidad por la represión de 2006. Tiene razón: la restitución de la tierra es justicia agraria, no borrador de la memoria.
Esa tensión no debilita el acto; lo vuelve más honesto. Reconocer lo que falta no borra lo que ya se está logrando. Al contrario: escuchar esa incomodidad también es gobernar distinto.
La lección de Atenco no se agota en Texcoco. Aquella cerrazón del pasado enseñó que ignorar a los pueblos no resuelve conflictos. A veces los agrava. Este 5 de mayo recuerda que la soberanía no vive solo en fronteras ni libros de historia. Como dijo la presidenta, no es una palabra abstracta: tiene que ver con el pueblo, su territorio y su forma de gobernarse.
Atenco no solo detuvo un aeropuerto. Obligó a México a revisar qué entiende por desarrollo. Que hoy el Estado vuelva no como fuerza de choque, sino con tierra, reconocimiento y escucha, permite empezar a responder con la gente, no a pesar de ella.