Venezuela ya no es solamente una crisis política. Se convirtió en el laboratorio perfecto de la hipocresía internacional: un país exprimido, administrado, negociado y utilizado mientras el mundo juega a fingir preocupación. Porque a estas alturas ya no alcanza con decir que “nadie hizo nada”. Sí hicieron. Intervinieron. Negociaron. Administraron. Manipularon. Y después dejaron al pueblo venezolano atrapado exactamente en el mismo infierno… solo que con distinto capataz.
Venezuela ya no es una crisis. Es una olla express. Y la válvula está temblando. Lo más grave no es el colapso moral de un sistema que convirtió la opresión en método. Lo verdaderamente grave es que el mundo entero decidió jugar a contener el vapor… mientras sigue encendiendo el fuego debajo de la olla. Porque ya no se puede fingir ingenuidad. Todos saben lo que pasa. Todos saben quién oprime. Todos saben quiénes se enriquecieron. Todos saben quiénes negociaron. Todos saben quiénes simularon ayudar mientras administraban el negocio político, energético y geopolítico del desastre venezolano. Y aun así, siguieron.
Durante años se le vendió al pueblo venezolano la fantasía del rescate. Se habló de libertad, transición, democratización, presión internacional, salidas históricas, acuerdos definitivos. Parecía que el fin estaba cerca. Parecía que el mundo finalmente había decidido actuar. Millones de venezolanos —dentro y fuera del país— creyeron que esta vez sí. Mentira. Lo que realmente ocurrió fue un reacomodo de intereses. Reciclaron el sistema. Movieron piezas. Cambiaron operadores. Pintaron de “apertura” lo que seguía siendo control.
Estados Unidos —con Donald Trump jugando al gran estratega hemisférico y al supuesto redentor democrático— no llegó como libertador. Llegó como operador de intereses. No entró para liberar a un pueblo oprimido: entró para controlar el tablero, asegurar influencia energética, reposicionarse frente a Rusia y China y vender internamente la imagen del hombre fuerte capaz de “resolver Venezuela”. Ajustó sanciones cuando convenía, abrió espacios cuando convenía, endureció discursos cuando convenía y negoció cuando convenía. Hizo espectáculo, administró presión, simuló firmeza… mientras negociaba con los mismos engranajes que sostienen viva la maquinaria opresiva. No fue cruzada democrática. Fue negocio geopolítico disfrazado de liberación. No liberó al pueblo. Administró la crisis. Y mientras tanto, el pueblo siguió atrapado.
Y mientras el ciudadano seguía hundido en miseria, miedo y desesperanza, el gran espectáculo internacional continuaba vendiéndose como si algo histórico estuviera ocurriendo. Conferencias, entrevistas, foros, reuniones, discursos solemnes, expertos anunciando “el principio del fin”. Mucho reflector. Mucha épica prefabricada. Mucho negocio político alrededor del sufrimiento venezolano. Y al final, el resultado brutalmente simple: el sistema sigue ahí.
Y alrededor de ese show aparecieron los oportunistas de siempre. Los expertos en derechos humanos de micrófono selectivo. Los líderes internacionales que durante años señalaron a Venezuela “con índice de fuego” y que cuando llegó el momento decisivo descubrieron súbitamente las virtudes de la prudencia. ¿Dónde están ahora? ¿Dónde quedaron las grandes voces morales de la región? ¿Dónde los expresidentes latinoamericanos que hacían cumbres, manifiestos y declaraciones solemnes? ¿Dónde están desde Colombia quienes prometían acompañar la causa democrática venezolana? ¿Dónde está Óscar Arias? ¿Dónde está Rigoberta Menchú? ¿Dónde están los activistas y opositores que desde Miami y otras ciudades del exilio llenaban foros, entrevistas y conferencias denunciando la opresión venezolana? ¿Dónde está Juan Guaidó, que llegó a ser presentado casi como el rostro inevitable de la transición? ¿Dónde está Edmundo González Urrutia? ¿Dónde quedó aquella épica democrática que prometía el fin definitivo del régimen? ¿Y qué ocurre con Leopoldo López y su entorno, convertidos también en símbolo de una lucha que parecía irreversible? ¿Qué hacen hoy, además de declarar desde el exilio, mientras el sistema sigue prácticamente intacto?
Muchos callaron. Otros se acomodaron. Y algunos descubrieron que el nuevo reacomodo también podía ser negocio. Y otros descubrieron que la tragedia venezolana también podía convertirse en marca personal, plataforma política, circuito de conferencias, activismo rentable y negocio de visibilidad internacional.
Europa, elegantemente hipócrita, decidió refugiarse en el lenguaje diplomático: “prudencia”, “estabilidad”, “diálogo”, “acompañamiento”. Rusia y China hicieron lo suyo: aprovechar el vacío moral para expandir intereses. América Latina volvió a especializarse en el deporte continental favorito: mirar hacia otro lado mientras finge preocupación. Y la Organización de los Estados Americanos y la Organización de las Naciones Unidas terminaron convertidas en oficinas internacionales de redacción de comunicados que nadie teme y que nada cambian. Todos hablan. Nadie resuelve.
¿Y dónde está el mundo de los derechos humanos? Siguen los presos políticos. Siguen las detenciones. Siguen las amenazas. Siguen los ciudadanos vigilados. Siguen las libertades mutiladas. Liberaron a unos cuantos para fabricar titulares y alimentar la narrativa del “avance”, mientras miles siguen atrapados en el mismo sistema de miedo. Y al mismo tiempo aparece la obscena postal del nuevo orden: la miseria colectiva conviviendo con la opulencia de los favorecidos. Los nuevos beneficiarios del reacomodo paseándose entre privilegios mientras el ciudadano común sigue sobreviviendo entre inflación, precariedad y desesperanza.
¿De qué sirve que regresen vuelos Miami–Caracas si continúan las vejaciones, la censura, el miedo y la miseria? ¿De qué sirve abrir rutas comerciales si el país sigue secuestrado? La normalización del intercambio no significó liberación. Significó adaptación al negocio. Porque para algunos la tragedia terminó convirtiéndose en oportunidad. Inversión barata. Influencia regional. Nuevos negocios. Nuevas relaciones. Nuevos privilegios. Mientras el ciudadano común sigue atrapado exactamente donde estaba: entre miedo, precariedad y silencio obligado.
Incluso el Papa —quizá una de las últimas voces morales insistiendo en dignidad humana, libertad y límites éticos del poder— parece hablarle a una pared de concreto. Porque hoy el mundo ya no escucha principios: escucha intereses. Y cuando la ética estorba al negocio… la ética se archiva.
Pero hay algo que esta élite internacional de calculadores profesionales no está entendiendo. O peor: sí lo entiende… y cree que podrá controlarlo. Venezuela no está estable. Está contenida. Y contener no es resolver. Es aplazar.
La presión social lleva años acumulándose. La presión económica es insoportable. La presión política se pudrió por dentro. El miedo ya no elimina el hartazgo: apenas lo retrasa. Y el hartazgo, cuando madura, muta. Primero en rabia. Después en ruptura. Porque llega un momento en que el pueblo deja de esperar salvadores. Y cuando eso ocurre, el sistema pierde el último amortiguador.
¿Puede volver a levantarse Venezuela? Sí. Y probablemente lo hará cuando menos control parezca existir. No será elegante. No será ordenado. No será una transición de salón diplomático con café europeo y comunicado multilateral.
Será un reventón.
Y cuando una olla express revienta, no escoge objetivos. La explosión alcanza a todos. Al poder interno. A los cómplices externos. A los calculadores. A los que hicieron negocio. A los que administraron el sufrimiento. A los que callaron. A los que fingieron ayudar mientras negociaban control.
Porque hay algo peor que un tirano.
Los que deciden convivir con él porque les resulta útil.
Y entonces ya no habrá narrativa que alcance. Ni comunicado. Ni diplomacia. Ni control mediático. Ni geopolítica de escritorio.
Habrá desborde. Migración masiva. Fragmentación interna. Violencia. Choque regional. Crisis hemisférica.
Y entonces aparecerán los mismos expertos, organismos y líderes que hoy juegan al Tancredo internacional preguntándose “cómo ocurrió”. Como si no lo hubieran visto venir. Como si no hubieran alimentado el fuego. Como si no hubieran usado el sufrimiento venezolano como moneda de negociación global.
Pero ya será tarde.
Porque las sociedades pueden soportar mucho tiempo el miedo, la pobreza y la humillación.
Lo que no soportan indefinidamente… es la traición.
Porque cuando un pueblo descubre que fue usado por su opresor… resiste.
Pero cuando descubre que también fue utilizado por quienes prometían salvarlo, por los que hablaban de democracia mientras negociaban intereses, por los que convertían la tragedia venezolana en espectáculo diplomático, negocio político o plataforma personal… entonces algo mucho más peligroso ocurre.
El miedo deja de contener.
Y la rabia empieza a cobrar cuentas.
Y Venezuela empieza a oler exactamente a eso.
A una traición demasiado grande para seguir contenida.
X: @salvadorcosio1 o @chavacosio | Correo: Opinion.salcosga23@gmail.com