Como sucede con todo lo que la derecha intenta realizar para fortalecerse, le sale al revés, la visita de la ultraderechista Isabel Díaz Ayuso a México no fue la excepción.
Si intentaba penetrar en la sociedad mexicana para que volteara a ver en la ultraderecha, una alternativa diferente, pero sobre todo fuerte.
La visita de la presidenta de la comunidad madrileña a México, para honrar a Hernán Cortés, que para algunos conservadores mexicanos es una especie de noble que llega a tierras inhóspitas a conquistar la conciencia n de los naturales, mostró la división que existe en el clero católico, a partir de sus necesidades más urgentes.
Fue recibida con bombo y platillos en la Basílica de Guadalupe, la sentaron en primer afila, –al lado de los panistas más radicales, que son los que mantienen vivo a su partido a través de estridentes declaraciones en los medios–, pero rechazada en la catedral. Es decir, la Conferencia del Episcopado Mexicano, que controla las actividades de la Basílica, muy activa en la política del país, choca con la Arquidiócesis del país, que canceló el evento que encabezaría Ayuso en la Catedral Metropolitana para honrar la memoria del conquistador.
La acompañó en la frustrada aventura nada menos que la alcaldesa de Cuauhtémoc, que añora los tiempos de la nobleza, Alessandra Rojo de la Vega, quien se autodenomina feminista, pero rinde homenaje al asesino de su esposa, a quien mató con sus propias manos, para poder casarse con la Malinche.
Añoranzas monárquicas aparte, el clero mexicano mostró sus diferencias, tal vez no su división, porque tienen un enemigo común que vencer, que es el gobierno actual, pero en la catedral se rechazó un acto que parecía festival de preprimaria mientras en la Basílica le abrían las puertas a la evasora de impuestos española.
El origen de la ultraderecha tiene raíces religiosas, católicas fundamentalmente, en una conexión estrecha y permanente.
El clero católico está desesperado por mantener su influencia en la sociedad mexicana, luego de la ausencia total de alumnos en los seminarios, de la carencia de sacerdotes y el desaire de los jóvenes por la carrera eclesiástica, de no asociarse políticamente con la derecha su destino se presenta fatal.
Su semanario Desde la fe, ahora es una publicación quincenal, la reducción considerable de ejemplares impresos y la falta de interés por asistir a misa de los files tiene a los jerarcas de la iglesia católica mexicana muy preocupados.
La decadencia de su ejercicio religioso choca con la realidad. Recientemente las críticas llovieron al clero ante la información sobre el llamado a los niños para convivir en los templos. La Iglesia católica tiene su punto más vulnerable en los niños.
Para los jóvenes no sólo hay atractivos publicitarios como la oración con la que abre sus conciertos Bruno Mars, y se publican en los medios de los católicos, que no son pocos.
El semanario Desde la fe, asegura que hay grupos musicales y artistas que acostumbran hacer una oración antes de sus conciertos, encomiendan sus eventos o piden a Dios que les vaya bien, pero lo hacen de una forma privada.
Históricamente la lucha del clero católico se ha centrado en la obtención del poder. A pesar de los reveses que ha recibido en los últimos tres siglos en México, su asociación con la política persiste y su actividad sigue siendo intensa en tareas de proselitismo, principalmente en tiempos electorales.
El desgaste que el propio clero se impuso a causa de los excesos de sus sacerdotes como el enriquecimiento inexplicable, el acoso y violación de menores, la complicidad con grupos criminales, entre otros muchos pecados del mundo terrenal, que son delitos graves que se siguen de oficio, lo ha marginado de la influencia política en la sociedad.
Lo mejor que puede sucederle al clero católico es un golpe de Estado inmediato para rescatar los privilegios y condenar las almas perdidas que deambulan en el limbo del comunismo y el populismo que son pecados mortales sus sacerdotes no permiten.
Para los curas es peor ser comunistas que pederastas y esa es la aparente batalla moralista que encubre el rescate de los privilegios perdidos, que no alcanzan porque la historia es más veloz que la nostalgia.
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