La presidenta Claudia Sheinbaum, en un acto bastante torpe y explicable, dio cauce ayer a una serie de discursos, mensajes de X e invitados especiales a su conferencia matutina con el propósito de hablar sobre el tema favorito del obradorismo: las atrocidades perpetradas por Hernán Cortés en aquel lejano año de 1521. Se ha insertado, desde luego, en la visita de la polémica política española Isabel Diaz-Ayuso, cuya escasa popularidad entre los obradoristas ha devenido en una auténtica animadversión hacia su persona.
A la jefa del Estado mexicano y al obradorismo les conviene hablar sobre Cortés. Es un asunto polémico, divertido, con su dosis de historia, que provoca reacciones, que estimula el debate y que, sobre todo, le roba atención a la verdadera crisis que azota el régimen: la probable culpabilidad de Rubén Rocha Moya y la exposición ante la opinión pública de toda una red de corrupción, operada por el Cartel de Sinaloa, para financiar campañas electorales de candidatos de Morena dentro y fuera de la entidad.
En adición, y para alimentar la necesidad de seguir hablando de Cortés, el fiscal general estadounidense Todd Blanche declaró hace un par de días que el Departamento de Justicia planeaba iniciar procesos penales contra más políticos mexicanos ligados al crimen organizado. ¿Serán Américo Villareal, Adán Augusto López, Mario Delgado, o algunos otros miembros conspicuos del morenismo los que seguirán en la lista para ser solicitados por el gobierno de Estados Unidos? Al tiempo.
El escándalo es mayúsculo, pues la crisis de Sinaloa podría representar solamente una de las capas de un complejo entramado de corrupción, complicidades, lazos criminales y connivencia con poderosos carteles cuyo poder se ha extendido a lo largo de un territorio nacional cada día más inseguro y violento.
Sheinbaum y los voceros del obradorismo podrán seguir utilizando a Cortés como una “caja china” para intentar salvar la cara ante la creciente evidencia de las trapacerías de gobernadores y otros funcionarios pertenecientes a un movimiento político que prometió regenerar la vida pública de México.
Sin embargo, la amenaza llegada desde Washington pesa, y mucho. La propaganda sobre Cortés y otras ocurrencias terminarán por fatigar a una sociedad mexicana que exigirá rendición de cuentas ante una posible intervención estadounidense, y también, ante la evidente protección ofrecida por el régimen a personajes impresentables que deberían, a reserva de que sean debidamente procesados, estar tras las rejas.