El proyecto de la Cuarta Transformación se construyó sobre los pilares de propaganda, polarización y manipulación narrativa en torno a una idea sencilla: el pasado es responsable de todos los males y, el presente —y los errores del presente— debían justificarse por el pasado y por una autoproclamada superioridad moral. Pero, después de casi ocho años los “otros datos” ya no alcanzan para ocultar el deterioro del país.
Lejos de cumplir su promesa de cambio, la 4T terminó reproduciendo y hasta superando muchas de las prácticas que juró combatir: corrupción, opacidad, clientelismo, autoritarismo e impunidad. Con la diferencia de que el daño institucional ha sido más profundo, porque decidieron debilitar contrapesos, concentrar poder y sustituir la capacidad técnica por obediencia política.
La seguridad, el fracaso más evidente
Con la expansión territorial del crimen organizado las masacres, desapariciones, cobro de piso, secuestros y asesinatos dejaron de ser hechos excepcionales para convertirse asuntos cotidianos. La estrategia de “abrazos, no balazos” terminó representando la renuncia del Estado a enfrentar a los grupos criminales.
Ahora el gobierno presume cifras maquilladas y supuestas reducciones, mientras la realidad muestra carreteras tomadas, municipios sometidos y regiones enteras controladas por el poder criminal.
La promesa de regresar al Ejército a sus cuarteles, se transformó en la militarización de la seguridad pública y de puertos, aduanas, aeropuertos, obras, bancos y hasta hoteles. Nunca en la historia reciente las Fuerzas Armadas habían acumulado tanto poder económico y político. Sin embargo, el país sigue inseguro y violento.
Salud, el desastre más doloroso
Al llegar al poder AMLO acusó corrupción en el sistema de salud y destruyó el Seguro Popular y los mecanismos de abasto de medicamentos. Prometió un sistema “como el de Dinamarca”.
El resultado de convertir la salud pública en experimento ideológico ya lo conocemos: colapso de hospitales, desabasto de medicinas, falta de insumos, personal y tratamientos y familias obligadas a gastar lo que no tienen para atender a sus enfermos.
El deterioro de la educación
El daño al sector educativo es brutal. Desaparecieron las escuelas de tiempo completo, cancelaron la evaluación de docentes y descalificaron mecanismos internacionales “neoliberales” que evalúan el desempeño.
El mérito fue sustituido por propaganda política y desde la pandemia, México enfrenta enormes rezagos educativos mientras el gobierno privilegia narrativa ideológica sobre calidad académica.
Energía, la apuesta al pasado
El mundo avanza hacia energías limpias y competitividad tecnológica, México regresa al combustóleo, monopolio estatal y proyectos inviables.
Pemex ejemplifica el alto costo de una obsesión ideológica y el fracaso económico del sexenio: deuda histórica, pérdidas multimillonarias, menor producción y corrupción persistente.
Obras por capricho
El AIFA, el Tren Maya y Dos Bocas, un monumento al despilfarro presupuestal: contratos reservados, opacidad y sobrecostos.
“La austeridad republicana” hipotecó las finanzas públicas para sostener una narrativa política y financiar programas sociales. La deuda creció, desaparecían fondos de emergencia, los fideicomisos y ahorros institucionales.
La corrupción cambió de manos y la lealtad al movimiento se convirtió en garantía de protección.
Los escándalos por contratos, tráfico de influencias, financiamiento ilegal y enriquecimiento inexplicable rodean al gobierno, pero cualquier investigación es descalificada como “ataque conservador”, “campaña mediática” o conspiración política.
La justicia pasó a funcionar como herramienta política para perseguir adversarios y proteger aliados. El aparato del Estado se usa para intimidar voces críticas.
¿Qué sigue?
Morena apostó todo a repetir que “el pueblo está feliz”, culpar al pasado o dividir al país entre buenos y malos. Pero la realidad ya superó ese discurso.
La inseguridad no desaparece con mañaneras. Los apagones no se resuelven con propaganda y los niños con cáncer no se curan con slogans.
El país no necesita otro caudillo ni otra “transformación” mesiánica. Necesita reconstruir instituciones, recuperar el Estado de derecho y volver a poner la capacidad técnica por encima de la obediencia política.
Se requiere un gobierno que genere confianza y no confrontación; inversión y no miedo; crecimiento y no dependencia clientelar. México necesita seguridad con inteligencia y fuerza del Estado; economía abierta y competitiva; energía moderna; educación de calidad; salud funcional; transparencia y un sistema judicial autónomo.
Pero, sobre todo, abandonar el populismo que convirtió cada problema nacional en espectáculo político.
El desafío para sustituir a la 4T no puede ser solamente electoral. Está en reconstruir el valor de la ley, del mérito, de la verdad y de la responsabilidad pública.
X: @diaz_manuel