Durante la celebración del papa León en Nápoles, que conmemora el primer aniversario de su elección como pontífice, fue interrumpida por dos simpatizantes de PETA que vestían camisetas con el mensaje «La tauromaquia es pecado» y le suplicaban a Su Santidad que rompiera los vínculos de la Iglesia católica con la tauromaquia y condenara estos espectáculos sangrientos. Llevaban carteles con el mensaje «Papa León: Ayude a poner fin a la tauromaquia», las defensoras de los animales fueron retiradas por la policía.
«Desde hace un año, PETA le ha pedido al papa León que condene la tauromaquia. Durante ese tiempo, decenas de miles de toros han sido torturados hasta la muerte en nombre de Dios, la mayoría de ellos en España, próxima parada en el itinerario del Santo Padre», declaró Mimi Bekhechi, vicepresidenta sénior de PETA. «Exaltar la crueldad contradice las propias advertencias de Su Santidad sobre un mundo cada vez más marcado por la violencia. Le pedimos al papa León que condene este derramamiento de sangre como una práctica ofensiva a los valores cristianos».
Cada año, decenas de miles de toros son atormentados y asesinados en festivales taurinos alrededor del mundo, muchos de ellos celebrados en honor de santos católicos. Durante estos eventos, picadores a caballo clavan lanzas en la espalda del toro antes de que otros le entierren banderillas en la parte superior de su espalda, provocándole dolor intenso cada vez que gira la cabeza y limitando sus movimientos. Finalmente, cuando el toro está debilitado por la pérdida de sangre, aparece el matador e intenta matarlo clavándole una espada en los pulmones o, si falla, cortándole la médula espinal con una daga. El toro puede quedar paralizado, pero aún consciente, mientras el matador le corta las orejas o la cola como trofeo y arrastra su cuerpo fuera del ruedo.
El papa Francisco escribió en su encíclica Laudato Si’ que «todo acto de crueldad hacia cualquier criatura es ‘contrario a la dignidad humana’», y ya en el siglo XVI, el papa Pío V, quien ha sido canonizado, prohibió las corridas de toros, a las que describió como «espectáculos crueles y viles del demonio y no del hombre», contrarios a «la piedad y la caridad cristianas». El párrafo 2418 del Catecismo de la Iglesia Católica establece claramente que los seres humanos no deben «hacer sufrir ni matar inútilmente a los animales»; sin embargo, sacerdotes católicos suelen oficiar ceremonias religiosas en plazas de toros y ministrar a los toreros en capillas ubicadas en ellas. Algunos incluso atacan toros vestidos con sotana.