Con este tema ingreso hoy al Instituto mexicano de ciencias y humanidades.
Con este tema ingreso hoy al Instituto mexicano de ciencias y humanidades
En un tiempo donde la velocidad dicta el pulso de la vida y la palabra se reduce a un clic, un emoji o una reacción automática, detenerse a hablar se convierte en un acto de resistencia.
La comunicación contemporánea, moldeada por la inmediatez digital, pierde los rituales que alguna vez le dieron profundidad, duración y sentido. Y cuando los rituales desaparecen, no solo se empobrece el lenguaje: se erosiona la vida en común.
Byung-Chul Han advierte que habitamos una época marcada por la desaparición de los rituales, por la aceleración que deshace la comunidad y por una comunicación que ya no convoca, solo circula. Vivimos en un intercambio sin hogar simbólico, sin pausas, sin umbrales. En ese paisaje, la palabra deja de ser puente y se vuelve trámite.
Pero hay quienes aún creemos que la comunicación puede ser un espacio de cuidado, presencia y memoria. Que la palabra —cuando se ejerce con intención, tono y ritmo— puede sostener vínculos, reparar fracturas y convocar comunidad. Que hablar no es solo transmitir información, sino habitar un vínculo.
Por eso propongo pensar la comunicación ritualizada como una forma de resistencia cultural. Resistir no desde la confrontación, sino desde la profundidad. No desde el ruido, sino desde la duración. No desde la autopromoción narcisista, sino desde la presencia orientada al otro.
Ritualizar la palabra implica recuperar gestos que parecían obvios: mirar, escuchar, nombrar la intención antes de hablar, abrir un umbral antes de una conversación difícil, cerrar con conciencia para que algo permanezca. Implica recordar que el cuerpo también habla, que la respiración acompasa el vínculo, que el silencio puede ser un acto de cuidado.
En un país donde la palabra pública suele desgastarse entre estridencias, y la palabra íntima se diluye entre notificaciones, volver ritual la comunicación es un gesto político. Es afirmar que la comunidad aún es posible, que la memoria aún puede sostenerse y la presencia aún puede ser hogar.
Ritualizar no es volver al pasado: es crear condiciones para un porvenir más humano. Es devolverle a la palabra su capacidad de convocar, ordenar y sanar. Es resistir la atomización contemporánea con algo tan simple y al unísono altamente poderoso como un encuentro verdadero.
Porque, finalmente, como escribió Octavio Paz, “la palabra es el puente que une al hombre con el mundo”. Y en tiempos de desarraigo, construir puentes es el acto m
ás urgente.
La entrada Rituales como resistencia se publicó primero en La Chispa.