Sin ánimo de cuestionar al gobierno de Estados Unidos, censura sí es lo que ha hecho Donald Trump al vetar de facto espacios informativos, o las represalias veladas contra programas críticos como el de Stephen Colbert y la suspensión provisional de la que fue objeto Jimmy Kimmel en las cadenas estadounidenses.
Ante tales hechos, la comentocracia mexicana no dijo nada; la oposición no mencionó una sola palabra; TV Azteca calló; Raymundo Riva Palacio no se escandalizó; Ciro Gómez Leyva no protestó; Jorge Fernández Menéndez prefirió ponerse a hablar con la Virgen María.
Las constantes confrontaciones del magnate que gobierna EEUU con CNN, NBC, Associated Press, o con diarios como The New York Times y The Washington Post, han sido parte de su narrativa de control. Y de eso, la derecha mexicana jamás expresó ni una sola palabra de condena.
¿Censura en el México de la 4T?
Resulta necesario tener memoria y algo de proporción histórica. Empiezo por lo que me consta por haberlo sufrido personalmente. Cuando salí de Milenio —un periódico en cuya fundación y dirección participé de manera central—, el trasfondo político era evidente: mi denuncia del fraude electoral de 2006 contra Andrés Manuel López Obrador incomodaba en un ambiente mediático que, en términos generales, cerró filas con el nuevo gobierno, por supuesto que espurio, de Felipe Calderón.
En esos días, después de mi despido, algunos amigos del medio periodístico, directores o propietarios, me ofrecieron espacios para colaborar, pero con condiciones muy claras: podía escribir siempre y cuando evitara criticar al nuevo presidente producto del fraude electoral.
No acepté. Ya tenía hecho mi plan de vida profesional: concentrarme en internet. No me fue mal, así que pude construir un proyecto como SDPNoticias; ahora cuenta esta empresa con El Deforma. Antes de consolidar estos espacios participé como socio y director de El Chamuco, revista de humor en la que moneros muy importantes —El Fisgón, Hernández, Rius, Helguera— criticaban mucho muy fuertemente a los medios tradicionales que tanto mentían al expresarse sobre el movimiento de izquierda encabezado por AMLO, Claudia Sheinbaum y otras personas.
Recuerdo lo anterior porque hoy la Sociedad Interamericana de Prensa y la Alianza de Medios Mx hablan de censura indirecta y estigmatización debido a que la presidenta Sheinbaum llamó a no consumir contenidos de TV Azteca. El debate es válido, por supuesto, pero la verdad de las cosas es que no hay censura. Esta y las presiones reales a los medios en México sí existieron, y tienen una larga data.
En 1997, cuando fundé Milenio Semanal, mi intención original era que Raymundo Riva Palacio fuera el director editorial. Sin embargo, el presidente Ernesto Zedillo detestaba a Raymundo, lo que desató fuertes presiones que recibimos directamente el director fundador, yo mismo, y el dueño de la empresa, el empresario Francisco González.
Después de discutirlo con Pancho, decidimos una salida salomónica para ceder y no ceder al mismo tiempo: contratamos a Raymundo no con el cargo formal de director editorial, sino como colaborador, aunque en los hechos compartía la dirección periodística del proyecto con Ciro Gómez Leyva, Ignacio Rodríguez Reyna y Francisco Martín Moreno.
Con paciencia, en el último año del zedillismo, cuando nació Milenio Diario, Riva Palacio finalmente asumió la dirección editorial. Un año o dos después tuvimos que despedirlo, pero aclaro: no por presiones del nuevo gobierno de Vicente Fox como Ray falsamente ha dicho, sino por indisciplinado, ya que como subordinado resulta insoportable. Pero esa es otra historia que, por lo demás, he debatido bastante con el propio Riva Palacio.
Aquellos tiempos de censura desde Los Pinos continuaron en los sexenios siguientes. Carmen Aristegui salió de MVS durante el mandato de Felipe Calderón tras las tensiones generadas por cuestionar al aire si el mandatario espurio padecía o no un problema de alcoholismo. Años después, la periodista volvió a ser despedida, ya en el gobierno de Enrique Peña Nieto, luego de las investigaciones relacionadas con la llamada Casa Blanca.
También en el sexenio peñista se documentaron fuertes presiones oficiales sobre medios y directivos cuando ciertas coberturas resultaban incómodas para el poder político; un ejemplo de ello fue la salida en 2014 de Ciro Gómez Leyva de su posición como director editorial adjunto del grupo y conductor estelar de Milenio TV, debido al descontento gubernamental que generaban sus coberturas sobre la violencia en el país.
Durante décadas, los gobiernos utilizaron de distintas maneras la publicidad oficial, las concesiones y las relaciones empresariales para premiar o castigar líneas editoriales. Eso ocurrió muchas veces y sería infantil negarlo. Por eso resulta exagerado afirmar que existe censura porque una presidenta critique a una televisora o recomiende no verla. Una televisora que, por lo demás, seguirá mintiendo sobre la 4T e insultando a Sheinbaum sin que le pase nada. Lo que hace porque a su dueño se le cobraron impuestos, y nada más por eso.
En la actualidad, medios, comentaristas y conductores atacan diariamente a Claudia Sheinbaum con enorme dureza —a veces incluso con ofensas personales— y nadie les impide hacerlo. Más bien ocurre lo contrario: la confrontación política y mediática vive uno de sus momentos más intensos y más libres.
Detrás de este falso escándalo asoma una vieja y conocida paradoja del oficio: a muchos profesionales de la crítica les fascina incomodar al poder, pero les aterra y les ofende ser cuestionados desde el poder sin que sufran mayores consecuencias.
Pareciera que, para la opinocracia, la libertad de expresión es un derecho de una sola vía; se asumen los y las columnistas con la facultad exclusiva de juzgar, calificar y, en ocasiones, torcer la realidad, pero se declaran víctimas de persecución autoritaria en el momento en que se les responde públicamente con datos o argumentos.
En una democracia madura, la infalibilidad no pertenece ni a los gobernantes ni a los periodistas.
Puede discutirse si el tono presidencial es conveniente o no. También si vale la pena el detector de mentiras. Pero las críticas desde el poder a la prensa no son y no han sido censura en la 4T. Tan no lo son que el periodismo mexicano sigue mintiendo impunemente.
TV Azteca, además, lleva tiempo actuando más como actor político de oposición que como medio de comunicación convencional. Su línea editorial es abiertamente agresiva y en ocasiones ha privilegiado el escándalo. El conflicto de su dueño con el gobierno federal por temas fiscales evidentemente es la causa. La televisora carga además con antecedentes difíciles de olvidar: que nació con dinero de Raúl Salinas de Gortari; el llamado de Javier Alatorre, en plena pandemia, a no hacerle caso a las recomendaciones del gobierno; o las coberturas alarmistas sobre los nuevos libros de texto gratuitos.
Nada de eso significa que TV Azteca deba ser censurada. Tiene derecho a mantener su línea editorial y a criticar al gobierno, y lo hace hasta el extremo del insulto.
Pero la presidenta tiene derecho a responder, cuestionar y pedir a la audiencia que ejerza su criterio frente a contenidos que considera falsos o facciosos.
La libertad de expresión implica tolerar la crítica en ambos sentidos: la de los medios hacia el poder y la del poder hacia los medios. Lo verdaderamente importante es que nadie sea silenciado mediante amenazas, despidos inducidos desde el gobierno o presiones económicas del Estado. Y, al menos hasta ahora, eso no es lo que está ocurriendo en México.