Hay momentos en política donde el debate deja de ser debate y se convierte simplemente en espectáculo de provocación. Eso ocurrió este martes en la Cámara de Diputados. Y no fue casualidad.
En medio de la discusión sobre la reforma judicial —uno de los temas más tensos y polarizados del momento— el diputado priista Carlos Gutiérrez Mancilla decidió hacer lo que mejor sabe hacer cierta generación de “jóvenes políticos” fabricados por el viejo PRI: reventar, insultar y provocar. Porque una cosa es debatir duro y otra muy distinta es subir a tribuna a llamar “asesino” a un legislador sin contexto, sin argumento y sin siquiera intentar sostener políticamente la acusación.
Eso hizo Gutiérrez Mancilla contra Leonel Godoy.
No presentó datos. No explicó nada. No desarrolló una imputación política. Simplemente lanzó el insulto como quien avienta una piedra para incendiar el salón.
Y entonces vino el verdadero problema.
Cuando Leonel Godoy pidió la palabra por alusiones personales, el diputado priista ya no quiso abandonar la tribuna. Se atrincheró literalmente. Sus compañeros del PRI subieron para rodearlo y fungir como escudo político, mientras desde la tribuna seguían los gritos, las provocaciones y los insultos.
La escena fue reveladora. No parecía una discusión parlamentaria. Parecía una asamblea reventada por grupos de choque.
El episodio exhibió algo delicado para la oposición: cuando se les acaba el argumento, aparece el porrismo. Y también dejó ver algo incómodo para todos: la fragilidad del equilibrio parlamentario cuando alguien decide dinamitar deliberadamente las reglas mínimas de convivencia.
Kenia López Rabadán estuvo a punto de perder completamente el control de la sesión. Rubén Moreira pedía receso. Ricardo Monreal proponía someter decisiones al pleno. El diputado priista seguía vociferando desde tribuna como si aquello fuera un mitin callejero y no el Congreso mexicano.
Paradójicamente, fueron los propios coordinadores parlamentarios quienes terminaron despresurizando la situación. Monreal respaldó la conducción institucional de la presidencia y el panista Elías Lixa recordó algo fundamental: la Mesa Directiva no tiene fuerza pública para bajar físicamente a nadie de tribuna.
Y ahí quedó expuesta la verdadera naturaleza del problema.
El Congreso funciona sobre reglas políticas y acuerdos mínimos de comportamiento, no sobre garrotes. Depende de entender que incluso el adversario merece ciertas reglas básicas de respeto institucional. Cuando alguien decide romper deliberadamente esas reglas, el Parlamento entra en zona de riesgo.
Porque el problema no es el insulto. En San Lázaro los insultos abundan todos los días. El problema es convertir la tribuna en rehén de la provocación, normalizar el comportamiento pandilleril como método político y creer que “ponerse bravo” sustituye a tener ideas.
Quizá por eso la intervención final de Leonel Godoy terminó teniendo más peso político que todo el espectáculo previo. Porque en vez de engancharse en la pelea personal, elevó el debate hacia algo más profundo: la degradación del lenguaje político.
Mientras la oposición habla todos los días de “narcodictadura”, “narcogobierno” y “dictadura”, del lado oficialista no existe un desfile cotidiano de legisladores subiendo a tribuna para llamar “asesino” a opositores concretos sin presentar una sola prueba.
Ese es el punto de fondo: la oposición mexicana lleva años alimentando un clima donde cualquier exceso verbal parece permitido. Y luego se sorprenden cuando el debate público se convierte en un lodazal.
Y hay un dato todavía más preocupante: apenas es el primer día del periodo extraordinario de sesiones. Apenas el primero, y ya vimos tribunas atrincheradas, insultos personales, legisladores usados como escudos humanos y sesiones al borde del colapso procedimental. Si así arranca el debate legislativo, queda claro que ciertos sectores de la oposición no están apostando a convencer. Están apostando a reventar.
Y en el caso de Carlos Gutiérrez Mancilla, además, no se trata precisamente de un debut en la política del escándalo. Diversos medios y videos lo señalaron previamente por participar en la agresión física contra Gerardo Fernández Noroña durante la trifulca ocurrida en el Senado el año pasado, junto a Alejandro Moreno y otros legisladores priistas.
Por eso lo ocurrido este martes no pareció una excepción; pareció un patrón.
Porque una cosa es hacer oposición, y otra muy distinta es convertir el Congreso mexicano en una arena de porros madreadores con fuero constitucional.