A estas alturas, no ver Televisión Azteca es un triunfo civilizatorio y cognitivo de gran parte de la sociedad mexicana. Su programación, de ínfima calidad, se devanea entre grotescos programas de variedad matutinos conducidos por NPC’s, noticieros repletos de propaganda cuasi-nazi y fake news, basuras de “viernes botaneros” con futbol de calidad lumpen y “exatlones”, lo que sea que sea ese reality show conducido por un sujeto que nada más sabe gritar.
Existe, es verdad, todavía un público cautivo principalmente en lugares de trabajo o zonas de difícil acceso, urbano o rural, en donde las alternativas de entretenimiento de streaming u otras plataformas de internet aún no penetran. De forma similar a la radio, que taladra una y otra vez en gran parte de sus espacios un mensaje antigubernamental que raya en el fanatismo en taxistas y conductores cautivos, el público default del canal apodado desde hace décadas “TV Apesta” por la sabiduría popular es principalmente visto en pequeños comercios, locales nocturnos de venta de comida y algún fan de los equipos de futbol regionales que aparecen en el bodrio “botanero”.
Aún así, la estridencia y carisma negativo del evasor fiscal Salinas Pliego y el desgaste de carcamanes de la televisión tradicional como Javier Alatorre, Pedro Sola y Patricia Chapoy difícilmente atraerán nuevas generaciones al congal de telebasura del también invitado a eventos del abusador sexual Jeffrey Epstein (otro abusador, símil de su exconductor Andrés Roemer).
No hay que ver TV Azteca, es verdad, pero tampoco hay que dudar en retirarles concesiones si siguen sembrando miedo, odio y división utilizando espectros televisivos que no les pertenecen.