Ningún festejo del aniversario de triunfo ha sido tan relevante como el segundo año del gobierno de Claudia Sheinbaum que unió centenares de familias y simpatizantes en el Monumento a la Revolución. El mensaje ha sido tan poderoso que trasciende a México, alcanzando a las derechas internacionales que se han reorganizado y mantienen una de las operaciones más agresivas contra América Latina y especialmente, contra México. Bajo un sol inclemente, miles de simpatizantes de Morena colmaron la plaza mientras la mandataria trazaba con precisión el mapa de sus adversarios: los sectores conservadores nacionales e internacionales que jamás aceptaron que México decidiera ejercer plenamente su independencia y recuperar su dignidad.
No es casualidad que el mismo fin de semana reaparecieran Fox y Calderón para abonar al clima de confrontación, respaldando al PAN y defendiendo a la gobernadora de Chihuahua bajo el argumento de una persecución injusta. Sheinbaum les respondió con un recuento sin concesiones: el foxismo quedó asociado a la represión en San Salvador Atenco, la embestida contra el magisterio oaxaqueño y el desafuero contra López Obrador, operación que allanó el camino al fraude electoral de 2006. El calderonismo, por su parte, fue caracterizado como el régimen que inundó al país de violencia a través de una guerra contra el narcotráfico cuyo fracaso vino acompañado de una alianza probada con el crimen organizado.
La derecha doméstica y la internacional se mueven en sincronía, y Sheinbaum, recuperando la sentencia de Monsiváis sobre el conservadurismo como doctrina de la hipocresía, lo dejó en claro ante todos.
Pero el diagnóstico no se detuvo en el pasado. La mandataria identificó una ofensiva en curso: meses de campañas millonarias en redes sociales y operaciones de bots orientadas a distorsionar la percepción pública, impulsadas por quienes nunca asimilaron la recuperación de la soberanía mexicana. Esa maquinaria, señaló, se aceleró tras la muerte de dos agentes estadounidenses no acreditados oficialmente y dos fiscales de Chihuahua el 19 de abril, episodio que derivó en una solicitud de extradición urgente de diez ciudadanos mexicanos, entre ellos un gobernador y un alcalde. La pregunta que Sheinbaum lanzó desde el templete es la misma que subyace al conflicto diplomático: si el interés real de ciertos sectores de la ultraderecha estadounidense es combatir al crimen organizado, o si México es simplemente el tablero donde se libra otra batalla de cara a las elecciones norteamericanas de 2026.
Cerrar filas hoy significa mucho más que simpatizar con Morena o militar en sus filas. Significa pronunciarse a favor de que México continúe existiendo como nación soberana, donde sea su pueblo quien decida y elija a sus gobiernos mediante el voto y los principios democráticos, y no las élites negociando en Washington el destino del país.
En el fondo, cerrar filas es reafirmar algo elemental que la ofensiva conservadora busca hacer olvidar: que México tiene pueblo, y que ese pueblo rechaza la opresión en todas sus formas. No somos colonia de Estados Unidos, no somos territorio de conquista, ni de intereses extranjeros ni del crimen organizado. Eso fue lo que se dijo este domingo en el Monumento a la Revolución, y eso es precisamente lo que las derechas internacionales no pueden tolerar.