A México le ha pasado antes. Un gran evento internacional a la vuelta de la esquina, el gobierno urgido de mostrar estabilidad, y un conflicto social que se niega a ceder. En 1968 fueron los Juegos Olímpicos. Hoy es la inauguración del Mundial.
La historia no se repite, pero rima.
En aquel entonces, el gobierno priista decidió que la imagen del país valía más que el diálogo. Optó por la represión. El resultado fue una herida histórica que aún supura. El Estado ganó el control de la narrativa internacional, pero perdió algo mucho más profundo: legitimidad moral.
Hoy, el escenario es distinto, pero la tensión es parecida. La CNTE no es un movimiento estudiantil, pero sí es un actor capaz de poner al país contra la pared en cuestión de horas. No necesita armas ni clandestinidad: le basta con su capacidad de movilización, su disciplina interna y su disposición a sostener el conflicto.
Y el gobierno —como en 1968— enfrenta un dilema que ningún manual resuelve: ¿ceder para evitar un estallido o actuar para evitar el caos?
La diferencia es que ahora la represión no es opción. No solo por razones éticas, sino porque cualquier uso de la fuerza se convierte en crisis instantánea: videos virales, condenas internacionales, narrativas de abuso. Un solo herido basta para incendiar el país. Un muerto basta para marcar un sexenio.
Por eso la CNTE presiona justo ahora. Porque sabe que el gobierno está en su punto de mayor vulnerabilidad simbólica. Porque sabe que un bloqueo en vísperas del Mundial pesa diez veces más que un bloqueo en cualquier otro mes. Porque sabe que la política, cuando está bajo reflectores globales, se vuelve más frágil.
El Estado tiene la ley de su lado. La CNTE tiene el tiempo, la calle y la oportunidad.
Y en México, cuando un conflicto se cruza con un evento internacional, la historia demuestra que la ley suele ceder ante la presión.
La pregunta no es si el gobierno puede resolver el conflicto. La pregunta es si puede hacerlo sin repetir los errores de 1968, sin sacrificar derechos, sin ceder gobernabilidad, sin incendiar la narrativa pública.
Porque si algo nos enseñó aquel año es que la fuerza puede ganar el día, pero pierde el país.
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