El enigma del Grupo Volcán, los saboteadores detrás del apagón más largo de Berlín desde la II Guerra Mundial

A principios de este año, la capital alemana sufrió un apagón de cinco días, pero hasta hoy se desconocen los responsables del sabotaje: ¿fueron ‘ecoterroristas’, la extrema derecha o incluso ‘proxies’ rusos?
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Sebastian Brandt, jefe de mantenimiento del hospital Immanuel, en el frondoso y acomodado barrio berlinés de Wannsee, supo que algo iba mal en cuanto abrió la ventana de su casa, situada frente al hospital, y olió a gasóleo. Era el 3 de enero, una gélida mañana de sábado, y por suerte el hospital tenía pocos pacientes aquel fin de semana después de las fiestas navideñas. Al asomarse a la ventana, comprendió enseguida lo que ocurría: el generador de emergencia —una máquina enorme, ensordecedora y con varias décadas a sus espaldas, instalada en el sótano— se había puesto en marcha. El hospital había dejado de recibir suministro eléctrico de la red. Y Brandt entendió al instante que no iba a tener un fin de semana tranquilo.
Aunque un generador de emergencia permite mantener operativo un hospital, tiene sus limitaciones. Las intervenciones quirúrgicas deben suspenderse y, si bien estos sistemas se revisan de forma periódica, nadie sabe con certeza cómo responderán tras varios días funcionando sin interrupción. El depósito del generador del hospital Immanuel contenía unos 3.000 litros de gasóleo, y Brandt había calculado que consumiría alrededor de 550 litros diarios. Cuando el operador de la red eléctrica advirtió al hospital de que el apagón podría prolongarse hasta finales de la semana siguiente, Brandt salió de inmediato en busca de más combustible en la gasolinera más cercana que todavía seguía conectada a la red. Mientras tanto, recibió la noticia de que un hospicio cercano también iba a trasladar allí a sus pacientes.
Lo que Brandt no sabía —y lo que le habría empeorado aún más el día— era que el hospital se había quedado sin suministro porque un par de horas antes, hacia las seis de la mañana, y a unos 12 kilómetros de allí, alguien había incendiado cinco cables de alta tensión sujetos a la parte inferior de un puente sobre el canal de Teltow, una larga vía fluvial que atraviesa el sur de la capital alemana.
Prácticamente los 36.000 kilómetros de cables eléctricos de Berlín están enterrados bajo tierra, pero existen puntos vulnerables, especialmente en los cruces sobre cursos de agua. Estos cinco cables, de 10 centímetros de grosor cada uno, procedían de una central eléctrica de gas natural y suministraban electricidad a unos 45.000 hogares, 2.200 empresas y cuatro hospitales. Una imagen difundida más tarde ese mismo día por Stromnetz Berlin, el operador estatal de la red eléctrica de la ciudad, los mostraba ardiendo intensamente mientras colgaban sobre un montón de escombros en llamas.
Cuatro distritos de la ciudad se vieron afectados —algunos de los barrios más acomodados de Berlín, aunque no exclusivamente— y, aunque al día siguiente se restableció el suministro eléctrico a 10.000 hogares, los otros 35.000 permanecieron sin electricidad durante cinco días más. Quien estuviera detrás de aquello había provocado el apagón más prolongado que había sufrido Berlín desde la Segunda Guerra Mundial.
Un apagón provocado
A pocos kilómetros del Immanuel, el ataque también provocó graves problemas a Michael Schmidt, director del hospital Hubertus. Se trataba de un centro de salud mucho mayor y para aquella mañana había varias operaciones programadas. “Fue una suerte que ocurriera antes de las 8.00 de la mañana, porque todavía no había nadie tumbado en la mesa de operaciones”, me cuenta unas semanas después, sentado en su despacho.
En cuestión de horas, Schmidt se vio haciendo planes para evacuar a los 150 pacientes que tenía en el edificio, porque, aunque el generador se había puesto en marcha, el sistema de calefacción había fallado. Resultó que las bombas de gas que lo abastecían estaban fuera del recinto y no estaban conectadas al generador. “La temperatura exterior aquella mañana rondaba los -1 °C. Si la temperatura hubiera bajado demasiado, habríamos tenido un problema”, explica Schmidt.
Al final, los técnicos del hospital encontraron la manera de desviar la corriente hacia los surtidores. El operador de la red eléctrica de la ciudad logró utilizar líneas de emergencia para restablecer el suministro eléctrico en los cuatro hospitales a la mañana siguiente, y Brandt no tuvo que pasar la semana yendo a buscar bidones de gasóleo. Las viviendas de los alrededores, sin embargo, permanecieron a oscuras durante otros cinco días. Algunos vecinos mayores fueron trasladados a alojamientos de emergencia, y los informativos de las televisiones locales se llenaron de testimonios de personas indignadas por la falta de información y por la forma en que las autoridades habían gestionado la situación. “Se respiraba una atmósfera un poco distópica”, recuerda Schmidt.
Un apagón que se prolonga durante varios días puede hacer que la gente se sienta menos segura —el hospital llegó a contratar temporalmente personal adicional de seguridad— pero también refuerza el sentimiento de comunidad: los vecinos empezaron a acercarse a la puerta del hospital para cargar todo tipo de aparatos, y la cantina acabó convirtiéndose en un improvisado punto de encuentro.
Sabían desde el principio lo que estaban haciendo, y esa es la gran diferencia con, por ejemplo, los radicales de extrema derecha o los islamistas
Al día siguiente, Schmidt supo que el apagón había sido provocado deliberadamente, al parecer por motivos políticos. Hace una pausa cuando le pregunto qué piensa de ello. “Creo que las personas o la organización que hicieron esto quizá no anticiparon lo que ocurriría en este distrito supuestamente rico; no todo el mundo que vive aquí es rico”, dice pensativo. “Aquí hay personas mayores que necesitan ayuda, en los hospitales, pero también en sus casas. Esto no golpeó al sistema, golpeó a personas corrientes, y tuvimos suerte de que todo quedara en un susto”.
El misterioso Grupo Volcán
La forma en que se llevó a cabo este sabotaje estaba relativamente clara, pero la autoría sigue siendo un misterio y sus motivos continúan siendo objeto de controversia. Unas 24 horas después de que se apagaran las luces, varios medios de comunicación recibieron una reivindicación que también fue publicada en plataformas de izquierda como Indymedia.org, donde pueden subirse y difundirse textos anónimos e imposibles de rastrear. El comunicado, un texto divagante de casi 4.500 palabras, llevaba por título “Cerrar las centrales eléctricas de combustibles fósiles es un trabajo de artesanía. Tened valor. Saludos militantes de Año Nuevo”. El autor del sabotaje se identificaba como “Grupo Volcán: cortad la corriente a los poderosos”.
Esta firma situaba el apagón en el contexto de una serie de ataques esporádicos contra infraestructuras críticas de Berlín llevados a cabo durante los últimos 15 años. Desde 2011 se han registrado al menos siete ataques atribuidos al Grupo Volcán en Berlín y sus alrededores. El primero de ellos se inspiró en las alteraciones provocadas por el volcán islandés Eyjafjallajökull en 2010, que interrumpió durante varios días el tráfico aéreo en gran parte del norte y el centro de Europa.
El Grupo Volcán ha causado muchos menos daños y molestias, y no ha provocado heridos ni muertes directamente atribuibles a sus acciones. La primera oleada de ataques, entre 2011 y 2013, tuvo como objetivo las líneas eléctricas ferroviarias y las cajas de cables, y cada una de las primeras confesiones mencionaba un volcán islandés diferente: primero fue “El rugido del Eyjafjallajökull”, seguido de “El Comité de Bienvenida del Hekla — Iniciativa para más erupciones sociales” y “Anónimo/Volcán Katla”.

Vista aérea de la estación de tren S-Bahn Mexikoplatz, en el distrito de Zehlendorf, a oscuras, mientras un generador alimenta una farola durante el apagón de enero de 2026 en Berlín. Christian Ender / Getty Images
El nombre Vulkangruppe, o Grupo Volcán, se adoptó a partir de 2018 e incluso entonces las denominaciones variaban: “Grupo Volcán contra la destrucción continua” o “Grupo Volcán: acabar con la autoridad de la red”. En 2021 y 2024 se produjeron dos nuevos ataques del colectivo contra las líneas eléctricas que abastecen a la Gigafábrica de Tesla, situada a las afueras de la ciudad. Este último sabotaje fue reivindicado por el “Grupo Volcán: apagad Tesla” y dejó sin suministro eléctrico la fábrica durante varios días, lo que provocó a la empresa automovilística de Elon Musk pérdidas económicas superiores a los 90 millones de euros, según declaró entonces uno de sus responsables.
Las investigaciones sobre todos estos actos han pasado a manos de la Fiscalía Federal de Alemania y se están investigando como delitos que ponen en peligro el funcionamiento del Estado alemán, es decir, como terrorismo. La policía y la Fiscalía federal alemana nunca conceden entrevistas ni hacen declaraciones sobre indagatorias en curso, pero según las respuestas dadas a los diputados del Partido Verde en febrero, hay cuatro investigaciones federales independientes abiertas sobre el Grupo Volcán, la más antigua se remonta a los ataques iniciales de 2011.
Por lo poco que están dispuestas a revelar, las autoridades parecen desconocer quiénes son realmente los miembros del Grupo Volcán. No se ha producido ni una sola detención relacionada con los ataques. Ha habido otros casos sospechosos: en 2023, dos personas vinculadas al entorno de la izquierda radical fueron detenidas con material inflamable cerca de unas vías ferroviarias en el distrito berlinés de Adlershof, pero el juicio posterior terminó cuando un juez concluyó que el Estado no tenía pruebas sólidas contra ellas. Por lo demás, la respuesta de las autoridades ha parecido amplia y especulativa: el 24 de marzo, unos 500 agentes registraron 14 propiedades vinculadas a la izquierda berlinesa en relación con un ataque incendiario contra dos torres de alta tensión en septiembre de 2025 que dejó sin electricidad a un parque tecnológico —de nuevo en el distrito de Adlershof— donde tienen su sede varias empresas de ciberseguridad.
Sin embargo, aunque el comunicado de reivindicación publicado unos días después se parecía a los anteriores en estilo e ideología, no estaba firmado por nadie que se identificara como “Grupo Volcán”. En cualquier caso, no se emitió ninguna orden de detención.
Según el profesor especializado en radicalismo político en la Universidad Federal de Ciencias Administrativas Aplicadas de Alemania, Hendrik Hansen, hay buenas razones para ello. “Simplemente no hay indicios materiales sobre quiénes son los autores”, afirma, aunque eso en sí mismo es revelador: “No es tan fácil cometer un delito sin dejar rastros de ADN en la escena”.
Felix Neumann, investigador sobre radicalismo y prevención del terrorismo en la Fundación Konrad Adenauer, un think tank vinculado a la conservadora Unión Demócrata Cristiana (CDU), también cree que los responsables del apagón de Berlín eran personas altamente cualificadas. “Sabían desde el principio lo que estaban haciendo, y esa es la gran diferencia con, por ejemplo, los radicales de extrema derecha o islamistas, entre quienes a menudo nos encontramos con autores que hacen este tipo de cosas por primera vez y no se informan lo suficiente sobre cómo llevarlas a cabo”, afirma.
Llamada a la acción
Gran parte de estos conocimientos “profesionales” están disponibles en Internet. Incluso sin adentrarse en la dark web, se pueden encontrar manuales que explican no solo cómo fabricar artefactos incendiarios rudimentarios con piezas baratas disponibles en tiendas de electrónica y ferreterías, sino también cómo evitar ser captado por las cámaras de seguridad, cómo comprar y pasar herramientas y materiales sin llamar la atención, cómo sincronizar los ataques e incluso cómo quitarse los guantes de plástico sin dejar ADN en ellos. Estos manuales también ofrecen consejos sobre cómo reclutar a personas con el perfil psicológico idóneo y cómo organizar células de tan solo dos o tres personas en estructuras que ofrezcan un alto grado de autonomía con un mínimo de jerarquía.
Dado lo pública que es toda esta información, Hansen sostiene que es imposible saber siquiera si los miembros de estos grupos se conocen personalmente. Podría ocurrir simplemente que alguien tomara la etiqueta (la marca Grupo Volcán) y decidiera hacer algo parecido.
Hasta ahí el quién. En cuanto al porqué, la reivindicación del apagón publicada en Internet el 4 de enero se parecía menos a un manifiesto que a una entrada de blog inconexa, llena de resentimiento y saltos argumentales. Planteaba tantas preguntas como respuestas ofrecía, aunque sí dejaba clara una idea: “Ya no podemos permitirnos a los ricos”, comenzaba. “Podemos provocar el fin del estilo de vida imperial. Podemos detener el saqueo de la Tierra”.
Continuaba declarando: “El ataque a la central de gas es un acto de autodefensa y solidaridad internacional con todos aquellos que defienden la Tierra y la vida misma”. A diferencia de quienes llevaron a cabo los ataques originales en 2011, cuya queja se centraba en la participación de Alemania en guerras en el extranjero, este Grupo Volcán tenía claramente una vocación ecologista.
La declaración de enero enumeraba actos de violencia ecológica que el sistema capitalista inflige al planeta (“aquellos que nos llaman ecoterroristas son ellos mismos los verdaderos ecoterroristas”), y mencionaba el daño que la tecnología digital ha infligido a nuestras vidas: “Estamos al servicio de nuestra propia vigilancia, y esta es total… Nos alimentamos de las imágenes coloridas que las máquinas filtran y ponen ante nosotros, mientras contemplamos nuestras pantallas en soledad y alienados”.
Lo que le faltaba a la declaración era cualquier intento de formular un conjunto de principios. Pero definir una ideología no era realmente el objetivo del texto; su propósito era una llamada a la acción: “Sabotear la infraestructura de combustibles fósiles, las redes eléctricas, el saqueo de la Tierra, los centros de servidores, la industria de los chips y sus operaciones de suministro, destruir las condiciones previas de la industria automovilística y la industria armamentística, de los viajes en avión, las villas, los yates, las naves espaciales y los campos de golf. Destruyamos las comisarías de policía, garantes de las relaciones patriarcales de propiedad, porque la Tierra se pertenece a sí misma y a todas sus criaturas, y no a las personas; o mejor dicho, solo a los hombres, y ni siquiera a los más ricos entre ellos”.

Voluntarios ofrecen comida junto a algunas camas en un puesto de socorro de la oficina del distrito de Steglitz-Zehlendorf durante el apagón de enero de 2026 en Berlín. Ralf Hirschberger / Getty Images
La policía de Berlín dijo que la declaración era auténtica y tanto el Gobierno federal como el de Berlín se apresuraron a demostrar con qué vigor perseguían el radicalismo de izquierda. El ministro federal del Interior, Alexander Dobrindt, ofreció una recompensa de un millón de euros por cualquier información que condujera a la detención de los autores del apagón.
Esta cantidad era 10 veces mayor que la recompensa ofrecida para capturar al hombre que mató a 13 personas en el atentado del mercado navideño berlinés de 2016, y unas 40 veces mayor que la recompensa pagada por la detención de una de las últimas integrantes del grupo Baader-Meinhof, Daniela Klette, que fue detenida en la ciudad en 2024, tras más de tres décadas fugada. El grupo, también conocido como Fracción del Ejército Rojo (RAF), fue apoyado y entrenado en su momento por la Stasi de Alemania Oriental y llevó a cabo más de 30 asesinatos y secuestros. A pesar de haberse disuelto a finales de la década de 1990, sigue proyectando una pesada sombra sobre la psique alemana y ya se ha invocado en el debate sobre el clima: en 2022, Dobrindt, entonces en la oposición, exigió castigos más duros para los manifestantes por el clima que bloqueaban las carreteras, y declaró al periódico Bild am Sonntag: “Hay que impedir el surgimiento de una RAF climática”.
Según Hansen, este tipo de comparaciones con los activistas climáticos son descabelladas: “Solo desde el punto de vista ideológico, la RAF era marxista-leninista-maoísta y defendía la idea de que la revolución desembocaría en una dictadura del proletariado”. Según él, se trata de una corriente ideológica “completamente distinta” porque, además, la RAF cometió “asesinatos selectivos con armas de fuego y atentados con bomba”. “Nada de eso lo hemos visto en los ataques recientes”, añade. Sin embargo, tras el apagón de Berlín, el Gobierno estaba convencido de que había ecoterroristas de izquierda sueltos.
Teorías conspirativas
Pero los internautas no estaban tan convencidos. Los lingüistas analizaron el comunicado del Grupo Volcán y concluyeron que parte del alemán sonaba extraña. Señalaron errores ortográficos en nombres conocidos —JD Vance, el nombre del vicepresidente de Estados Unidos, por ejemplo, aparecía escrito como “Vans”—. En Reddit empezaron a proliferar hilos en los que usuarios analizaban el texto mediante programas de traducción con IA y aseguraban que originalmente había sido escrito en ruso.
Todo esto puede parecer poco probable, pero, un mes después, el Gobierno federal admitió que los investigadores no habían descartado ninguna hipótesis. “Las fuerzas de seguridad federales suelen investigar todas las pistas… incluidas aquellas que apuntan a otros posibles grupos de autores, así como a la posible autoría rusa de la carta de confesión”, declaró el Ministerio del Interior, en respuesta a las preguntas presentadas por los diputados del Partido Verde.
“Nos parece indignante que, después de 15 años, no hayan avanzado ni un paso en la identificación de estas personas”, lamenta la diputada ecologista Irene Mihalic. “Las autoridades encargadas deberían tener poderes suficientes para arrojar algo de luz sobre el caso. Resulta llamativo que sepan tan poco”.
La opinión pública se ha mostrado hostil hacia el Grupo Volcán, sobre todo porque, en los días posteriores al apagón de enero, los informativos de la televisión local se llenaron de imágenes de jubilados obligados a acampar en refugios de emergencia. La izquierda berlinesa, un caleidoscopio de diferentes corrientes políticas, también se mostró prácticamente unánime a la hora de desmarcarse del grupo. “Históricamente, nunca se ve a un grupo clandestino de izquierdas sin algún tipo de entorno de apoyo visible. Pero aquí, absolutamente nadie en la izquierda los defiende. Eso es inusual”, explica el periodista e historiador berlinés Nathaniel Flakin.
Inspirados por los rumores sobre Rusia, algunos llegaron a la conclusión de que quienes estaban detrás del Grupo Volcán ni siquiera eran de izquierdas. Dos meses antes del apagón de Berlín, los medios alemanes habían informado de que Alternativa para Alemania (AfD), el partido de extrema derecha al que a menudo se acusa de simpatizar con Rusia, había presentado una sospechosa e intensa batería de preguntas al Gobierno sobre las infraestructuras críticas del país. ¿Podría tratarse de un ataque de falsa bandera llevado a cabo por agentes rusos con la ayuda del principal partido de extrema derecha alemana? El diputado de AfD en el Parlamento regional de Berlín Frank-Christian Hansel, dice que la idea es “ridícula”.
Fueron precisamente las preguntas formuladas por Hansel en 2024 sobre la seguridad de la red eléctrica berlinesa las que desencadenaron una pequeña oleada de teorías conspirativas en internet tras el apagón. “Era mi deber como parlamentario preguntar por la resiliencia de la red. Es absurdo culparnos a nosotros, que queremos que [Berlín] sea resiliente, y sugerir que pretendíamos facilitar información sobre cómo atacar”.
El Grupo Volcán pareció ofendido ante la idea de que pudieran ser rusos o sus agentes de extrema derecha en Alemania. El 8 de enero apareció una segunda declaración en Indymedia, en la que se afirmaba que tales especulaciones se habrían tratado en el pasado como “basura irrelevante”, pero que ahora “las noticias falsas, los informes generados por IA y los ataques híbridos han causado incertidumbre”.
Confusión
En ese momento, la situación ya habría empezado a volverse realmente confusa. El 7 de enero apareció en Indymedia un comunicado que afirmaba proceder de otro Grupo Volcán. El texto, titulado “Contra la apropiación y las falsas continuidades”, aseguraba haber sido escrito por el grupo responsable de los ataques originales de 2011 y se desmarcaba del apagón de este año. Según sus autores, su conflicto entonces era con la implicación de Alemania en guerras en el extranjero y con la industria armamentística del país. Nunca habrían intentado provocar un apagón: “Queríamos una interrupción, no una escalada. La alteración de la normalidad, no su destrucción”.
El Grupo Volcán del 3 de enero se molestó y respondió con sarcasmo que la declaración anterior era obviamente falsa, posiblemente difundida por “agencias de inteligencia y/o fascistas”. Señaló que probablemente “quería desorientar, sembrar confusión y división”.
No obstante, también había un extraño tono de remordimiento en esta última declaración y daba la impresión de que todo el asunto se les había ido completamente de las manos. El Grupo Volcán 3 de enero parecía lamentar haber causado una perturbación tan importante en la vida de las personas. El objetivo había sido la economía de los combustibles fósiles, afirmaron, no la población de Berlín, y su intención había sido simplemente desconectar de la red una central que quemaba combustibles fósiles. “El alcance del impacto sobre unos 40.000 hogares particulares ni era intencionado ni se había previsto”, afirmaban. “Con lo que sabemos ahora sobre las consecuencias para determinados sectores de la población, habríamos llevado a cabo la acción en una época del año más cálida”, escribieron, en un tono casi avergonzado.
En otras palabras, parecía que todo había sido un gran error. “Bueno, claro”, pensó el veterano del movimiento climático de izquierdas de Berlín Tadzio Müller. “Este acto era indefendible”, me dice. Se enteró del apagón al día siguiente, mientras volvía en tren a Berlín. “Oí ‘apagón’, oí ‘ataque incendiario’, y pensé: ‘Por favor, no, por favor, no’… y entonces escuché ‘Grupo Volcán’. Y pensé: ‘Joder”.
¿Una fórmula legítima?
Cuando leyó la confesión inicial del Grupo Volcán, Müller también sintió que había algo que no cuadraba en el lenguaje, pero no cree que esto signifique necesariamente que el apagón fuera orquestado por agentes rusos. “Creo que fue una acción de la izquierda, y creo que salió terriblemente mal”, afirma el cofundador del grupo de acción ecologista Ende Gelände, la más militante de las organizaciones de protesta climática de Alemania.
Al reunirme con él en su piso repleto de libros mientras tomamos una infusión, comprendo por qué Müller se ha convertido en una figura destacada: tiene una presencia intensa y locuaz, es un hombre de 49 años con aspecto atlético y una energía hiperactiva. Su conversación es un torrente agitado de historias de guerra de tres décadas de lucha, salpicadas de alusiones a un siglo de pensadores de izquierda y anarquistas. Y tiene las cicatrices que lo demuestran: Müller ha sido golpeado por la policía en Praga y ha llorado de rabia e impotencia junto a la valla de un aeródromo militar británico mientras los aviones despegaban para sumarse al bombardeo de Irak a principios de la década de 2000.
Llevo años diciendo que tenemos que pensar en la posibilidad de algún tipo de sabotaje que pueda legitimarse públicamente
Müller, autor del libro Entre el sabotaje pacífico y el colapso: cómo volví a amar el futuro, sobre su viaje a través del duelo climático hacia la acción renovada, insiste en que el Grupo Volcán no está compuesto únicamente por activistas climáticos frustrados, personas que solían formar parte de grupos como Fridays for Future, Extinction Rebellion, Just Stop Oil o Last Generation y que luego decidieron volverse más radicales, sino que sitúa al grupo dentro de una corriente concreta de la izquierda radical denominada anarcoprimitivismo, que lleva mucho tiempo abogando por desestabilizar la economía mediante el sabotaje físico y que, en los últimos años, ha adoptado un tono más ecoactivista. Hansen parece estar de acuerdo: puede que sean activistas climáticos descontentos, me dice por teléfono, pero cree que “es más probable que sean personas del ámbito de la izquierda radical”.
Müller dice que nunca se ha planteado actuar en la clandestinidad, pero cree que existe un espacio fértil entre lo legal y lo legítimo. “Llevo años diciendo que tenemos que pensar en la posibilidad de algún tipo de sabotaje que pueda legitimarse públicamente”, afirma. “Por ejemplo, cortar unas vías para bloquear un tren que transporta residuos nucleares. Claro que es ilegal, pero el país, hasta cierto punto, acepta que se trata de una forma legítima de protesta”.
La zona gris legal de la desobediencia civil es precisamente el espacio que ocupa Ende Gelände (el final del camino), un movimiento que combina ecologismo y anticapitalismo. Desde 2024, la agencia de inteligencia interna alemana ha calificado al grupo de “sospechoso” de radicalismo de izquierda (en lugar de radicalismo de izquierda real, como el Grupo Volcán). Ende Gelände organizó varias intervenciones masivas a finales de la década de 2010, en las que miles de personas ocuparon las minas de carbón de Alemania. A diferencia de los Grupos Volcán, las acciones de Ende Gelände son públicas y a veces involucran a miles de manifestantes, ya que son capaces de atraer a muchos de sus activistas del movimiento climático en general.
A pesar de que también tiene como objetivo las centrales eléctricas de combustibles fósiles, Ende Gelände se abstuvo de manera notable de expresar su apoyo al Grupo Volcán. Pero una activista de Ende Gelände está dispuesta a mostrar al menos cierta simpatía por la causa, si no un respaldo al método. Scully, que no quiere dar su nombre completo y que ha participado en varias acciones de Ende Gelände, se muestra ambivalente sobre el acto de sabotaje. “No diría que me alegré”, me dice por teléfono cuando le pregunto qué le pareció el apagón. “Pero soy partidaria de debatir si queremos llevar a cabo sabotajes y cómo llevarlo a cabo”.
Scully cree que el caos del 3 de enero no habría ocurrido si el movimiento climático “oficial” hubiera ofrecido un espacio para debatir esas tácticas dentro de sus filas, de modo que los planes malos se descartaran antes de llevarse a cabo. Está convencida de que la amenaza de la acción militante directa tiene cabida en la lucha por la justicia climática. Al igual que el grupo anarquista Kommando Angry Birds, al que se atribuyen al menos siete ataques contra el sistema ferroviario alemán desde 2023 e inspirado en el discurso de Nelson Mandela sobre los actos de sabotaje contra infraestructuras críticas, Scully establece una comparación con el movimiento antirracista. “Es el argumento clásico: Martin Luther King no habría tenido tanto éxito sin Malcolm X”.
Traducción de Emma Reverter