El título de esta columna, ahora que vivimos tiempos de efervescencia mundialista, nos hace plantearnos esa pregunta para saber que, por mucho, podemos lograr las metas que nos trazamos con voluntad, trabajo, esfuerzo, pero sobre todo con sacrificio y amor.
Hace un par de días, por ejemplo, el seleccionado nacional tuvo un desempeño impecable y categórico. Había que hacer un partido perfecto y, por mucho, logró imponerse a la selección de Ecuador con una exhibición que quedará para los anales de la historia deportiva. Así lo decretó un grupo de jugadores que se han entregado en cuerpo y alma. Han encontrado, podemos decirlo así, el hilo para actuar correctamente en su funcionamiento en los momentos decisivos.
Su contribución, de coraje y empuje, me recuerda mucho al proceso de transformación que ahora encabeza la presidenta constitucional de México, Claudia Sheinbaum.
A pesar de que son canchas totalmente distintas por la dinámica, podemos decir que el deporte, como la política, tiene, en esencia, una similitud si hablamos de que las metas se cumplen si aspiras a conquistar la cima más alta. En el proceso de transformación, ahora que vemos que es posible lo imposible, distinguimos con mucha claridad que todo aquello que anhelamos hoy se cumple porque hay un fin colectivo alrededor de un entorno donde las condiciones son propicias.
De hecho, el equipo negociador del T–MEC, sabemos de sobra, trabaja comprometidamente para alcanzar un acuerdo histórico entre los gobiernos de Canadá y Estados Unidos. Antes de entrar en más detalles, por ejemplo, debemos decir que ha sido decidida la insistencia para que todo esto tenga mucho sentido ahora que entramos a una fase de revisión y evaluación para ver hasta dónde se extiende este pacto de unidad tripartito.
Podemos decir, no sé si de manera oficial o no, que se trata de la revisión de la tercera ronda para observar y analizar los aspectos técnicos que, meses más tarde, son los que pueden llevarnos a signar un acuerdo que rompa todos los paradigmas.
Quienes están participando, lo sabemos, han establecido un rumbo o, mejor dicho, se han decretado tiempos a los que concretamente puede llegar el tratado comercial.
Hace un par de días, por ejemplo, los funcionarios que están llevando a cabo esta tarea nos explicaron con detalle que hay muchos escenarios que pueden llegar a darse. Eso, días o semanas más tarde, se sabrá con mayor precisión. Mientras eso suceda, como primer paso, es continuar con las reuniones de primer nivel. Claramente, desde luego, es muy visible que estos encuentros, que tienen una dosis muy alta de fortalecimiento diplomático, son mecanismos para ajustar tiempos, pero también pormenores técnicos para ver hasta dónde existe esa voluntad para que la transición de los cambios se concrete de la mejor forma para nuestra causa.
Recordemos que, como tal, una de las trascendentales consignas es mantener y afianzar un tratado comercial con nuestros principales socios. Son desafíos, mayormente por las tensiones que hemos vivido con el vecino país, pero sobre todo por el amago del presidente Donald Trump. Eso, por la naturaleza de los hechos, sabemos que significa meter presión para priorizar los intereses de un país como Estados Unidos. De hecho, no podemos negar que hemos pasado por momentos de incertidumbre que nuestro equipo negociador ha sabido inhibir con madurez y experiencia. Inclusive, la principal apuesta de nuestro gobierno, así lo ha dejado claro, es el diálogo como la principal herramienta. Se ha actuado, como ha pedido la presidenta, con la cabeza fría a fin de poder tener un equilibrio en las mesas de trabajo que, por cierto, están en suelo mexicano.
Los hechos recientes lo confirman: hemos logrado construir un ambiente de cooperación real con los países involucrados en estas mesas de revisión, especialmente con los funcionarios del Departamento de Comercio de Estados Unidos.
Sin perder de vista lo esencial, se han fortalecido los diálogos que, en cualquier escenario, siguen siendo la herramienta más valiosa para alcanzar un acuerdo que permita extender el tratado hasta 2042.
Si ese camino prospera, las revisiones conjuntas con los socios quedarían programadas para 2032 y 2038, es decir, cada seis años. En caso de no llegar a un consenso, se abriría la posibilidad de revisiones anuales con vigencia hasta 2042.
Y un tercer escenario, igualmente relevante, contempla ampliar el T-MEC por dieciséis años. Cada alternativa tiene sus propios matices y beneficios. Lo central, en cualquiera de ellas, es asegurar cadenas de suministro sólidas, mayores oportunidades económicas y el fortalecimiento de reglas que resultan cruciales para reducir la carga arancelaria, un tema que también forma parte de la agenda con el Departamento de Comercio estadounidense.
Después de todo lo que se ha enfrentado y con la enorme responsabilidad que las autoridades han sabido convertir en resultados concretos, es posible anticipar un acuerdo de gran alcance que, sin duda, favorezca a México. Un acuerdo que impulse a la industria, fortalezca la innovación tecnológica y amplíe la generación de empleos, elementos indispensables para seguir elevando la calidad de vida de la población.