Para las mexicanas, y no solo para quienes nos dedicamos a la política, el 3 de julio es una fecha histórica y profundamente significativa. Recordamos el día en que las mujeres ejercieron por primera vez su derecho al voto en México, una conquista tan reciente que, en ese entonces, mi mamá ni siquiera había nacido.
Aunque aquel hito de 1955 suele evocarse en los discursos oficiales con una solemnidad abstracta y casi idílica, para nosotras es una memoria viva y un recordatorio de nuestra fuerza democrática. Para quienes conocemos el sistema desde adentro, la efeméride no se siente como una fiesta, sino como un recordatorio de las batallas que seguimos librando día a día.
Desde mi experiencia como mujer mexicana dedicada a la política, tras haber aparecido en la boleta electoral en tres ocasiones distintas, sé exactamente lo que significa caminar las calles.
Conozco el peso de sostenerle la mirada a las estructuras partidistas, machistas y misóginas, y de enfrentar a un sistema que se resiste con uñas y dientes a ceder el poder. En cada uno de esos procesos he constatado que la paridad en el papel es una simulación si no se acompaña de un piso parejo en la realidad libre de violencia política de género.
Competir en condiciones de igualdad es imposible cuando los recursos se distribuyen bajo lógicas patriarcales y cuando el tiempo disponible está fragmentado por las históricas cargas que el entorno sigue asignando casi exclusivamente a nuestro género.
El obstáculo más descarnado no es la desigualdad de recursos, es la violencia política en razón de género. Vivir las elecciones en México siendo candidata es aprender a convivir con la hostilidad.
Se vive bajo el asedio de campañas de difamación que ignoran las propuestas para atacar la vida privada, descalificaciones que nos reducen sino estamos bajo el “cobijo” de liderazgos masculinos y amenazas veladas o explícitas en el territorio y en el mundo digital.
La contienda electoral se ha convertido en un entorno de alto riesgo donde el costo de la participación política se paga con la paz mental e incluso con la propia integridad física. La democracia no puede madurar si el precio de postularse es resistir la violencia.
A más de seis décadas de aquellas primeras boletas, la deuda histórica sigue vigente. No necesitamos más conmemoraciones románticas, sino garantías reales de seguridad, justicia y equidad sustantiva en cada rincón del país.
Juntas y juntos impulsemos un entorno político limpio de violencia, donde competir no signifique arriesgar la vida y donde el piso parejo deje de ser una utopía legislativa para convertirse en una realidad cotidiana para todas.
Jennifer Islas. Política y conferencista.
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