La que perdura
La responsabilidad de una generación no concluye en el ámbito de su propia familia. Aunque solemos pensar en la herencia como aquello que dejamos a nuestros hijos o a nuestros nietos, la realidad es mucho más amplia. Cada generación recibe una sociedad construida por quienes la precedieron y, al mismo tiempo, participa diariamente en la construcción de aquella que recibirán quienes todavía no nacen.
Esa responsabilidad rara vez ocupa los titulares o forma parte de las conversaciones cotidianas. Sin embargo, está presente en casi todas las decisiones colectivas. Se manifiesta cuando fortalecemos o debilitamos las instituciones; cuando respetamos o ignoramos la ley; cuando defendemos la libertad o aceptamos la arbitrariedad; cuando prvilegiamos el diálogo o alimentamos la confrontación; cuando protegemos el patrimonio natural y cultural o permitimos su deterioro; cuando entendemos la educación como una inversión para el futuro o la reducimos a un asunto circunstancial.
Nada de ello pertenece exclusivamente a nuestra generación.
Lo recibimos de otras.
Y únicamente lo administramos durante un tiempo.
Tal vez una de las mayores equivocaciones del ser humano consiste en creer que es propietario absoluto del tiempo que le tocó vivir. En realidad, somos apenas custodios temporales de un patrimonio mucho más amplio que nosotros mismos. Las instituciones democráticas, las libertades públicas, el Estado de derecho, las universidades, los centros de investigación, las expresiones culturales, los espacios públicos, los recursos naturales y la memoria histórica no comenzaron con nuestra llegada ni concluirán cuando nosotros desaparezcamos. Cada generación recibe la responsabilidad de conservarlos, enriquecerlos y transmitirlos en mejores condiciones de las que encontró.
Ése es, quizá, uno de los significados más profundos de la civilización.
No consiste únicamente en el progreso científico o tecnológico. Tampoco puede medirse exclusivamente por el crecimiento económico o por el desarrollo material. Una sociedad verdaderamente civilizada es aquella que comprende que cada generación tiene obligaciones con las anteriores, por gratitud hacia lo recibido, y con las futuras, por responsabilidad hacia lo que todavía está por venir.
Con frecuencia admiramos las grandes obras que han llegado hasta nuestros días. Monumentos, universidades, bibliotecas, hospitales, instituciones culturales o avances científicos que sobreviven al paso del tiempo. Sin embargo, pocas veces pensamos que casi ninguno de ellos fue construido para beneficio exclusivo de quienes los impulsaron. Fueron concebidos con la mirada puesta en personas que ni siquiera habían nacido. Quienes levantaron esas obras entendieron que la verdadera trascendencia no consiste en disfrutar únicamente de los frutos del presente, sino en sembrar oportunidades para el porvenir.
Lo mismo ocurre con las instituciones. La democracia, la división de poderes, la libertad de expresión, el respeto a los derechos humanos, la independencia judicial o la autonomía de las universidades no son conquistas definitivas. Cada generación debe volver a defenderlas, fortalecerlas y adaptarlas a los desafíos de su tiempo. Cuando se descuidan, se deterioran lentamente; cuando se fortalecen, se convierten en una herencia de incalculable valor para quienes habrán de sucedernos.
Algo semejante ocurre con la naturaleza. Durante demasiado tiempo la humanidad actuó como si los recursos del planeta fueran inagotables. Hoy sabemos que no es así. Bosques, ríos, mares, especies animales y vegetales, calidad del aire y disponibilidad de agua forman parte de un patrimonio que no nos pertenece exclusivamente. Somos la primera generación que comprende con claridad las consecuencias de su deterioro y, probablemente, la última que todavía tiene la posibilidad de corregir buena parte del daño causado. Cuidar el entorno natural no responde únicamente a una preocupación ambiental; constituye un acto de responsabilidad hacia quienes algún día habrán de vivir donde hoy vivimos nosotros.
Pero existe una herencia todavía más delicada.
La confianza.
Las sociedades prosperan cuando las personas pueden confiar unas en otras. Confían en que la palabra tendrá valor, en que la ley se aplicará con justicia, en que las instituciones cumplirán su función y en que el esfuerzo honesto encontrará oportunidades para desarrollarse. Esa confianza no surge espontáneamente. Se construye lentamente y puede destruirse con enorme rapidez.
Por eso cada acto cotidiano posee una dimensión mucho mayor de la que imaginamos. Cuando una persona actúa con integridad, fortalece un poco esa confianza colectiva. Cuando otro recurre al engaño, al abuso o a la corrupción, contribuye a debilitarla. Ninguna conducta permanece aislada. Todas terminan influyendo, en alguna medida, sobre el ambiente moral de la comunidad.
Quizá por ello la herencia más importante no sea aquello que dejamos físicamente a quienes vendrán después, sino el tipo de sociedad que contribuimos a construir mientras nos correspondió formar parte de ella.
(Continuará)
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