El dilema del agua en los tradicionales arrozales
Mientras camina por los bancales de su cultivo, I Putu Partayasa comprueba con preocupación la escasez de humedad en la tierra. “En la estación seca tenemos un problema grande”, lamenta este agricultor de 52 años, quien recuerda que hace quince años el suministro de agua era constante durante todo el año.
Parta atribuye esta transformación al trasvase de recursos hacia los enclaves turísticos situados en las zonas más bajas. A diferencia de los grandes complejos, este agricultor pertenece a un subak, la cooperativa tradicional encargada de gestionar el riego desde el siglo IX mediante asambleas comunitarias y vínculos espirituales con la naturaleza.
Sin embargo, este modelo milenario se encuentra bajo mínimos debido a la presión urbanística. Datos de la agencia nacional de tierras indican que la isla ha perdido más de 6.500 hectáreas de arrozales en el último lustro, lo que representa una caída superior al 9% en la superficie agrícola.
El impacto desmedido del sector turístico
En el sur de la isla, el contraste es absoluto. Áreas como Canggu se han transformado por completo para albergar complejos hoteleros, espacios de coworking e infraestructuras de ocio destinadas a los millones de visitantes que recibe la región anualmente.
Las cifras de afluencia superan con creces a la población local, situándose en más de 16 millones de turistas durante 2024. Según estimaciones de la Fundación IDEP, más del 65% del agua dulce de Bali se destina actualmente a cubrir las necesidades del sector turístico.
El consumo diario por visitante oscila entre 2.000 y 4.000 litros, una cantidad que contrasta drásticamente con los 30 a 50 litros que consume de media un ciudadano balinés. Esta sobredemanda ha provocado que los acuíferos subterráneos sufran una sobreexplotación severa.
Pozos salobres y escasez en los hogares
La intrusión marina en los acuíferos costeros afecta ya a seis de los nueve distritos de la isla, volviendo el agua salobre. Familias locales como la de Kadek Siska sufren restricciones severas en el suministro público, recibiendo apenas una hora de agua al día en los mejores casos.
Ante la falta de recursos en las tuberías, los vecinos recurren a la compra de camiones cisterna. Un suministro de 5.000 litros llega a costar unas 350.000 rupias indonesias, obligando a los hogares a destinar hasta el 10% de sus ingresos exclusivamente al abastecimiento hídrico.
En paralelo, complejos turísticos de lujo de la misma zona reciben de forma continuada varios camiones cisterna al día para mantener sus instalaciones, alcanzando un volumen diario equivalente al consumo anual de una familia local.
Un negocio desregulado y peticiones de moratoria
Investigaciones de organizaciones locales señalan la existencia de unas 10.000 empresas de agua en la isla, de las cuales la mitad operaría de forma irregular o sin los permisos comerciales obligatorios para la extracción y venta de aguas subterráneas.
Ante esta crisis hídrica y ambiental, voces institucionales como la senadora Niluh Djelantik reclaman una moratoria en la construcción hotelera y un control más riguroso de la normativa. “La construcción de un hotel requiere abastecer de agua a miles de personas”, advierte.
Mientras tanto, figuras tradicionales como el sacerdote Rudi Pak se niegan a vender sus tierras ancestrales a los promotores inmobiliarios. Familias enteras resisten con el objetivo de preservar el paisaje verde para las próximas generaciones, protegiendo el legado natural frente al avance del hormigón.
