El ocaso del referente socialdemócrata
Durante la época del primer ministro Olof Palme en la década de los ochenta, el modelo escandinavo se consolidó como el estandarte mundial del Estado del bienestar, fundamentado en la igualdad social, la redistribución de la riqueza y unos servicios públicos de carácter universal.
Sin embargo, en la actualidad apenas quedan vestigios de aquel mito igualitario. El Estado mantiene la financiación íntegra, pero permite que entidades privadas administren sectores esenciales y obtengan beneficios económicos sin apenas restricciones regulatorias.
Ante este escenario, las formaciones de izquierda y socialdemócrata concurren a los comicios de septiembre con la firme promesa de prohibir que las empresas privadas se lucren a costa de los servicios públicos, una situación especialmente visible en la educación y la sanidad.
Auge de los superricos y lobby corporativo
La brecha entre rentas altas y bajas se ha ensanchado notablemente en los últimos 25 años, periodo en el cual el número de multimillonarios escaló de 28 a 542. Paralelamente, se han suprimido figuras tributarias clave como el impuesto sobre el patrimonio y el de sucesiones.
El periodista económico Andreas Cervenka califica al país escandinavo en su obra Girig-Sverige como “en un paraíso para los superricos”, argumentando que la privatización masiva ha abierto vías sin precedentes para amasar fortunas a partir de los recursos públicos.
Åsa Plesner, investigadora de la Universidad de Estocolmo, explica a elDiario.es que “la privatización y las desigualdades territoriales han debilitado el funcionamiento del modelo de bienestar universal sueco”, un proceso impulsado inicialmente por motivos ideológicos que los sucesivos gobiernos terminaron por consolidar debido a la intensa presión de los grandes lobbies corporativos.
Oligarcas en las aulas y crisis sanitaria
El sector educativo destaca como uno de los más mercantilizados desde la introducción de los centros independientes (friskola) en los noventa. Las críticas apuntan a un incremento de la segregación socioeconómica, donde las familias con mayores recursos eligen activamente los centros mientras los alumnos más vulnerables permanecen en la red pública.
Por su parte, la sanidad pública afronta una presión asfixiante marcada por la escasez de recursos y la fuga de profesionales hacia las zonas urbanas más pudientes. La situación ha llevado a que aproximadamente el 40% de los centros sanitarios pertenezcan ya al ámbito privado.
“Los profesionales sanitarios en Suecia ya no disponen del tiempo necesario para proporcionar una atención médica segura”, advierte Sophia Godau, presidenta del sindicato Vårdförbundets, al denunciar problemas estructurales acumulados durante los últimos diez años.
Repercusiones políticas y descontento social
El desgaste progresivo de los servicios públicos ha alimentado un malestar ciudadano que capitalizan formaciones como los Demócratas de Suecia, a pesar de que su estrategia no contempla revertir las privatizaciones que originaron la crisis actual.
Mientras los socialdemócratas lideran las encuestas con la promesa de recuperar el control sobre el bienestar social, los expertos advierten que cualquier proceso de reversión requerirá de un enfoque gradual que tomará años en materializarse por completo.
