Las contradicciones estructurales de una economía periférica
El orden económico internacional se sustenta históricamente sobre una división productiva que perpetúa las desigualdades entre las naciones. Desde las aportaciones teóricas del desarrollismo y el estructuralismo, economistas como Raúl Prebisch y Celso Furtado advirtieron sobre la brecha existente entre un centro industrial beneficiado por los términos del intercambio y una periferia agraria abocada al subdesarrollo. Esta dinámica se caracteriza por la dependencia comercial y el escaso valor añadido de las exportaciones primarias.
En el caso marroquí, aunque la estructura ha evolucionado más allá del sector primario —con una industria que aporta entre el 25% y el 30% del PIB y un sector servicios que ronda el 60%—, la economía sigue mostrando vulnerabilidades profundas. La dependencia del clima provoca una alta volatilidad en un crecimiento que promedia el 4,4% anual, mientras que la agricultura todavía absorbe al 40% de la población activa, evidiendo los límites de su proceso de industrialización periférica.
Macroproyectos faraónicos y la paradoja de los elefantes blancos
Para proyectar una imagen de dinamismo y atraer capital extranjero, las autoridades marroquíes han apostado históricamente por grandes infraestructuras. Ejemplos de ello son el puerto de Tánger Med, el futuro estadio Hassan II en Casablanca con vistas al Mundial de 2030, o la expansión de la red ferroviaria de alta velocidad. Este modelo combina una fuerte inversión pública con la búsqueda de legitimación política interna.
Sin embargo, la aplicación de estos recursos choca a menudo con el fenómeno de los denominados elefantes blancos, proyectos cuyo coste de mantenimiento supera con creces su utilidad real para la ciudadanía. Tal como señala el análisis, “uno de los rasgos característicos del modelo de desarrollo de Marruecos son las grandes infraestructuras y eventos internacionales. Muchos países han recorrido un camino similar. Los macroproyectos se piensan como palancas para modernizar la economía y atraer capital extranjero, pero este modelo tiene un riesgo notable”.
Malestar social y la crisis de expectativas de la juventud
La desconexión entre la ambición geoestratégica del Estado y las necesidades cotidianas de la población ha avivado la contestación ciudadana. Las movilizaciones sociales recientes reflejan el rechazo a un modelo que prioriza eventos internacionales y grandes obras mientras los servicios públicos fundamentales atraviesan una situación crítica. Episodios como la falta de recursos sanitarios adecuados han catalizado una profunda indignación popular ante la persistencia de las desigualdades territoriales y socioeconómicas.
A pesar de registrar tasas de inversión cercanas al 30% del PIB y mejoras en el ámbito educativo, el mercado laboral marroquí es incapaz de absorber a las nuevas generaciones. Actualmente, el 47% de los jóvenes se encuentra en situación de desempleo en un país donde el 41% de la población tiene menos de 25 años, consolidando un panorama desalentador que alimenta la desesperanza.
El dilema entre el ascenso global y la urgencia migratoria
Los defensores de las políticas oficiales sostienen que estas grandes apuestas económicas son pasos inevitables para emular el éxito de economías emergentes como China, Singapur o los Emiratos Árabes Unidos en las cadenas globales de valor. No obstante, la realidad social impone otros tiempos muy diferentes para la ciudadanía.
Ante la falta de perspectivas laborales y de bienestar material, una parte significativa de la juventud opta por la emigración como única salida viable. La estrategia estatal de posicionamiento internacional pierde efectividad cuando una parte sustancial de su población pierde la confianza en el porvenir dentro de sus propias fronteras.
