La esperada llegada de una continuación para el clásico cinematográfico de 1998 busca replicar el éxito de su predecesora mediante múltiples guiños y referencias nostálgicas. Sin embargo, en lugar de enriquecer la entrañable y hogareña historia original sobre las hermanas hechiceras, la producción opta por expandir un universo fantástico de forma insulsa y carente de sustancia. A pesar de la ambición de la premisa, el resultado final se queda corto y desprovee a la trama de su encanto inicial.
El argumento principal convoca nuevamente a las mujeres de la familia Owens para entrelazar a las nuevas generaciones con el terreno sobrenatural, profundizando en el legado de romances frustrados y tragedias místicas. No obstante, la dirección elegida desdibuja por completo la identidad propia del relato. En lugar de priorizar el desarrollo de sus queridos protagonistas, la trama se derrumba en presentar más detalles sobre los enigmas de las Owens.
Un despliegue de efectos visuales que diluye la profundidad emocional
Desde las capacidades místicas de Sally, interpretada nuevamente por Sandra Bullock, hasta la noción de un origen ancestral que unifica a la hermandad global, la secuela abandona su enfoque centrado en la sororidad. El resultado asemeja la producción a un derivado comercial de ficciones contemporáneas sobre hechicería, diluyendo la singularidad de la cinta primigenia entre efectos digitales económicos, argumentos simplificados y un ritmo cansado. Una combinación de elementos que resta brillo y profundidad emocional al relato.
Desde sus compases iniciales, la narrativa introduce un giro drástico al confirmar que la maldición sobre los hombres vinculados sentimentalmente a las hechiceras continúa latente. Este planteamiento debilita la sencillez con la que se abordó el conflicto en el largometraje original. Aunque se intenta dotar de mayor complejidad al trasfondo trágico, la idea se desvanece rápidamente para convertirse en un mero recurso argumental que justifica múltiples subtramas simultáneas.
Por un lado, el personaje de Sally adopta la drástica postura de reprimir por completo sus habilidades y prohibir cualquier mención a su herencia. Lejos de la magia cotidiana de la primera parte, ahora es capaz de borrar memorias con total naturalidad. El guion firmado por Akiva Goldsman prefiere optar por el absurdo de ocultar un peligro potencial antes que enfrentarlo. Así que la película empieza desde el absurdo.
La mitología fantástica desplaza a los vínculos familiares
Mientras que el largometraje de 1998 apostaba por muestras de poder sutiles e ingeniosas, la continuación eleva las apuestas de manera desmedida. No obstante, tras mostrar un despliegue intenso durante el primer tramo, la cinta se embarca en travesía transatlántica. Una además, sin interés o brillo.
Uno de los mayores tropiezos de esta entrega radica en transformar a las protagonistas en figuras ceremoniales y distantes. La incorporación de las jóvenes descendientes Antonia, encarnada por Maisie Williams, y Kylie, interpretada por Joely King, funciona fundamentalmente como un pretexto para justificar los desplazamientos geográficos del elenco principal, restándoles peso narrativo propio. Son más la excusa para que su madre y tía vayan de un lado a otro del mundo que personajes.
Con este cambio de enfoque, la obra pierde aquello que la hacía genuina: una historia donde la hechicería servía como herramienta para reflexionar sobre el duelo, la soledad, el miedo al afecto y la relación entre hermanas y la necesidad de encontrar un lugar dentro de una familia. Al anteponer los expedientes fantásticos y la mitología compleja por encima de las vivencias humanas, la película sacrifica por completo su riqueza sentimental.
Una caza del tesoro sin alma ni necesidad real de existir
A pesar de sus tropiezos, el filme logra destellos de su esencia original en contadas secuencias donde la matriarca Jet, interpretada por Dianne Wiest, reúne al clan familiar. Es precisamente en esos momentos cuando se evidencia la enorme distancia entre la magia cercana del pueblo pequeño y la cinta avanza de manera aburrida hacia una especie de caza del tesoro con fantasía pura incluida.
Tampoco aportan solidez las nuevas incorporaciones del reparto, como el académico interpretado por Lee Pace o la amenaza de un hechicero encarnado por Solly McLeod, los cuales carecen de verdadera relevancia dramática. Hacia un desenlace previsible y sensiblero, la producción confirma las sospechas del público seguidor: se trataba de un relato que no era indispensable llevar a la gran pantalla, con el que Prácticamente magia 2 debe cargar a lo largo de todo su metraje.
