Aunque el imaginario colectivo internacional la identifica de inmediato como la máxima embajada líquida de México, la margarita carga con una identidad compleja: es un coctel 100% mexicano, pero históricamente ajeno a la cultura de consumo tradicional de la capital del país, un territorio históricamente dominado por la cerveza, la caguama y los destilados derechos.
Una disputa de origen y el turismo extranjero
La geografía de su nacimiento es motivo de debate constante entre diversos puntos del norte y la costa mexicana. Mientras algunos historiadores y parroquianos sitúan su invención en la mítica cantina Hussong’s en Ensenada, otros se la atribuyen con firmeza al Bar Andaluz del Hotel Riviera. A estos sitios se suman leyendas que apuntan a Ciudad Juárez, Tijuana e incluso Acapulco. Sin embargo, más allá de la controversia fundacional, lo innegable es su impacto global.
Cada vez que el turismo internacional arriba a los destinos de playa nacionales como Cancún o Los Cabos, la demanda de este trago es constante y masiva. La magnitud de su consumo en el extranjero alcanza cifras colosales; de acuerdo con estimaciones del sector, si la cadena estadounidense Chili’s funcionara como un país independiente, se consolidaría como el tercer comprador de tequila a nivel mundial debido exclusivamente a la venta masiva de margaritas.
El desamor de la capital y las versiones licuadas
A pesar de su éxito internacional y turístico, la Ciudad de México nunca adoptó el coctel con fervor. Durante décadas, encontrar una preparación verdaderamente respetable en los establecimientos locales era una tarea excepcional. Para muchos, el referente indiscutible se limitaba a la fórmula tradicional del San Ángel Inn: un trago clásico, consistentemente frío y de factura impecable.
No obstante, la sencillez de su receta original —compuesta por tequila, licor de naranja y jugo de limón— dio pie a una deriva creativa que alejó al coctel de su pureza. Los restaurantes y bares optaron masivamente por interpretaciones comerciales de gran formato. Así surgieron variantes preparadas en licuadora con perfiles dulces y frutales como mango con chamoy, tamarindo, frutos rojos o jamaica, popularizadas bajo el concepto de margaritas frozen de a litro.
A este panorama se sumó la irrupción de la mezcalita durante el auge del agave silvestre a principios de siglo, un factor que redujo aún más el espacio para la margarita tradicional. Paralelamente, la escena local comenzó a recibir la influencia de variantes internacionales sumamente exitosas desarrolladas en California, tales como la Tommy’s Margarita creada por Julio Bermejo en San Francisco en 1980, y la Margarita Cadillac concebida en Los Ángeles en 1989.
La reivindicación de la coctelería clásica
En años recientes, la profesionalización de la industria y la llegada de tequilas con estándares de calidad superiores han transformado la percepción del trago. El crecimiento de los bares de inspiración mexicano-estadounidense en el extranjero y el auge de la coctelería de autor en México obligaron a los mixólogos a replantearse el valor del icónico coctel nacional.
Actualmente, tanto los creadores detrás de la barra como el público muestran un renovado interés por las bases de la coctelería tradicional. La premisa actual dicta que es indispensable dominar la versión clásica antes de aventurarse en la experimentación.
Un claro ejemplo de esta corriente es el trabajo de José Luis León, reconocido por llevar su innovadora “margarita al pastor” por el mundo bajo la bandera de Licorería Limantour. Recientemente, León consolidó esta apuesta al inaugurar Despacho Margarita, un espacio especializado que rinde tributo al coctel mediante diversas presentaciones —clásica, en formato reducido o estilo slushie— utilizando la variedad de agave que el cliente prefiera.
A esta tendencia se han sumado otros referentes de la escena capitalina como Bar Mauro, Ahorita, Berta, Kaito, Bar Básico y Café Margarita, integrando la bebida en posiciones estelares dentro de sus cartas. El desafío actual consiste en que este impulso trascienda los circuitos de coctelería especializada, logrando que las cantinas tradicionales y los restaurantes convencionales adopten también la margarita con el rigor, el respeto y la maestría que su historia demanda.
