Una ruptura fratricida que desangra el noroeste mexicano
El Cártel de Sinaloa, históricamente reconocido como una de las organizaciones criminales más influyentes a nivel global, se encuentra fracturado en dos bloques irreconciliables. Por un lado operan Los Chapitos, encabezados por Iván y Alfredo Guzmán, hijos del histórico narcotraficante Joaquín El Chapo Guzmán, quien actualmente purga cadena perpetua en Estados Unidos. En la contraparte se sitúa La Mayiza, el clan heredero de Ismael El Mayo Zambada y liderado ahora por Ismael Zambada Sicairos, conocido como el Mayito Flaco. Esta pugna interna se completa con una red de células armadas cuyas lealtades fluctúan según la conveniencia táctica y territorial.
La confrontación armada ha convertido el estado en un cementerio a cielo abierto. Balaceras cotidianas, comercios cerrados y ataques armados forman parte del paisaje diario. La gravedad de la crisis escaló a niveles insospechados cuando daños colaterales cobraron la vida de civiles inocentes, como el caso de un joven abogado de 24 años que fue acribillado por error en un fuego cruzado perpetrado por elementos de seguridad. En este contexto de zozobra permanente, la ciudadanía sobrevive atrapada entre el fuego cruzado de las facciones criminales y los propios operativos estatales.
El detonante: la caída y traición de un capo histórico
El estallido de este conflicto armado tiene su origen en una conspiración fraguada el 25 de julio de 2024. En esa fecha, el longevo capo Ismael El Mayo Zambada, quien presumía de eludir la captura durante décadas, fue citado bajo engaños en un rancho en las inmediaciones de Culiacán. El encuentro pretendía reunir a figuras políticas y del narcotráfico, pero resultó ser una emboscada ejecutada por sicarios leales a Los Chapitos. Tras el secuestro, Zambada fue trasladado contra su voluntad a territorio estadounidense en un vuelo donde también viajaba Joaquín Guzmán López, ahijado del propio capo.
Este movimiento táctico no tardó en provocar una respuesta violenta. A partir del 9 de septiembre de 2024, la facción agraviada lanzó una ofensiva a gran escala contra sus antiguos aliados, aprovechando el conocimiento detallado de sus rutas de trasiego y redes de blanqueo de capitales. Académicos y especialistas en seguridad coinciden en que la ausencia de un mando centralizado ha deteriorado gravemente el orden público en la región. Según palabras de Carlos Pérez Ricart, académico experto en crimen organizado, “la situación en Culiacán es superprecaria, porque se combinó el ingrediente del conflicto criminal con la falta de orden político, cruzada con la falta de legitimidad del gobierno, y atravesada por una fuerte crisis económica”.
Impacto humanitario y presión internacional sobre el gobierno
Las consecuencias humanas de esta guerra interna son alarmantes. Informes locales registran casi 4.000 muertes violentas y una cifra similar de personas desaparecidas a lo largo de dos años de confrontación continua, lo que arroja una media de cinco homicidios diarios. Asimismo, el impacto económico ha obligado a la clausura de unos 3.000 establecimientos comerciales debido a la extorsión y la inseguridad. Las organizaciones civiles denuncian que el miedo generalizado impide a las familias reportar las violaciones a los derechos humanos cometidas en medio de las hostilidades.
La crisis también ha penetrado en las altas esferas de la política nacional, atrayendo la atención y la presión directa de Washington. La situación del exgobernador Rubén Rocha Moya refleja la profunda vulnerabilidad institucional frente al crimen organizado. Investigaciones periodísticas y señalamientos de agencias estadounidenses vinculan a funcionarios locales con redes de protección al narcotráfico, lo que derivó en órdenes de captura internacionales que complican el margen de maniobra de la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum. Los expertos advierten que la presión extranjera continuará condicionando la agenda de seguridad interior en México.
Un horizonte incierto para el mapa criminal
A pesar de los operativos federales orientados a neutralizar a objetivos prioritarios, los analistas de seguridad pública dudan que la pacificación del territorio sea un objetivo cercano. Si bien algunos informes apuntan a un posible predominio táctico de la facción vinculada a los herederos de Zambada, esto no garantiza el cese de las hostilidades. Especialistas en la materia señalan que la fragmentación de los grandes cándidos suele generar un efecto multiplicador de la violencia.
En opinión del analista en seguridad pública David Saucedo, “se puede hablar del fin del cartel de Sinaloa, pero le puede ocurrir lo que sucedió con los Zetas o con la Familia Michoacana, que surjan cuatro o cinco organizaciones”. Mientras las autoridades debaten estrategias de contención y enfrentan la lupa internacional, las víctimas colaterales y sus familias continúan exigiendo justicia en un entorno donde la violencia estructural parece haber echado raíces profundas.
