El fantasma de la extrema derecha regresa al este alemán
El temor a que un movimiento fascista recupere el poder en el país germano ha dejado de ser una hipótesis lejana. Con un impactante 44% de los votos y una participación histórica, la formación antiinmigrantes Alternativa por Alemania (AfD) conquistó una victoria decisiva en el Parlamento regional de Sajonia-Anhalt. Si logran articular un gobierno, marcarán un hito sombrío: la primera vez desde la era nazi que la ultraderecha encabeza un estado alemán.
Crecí en Sajonia, una región profundamente vinculada a estos territorios orientales. Durante mi juventud a finales de los noventa, la presencia intimidante de extremistas formaba parte del paisaje cotidiano. El miedo a grupos de neonazis acechando fuera de las discotecas o las paradas de tranvía era una constante. Pese a la negación de los líderes políticos de la época, el germen ultra nunca desapareció del todo y encontró un terreno fértil para mutar con los años.
La fractura histórica entre el este y el oeste
Analizar este fenómeno requiere mirar más allá de la simplificación de culpar exclusivamente a una supuesta nostalgia autoritaria heredada de la RDA. Figuras de la academia occidental han señalado una supuesta incapacidad de los orientales para gestionar la democracia. Sin embargo, ignoran un dato fundamental: AfD fue concebida en Alemania occidental y gran parte de su cúpula directiva creció en estados federales del oeste.
Las tensiones actuales hunden sus raíces en una reunificación traumática gestionada con extrema condescendencia. Durante el proceso de absorción estatal impulsado por la agencia Treuhand, un 94% de las empresas de Alemania Oriental pasaron a manos de inversores externos o occidentales. La región experimentó la destrucción de su tejido empresarial y la pérdida de dos millones de puestos de trabajo, generando una herida económica y social que jamás cicatrizó por completo.
La estrategia de la atención frente al abandono
El auge de líderes ultras como Ulrich Siegmund en Sajonia-Anhalt se alimenta de esa frustración acumulada. Más allá de programas políticos complejos, el éxito de estas formaciones radica en validar el profundo malestar ciudadano mediante un mensaje directo: “Os escucho. Os veo. Sí, tenéis todo el derecho a estar descontentos”.
Mediante actos populares, cercanía fingida y la promesa de devolver el control a comunidades rurales despobladas, la ultraderecha ofrece un sentido artificial de pertenencia a quienes se sienten relegados por las élites tradicionales. Como señala la autora Carolin Würfel, un voto a favor de estas siglas encarna un peligro nacional que trasciende las reivindicaciones legítimas, resucitando dogmas de exclusión y superioridad que el país tardó décadas en enterrar tras una devastadora derrota bélica.
