El prolífico creador televisivo Ryan Murphy regresa a la pantalla con una nueva entrega de su exitosa antología criminal, titulada en esta ocasión Monstruo: La historia de Lizzie Borden. Lejos de limitarse a la simple crónica morbosa de sucesos truculentos, la ficción aborda uno de los expedientes más enigmáticos y oscuros de Norteamérica: el caso de la mujer que quedó grabada en el imaginario colectivo en la única sospechosa del brutal asesinato a hachazos de su padre, Andrew Borden.
Los crímenes, que también cobraron la vida de su madrastra Abby Borden, se perpetraron el 4 de agosto de 1892 en una residencia de Fall River, Massachusetts. Aquella tragedia desató un revuelo sin precedentes, marcado por debates sobre la salud mental de la acusada, tensiones familiares y un escrutinio mediático feroz. Lizzie afrontó un proceso judicial histórico que paralizó al país, condicionado notablemente por los prejuicios victorianos, donde se creía imposible que una mujer de su estatus social fuera capaz de cometer semejante atrocidad.
Pese a ser absuelta en los tribunales, la condena social la persiguió el resto de sus días, convirtiéndola en una leyenda urbana imperecedera. La serie examina minuciosamente este célebre caso criminal, combinando la precisión cronológica con un profundo análisis psicológico y ambiental. Para los entusiastas del género documental y dramático, existen tres motivos principales que posicionan a esta producción como un título imperdible.
Humanizar a la figura criminal en la ficción
Siguiendo la tónica habitual de la antología, la propuesta busca dotar de matices complejos a una figura históricamente caricaturizada. El peso de dar vida a la protagonista recae sobre Ella Beatty, reconocida por su labor previa en Feud: Capote’s Women, quien asume el complejo reto de otorgar profundidad a un icono delictivo al otro extremo, intentar que su versión sobre la asesina sea convincente.
La actriz sobresale al transitar con destreza entre la aparente fragilidad de una hija oprimida y la inquietante frialdad que se le atribuye a una presunta homicida. Dicha ambigüedad interpretativa constituye el núcleo de la obra, evitando ofrecer conclusiones simplistas y forzando a la audiencia a analizar cada gesto, mirada y silencio en busca de la verdad sobre lo ocurrido.
Un cuidado drama de época con sello de autor
A diferencia de entregas anteriores centradas en criminales más contemporáneos, esta temporada adentra a los espectadores en el siglo XIX, combinando rigor histórico y una dirección artística sobresaliente. La recreación de la época decimonónica destaca por el detallado diseño de vestuario y la asfixiante ambientación de la residencia familiar, esta última, convertida en un personaje más de la historia.
El uso de la iluminación natural y una paleta cromática sobria refuerzan la sensación de aislamiento y las estrictas normas sociales que regían entonces. Este despliegue estético no busca un simple lucimiento visual, sino contextualizar adecuadamente el clima de represión que pudo haber actuado como detonante de la tragedia.
Una narrativa que trasciende la violencia explícita
La estructura de los episodios desafía las convenciones del drama judicial tradicional al entrelazar los antecedentes del homicidio, el desarrollo del juicio y el impacto en la opinión pública. El libreto cuestiona de manera incisiva los sesgos victorianos en torno al género, la moral y la posición económica, subrayando cómo el prejuicio de que una persona de buena posición pudiera empuñar un hacha resultaba inconcebible para muchos.
Mediante la exposición de diversas teorías sin adoptar una postura dogmática, la obra convierte al espectador en un miembro más de un jurado virtual, encargado de ponderar las evidencias y contradicciones de un suceso mucho más, un relato en el que la línea entre la justicia y la impunidad es sumamente delgada.
