Un salto a la gran pantalla que desaprovecha su potencial de suspense
La adaptación cinematográfica titulada Verity. La sombra de un engaño afronta desde su concepción un desafío mayúsculo: sobreponerse al impacto comercial de la novela original y al eco mediático que rodea a su creadora, la controvertida escritora Colleen Hoover. Reconocida por llevar al centro del debate literario títulos superventas como Romper el círculo y A pesar de ti, la autora ha consolidado un estilo caracterizado por transformar relaciones complejas o directamente tóxicas en narrativas de corte romántico con desenlaces complacientes. En esta ocasión, la propuesta audiovisual profundiza en dichos tópicos, priorizando el escándalo comercial por encima de cualquier ambición artística coherente.
Resulta desconcertante comprobar que el proyecto contaba con una base técnica superior a la de otras adaptaciones previas de la misma autora. Con la participación de Nick Antosca en las labores de guion y la dirección a cargo de Michael Showalter, el filme disponía de los elementos idóneos para explorar con solvencia la psicología de personajes oscuros y siniestros. Sin embargo, el largometraje incurre en el error de estancar su metraje en dinámicas de atracción incómoda entre sus protagonistas, buscando la complicidad del espectador mediante una supuesta tensión sexual mal canalizada, pero sin llegar a profundizar en ninguno de los temas que propone.
Desde la infidelidad y el plagio hasta la violencia doméstica, la premisa argumental transita de forma confusa entre el thriller erótico, el suspense psicológico y el horror íntimo. Lejos de consolidar un tono definido, la trama desdibuja su ritmo narrativo muy pronto, incapaz de decidir qué clase de relato pretende ofrecer a la audiencia. El resultado final se traduce en una acumulación dispersa de fragmentos inconexos que debilitan por completo la intriga inicial, dejando como saldo una colección de partes mal armadas de una historia confusa.
Un triángulo amoroso carente de auténtico misterio
La propuesta narrativa introduce a Lowen Ashleigh, interpretada por una apagada Dakota Johnson, una novelista neoyorquina que lidia constantemente con el síndrome del impostor. A pesar de que la película concede cierto espacio inicial para explorar la urgencia de Lowen por escribir, el personaje carece del reconocimiento y la determinación necesaria de ser algo más que una amateur con un par de libros publicados.
La dinámica se dinamiza cuando su agente literario le propone aceptar un encargo como escritora fantasma para un cliente anónimo. Esto la conduce de manera directa ante Jeremy Crawford, encarnado por Josh Hartnett, el devoto marido de la exitosa y enigmática autora Verity Crawford, a quien da vida Anne Hathaway. A partir de ese instante, la trama avanza hacia su núcleo más intrincado: Verity permanece postrada e incapacitada tras sufrir un grave accidente, por lo que Jeremy contrata a Lowen para concluir la obra que su esposa dejó inconclusa. El libreto elude deliberadamente cualquier explicación lógica sobre la viabilidad legal o ética de un acuerdo semejante y, de la misma manera que el libro, lo soluciona insinuando un acuerdo de confidencialidad.
No obstante, el mayor talón de Aquiles de la cinta reside en su incapacidad para justificar el motivo por el cual Lowen resulta elegida para una tarea de tal magnitud. En un relato fundamentado en la ambición y los oscuros secretos familiares, carecer de este contexto resta credibilidad a la relación entre los Crawford y la joven novelista. A pesar de las incógnitas, la propia Lowen acepta el encargo sin preguntas o no muchas, en cualquier caso.
Una adaptación lastrada por su falta de riesgo narrativo
Conforme Lowen se instala en la apartada residencia familiar ubicada en Vermont para sumergirse en los manuscritos inacabados de Verity, la atmósfera de suspense prometida se diluye entre subtramas predecibles. La presencia de la escritora accidentada, sumida en un estado catatónico, se combina con el descubrimiento de un manuscrito secreto de carácter profundamente perturbador. Paralelamente, el guion insiste en desarrollar una atracción palpable entre la protagonista y Jeremy, aunque desaprovecha las oportunidades para construir un verdadero clima de terror psicológico.
El metraje alterna secuencias excesivamente prolongadas donde Lowen lee los escritos con un estudio de personaje de Jeremy enfocado exclusivamente en perpetuar el cliché del esposo sospechoso. Irónicamente, los pasajes más inquietantes provienen de las grabaciones o lecturas en off donde la propia voz de Verity expone su maquiavélica visión creativa. A pesar de amagar con revelaciones impactantes, el guion avanza errático, tan poco entusiasmo en hacerlo que va a la deriva en medio de sus temas y puntos claves.
El filme reincide constantemente en la equivocación de yuxtaponer la realidad y la ficción mediante transiciones abruptas que transitan de lo escabroso a un vacío narrativo carente de tensión. Irónicamente, las mejores secuencias del largometraje surgen cuando los creadores deciden alejarse de la fidelidad estricta al texto impreso, introduciendo giros dramáticos independientes. Lamentablemente, en la mayor parte de su duración, la propuesta se limita a reproducir pasajes enteros de la novela original, arrebatándole a la historia cualquier atisbo de oscuridad.
Conclusiones sobre un thriller cinematográfico fallido
En definitiva, el largometraje se configura como una experiencia decepcionante que opta sistemáticamente por la sugerencia superficial antes que por el impacto visual o emocional. Pese a sus múltiples tropiezos argumentales, el trabajo interpretativo rescata a la producción del naufragio absoluto. Destaca de manera sobresaliente la actuación de Anne Hathaway, quien dota a su personaje de una profundidad perturbadora y magnética, consolidándose como el punto más disfrutable de toda la historia.
Por el contrario, el desempeño de Dakota Johnson aporta una fragilidad excesiva que desdibuja el peso dramático de su rol, mientras que la aportación de Josh Hartnett cumple con lo justo para evitar la monotonía absoluta. En conclusión, la película se queda a mitad de camino entre la reinterpretación comercial y el thriller psicológico, reflejando el problema fundamental de haber diseñado una obra brutal y oscura que pudo ser, sin atreverse a dar un paso en esa dirección.
