El panorama fiscal a mitad de año y sus lecturas encontradas
Recientemente, la Secretaría de Hacienda dio a conocer el reporte de finanzas públicas correspondiente al cierre del mes de agosto. Al analizar la trayectoria del balance gubernamental, surgen dos perspectivas que, a primera vista, parecen contradecirse por completo. Por un lado, el déficit se ubica 276 mil millones de pesos (mmdp) por debajo de lo programado en el calendario oficial; por el otro, registra un incremento de 157 mmdp en comparación con el ejercicio anterior.
Mientras que la administración federal interpreta la primera cifra como un testimonio claro de disciplina en el manejo de los recursos, diversos analistas financieros observan la segunda como un síntoma de debilitamiento. Ante este escenario, la interrogante fundamental de cara al cierre del ejercicio es si realmente se logrará concretar la meta anual establecida para el déficit amplio, medido a través de los Requerimientos Financieros del Sector Público (RFSP), fijada en el 4.1 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).
De acuerdo con las proyecciones técnicas, dicha meta es perfectamente alcanzable, aunque su cumplimiento se encuentra sujeto de manera estricta al cumplimiento de tres condiciones determinantes para los próximos meses.
Radiografía de ingresos, gastos y superávit primario
Para comprender la dimensión del reto, es necesario revisar los datos acumulados entre enero y agosto. En dicho periodo, el déficit presupuestario directo se situó en 739 mmdp, manteniéndose prácticamente sin variaciones reales frente a lo registrado en el ciclo previo. En contraste, el superávit primario sufrió una contracción del 66 por ciento, ubicándose en 83.5 mmdp.
En el rubro de recaudación, los ingresos totales quedaron 201 mmdp por debajo de las previsiones iniciales. La mayor presión provino del Impuesto Sobre la Renta (ISR), el cual experimentó una caída real del 5.6 por ciento —marcando su peor desempeño para un lapso semejante desde 2009— y se quedó 124 mmdp abajo de la estimación. No obstante, esta caída fue mitigada parcialmente por el dinamismo del Impuesto al Valor Agregado (IVA), que avanzó un 11.4 por ciento real (su mejor resultado desde 2021), y por los gravámenes a la importación, que crecieron un 9.2 por ciento. Por el lado de los egresos, el gasto total se ejerció 477 mmdp por debajo del calendario previsto.
Las tres condiciones indispensables para el cierre de año
La primera condición para asegurar el objetivo fiscal recae directamente sobre los ingresos. Cabe destacar que la estimación oficial ya contempla un ajuste a la baja: en los Criterios de Política Económica, Hacienda redujo su expectativa de recaudación tributaria para el año, pasando de los 5 billones 839 mmdp aprobados originalmente a 5 billones 731 mmdp.
A pesar de este recorte, el último cuatrimestre exige un incremento en la recaudación de impuestos del 13 por ciento nominal en comparación con el mismo periodo del año pasado, lo que equivale a un crecimiento real cercano al 9 por ciento, un salto considerable si se toma en cuenta que el avance acumulado en los primeros ocho meses fue de apenas 0.6 por ciento real. La estrategia gubernamental confía plenamente en el impulso de las aduanas y el consumo interno, ya que el IVA mostró un repunte del 23 por ciento real tan solo en agosto, mientras que el ISR continuará limitado por las utilidades empresariales del ejercicio anterior.
La segunda condición depende de la contención del gasto público. Para materializar la estimación revisada, el gasto neto acumulado entre septiembre y diciembre deberá descender un 4 por ciento nominal (aproximadamente 8 por ciento real) frente al cierre del periodo precedente. Si bien el subejercicio observado hasta ahora demuestra que el freno ya está operando, se requerirá de un apretón financiero todavía mayor en el tramo final del año.
Finalmente, la tercera condición suele recibir poca atención en el debate público, y está relacionada con el denominador del parámetro: el PIB nominal. En sus documentos oficiales, la Secretaría de Hacienda proyecta un crecimiento nominal del 5.3 por ciento para este año, situando el PIB en torno a los 37.3 billones de pesos, con un avance real del 1.5 por ciento. Sin embargo, la tendencia actual de la actividad económica apunta hacia un rango superior, estimado entre el 1.8 y el 2 por ciento.
De confirmarse este escenario más optimista, el PIB nominal rondaría los 37.5 billones de pesos. Este margen, aunque parezca reducido, beneficia a las finanzas públicas por partida doble: por un lado, al aumentar el denominador, el peso relativo del déficit disminuye y los RFSP podrían acercarse al 4.0 por ciento; por el otro, un mayor nivel de actividad económica estimula de manera directa la recaudación presente de IVA y los pagos provisionales futuros de ISR.
Implicaciones futuras y retos rumbo al siguiente ejercicio
A pesar de que este ajuste fiscal no modificará la trayectoria ascendente de la deuda pública —la cual pasará del 52.6 por ciento registrado el año pasado al 53.5 por ciento del PIB—, sí logra amortiguar significativamente la magnitud del incremento. Para conseguirlo no se requiere de medidas extraordinarias, sino de mantener la disciplina en el gasto y consolidar las proyecciones de ingresos.
Sin embargo, operar bajo una política de contención del gasto conlleva costos operativos inevitables, tales como compromisos de pago postergados, proyectos de inversión limitados y una estructura tributaria cada vez más dependiente del consumo masivo y el comercio internacional que de la productividad corporativa.
Este cierre fiscal se desarrolla además en la antesala de un proceso electoral para el próximo año, el cual impondrá metas mucho más estrictas, incluyendo un objetivo de RFSP del 3.9 por ciento, una exigencia de crecimiento para el ISR del 7.2 por ciento real y la estrecha vigilancia de las agencias calificadoras sobre la congruencia entre administraciones presupuestales.
En conclusión, la meta de déficit fijada para este periodo se encuentra al alcance de las autoridades, contando por primera vez en mucho tiempo con el respaldo del crecimiento económico como un aliado estratégico de las cuentas nacionales. El verdadero desafío consistirá en evaluar si esta inercia positiva será suficiente para concretar la consolidación fiscal proyectada para el futuro inmediato.
