Cuestionar el desempeño arbitral forma parte indiscutible de la cultura futbolística en México. Cada fin de semana, aficionados y directivos debaten con pasión cada marcación, tarjeta o decisión tomada sobre el terreno de juego. Sin embargo, cuando los reflectores apuntan hacia el arbitraje femenil, los parámetros del análisis sufren una preocupante distorsión que va más allá de lo puramente deportivo.
El regreso histórico y la lupa selectiva
Cuando Katia Itzel García rompió una sequía de dos décadas sin arbitrar un partido de la primera división varonil, la premisa fundamental era clara y justa: debía ser evaluada bajo la misma vara que cualquier silbante varón. Si su desempeño era acertado o erróneo, debía señalarse con imparcialidad. No obstante, las recientes declaraciones del director técnico Antonio Mohamed, quien al evaluar su trabajo utilizó la frase “si fuera un árbitro normal”, encendieron las alertas sobre los prejuicios arraigados en el entorno futbolístico.
Aunque las formas de la crítica han evolucionado positivamente en comparación con lo ocurrido hace veinte años, cuando figuras como Virginia Tovar enfrentaban agresiones verbales directas y explícitas en el terreno de juego, el fondo del problema persiste. Utilizar calificativos que contraponen lo femenino con la llamada “normalidad” invisibiliza la presencia de las mujeres y perpetúa la idea de que el entorno varonil es el único espacio legítimo y natural para ejercer esta profesión.
Cuando el error individual se convierte en un juicio de género
En el futbol profesional, los errores de arbitraje son analizados bajo ópticas muy distintas dependiendo de quién porte el silbato. Si un silbante varón comete una equivocación trascendental que incide en el marcador, los entrenadores y la prensa suelen atribuirlo a una mala tarde, a la presión del encuentro o a la falta de criterio técnico.
En contraste, cuando la falla proviene de una jueza central, la crítica suele desviar el foco del análisis técnico para trasladarlo al terreno de la idoneidad. El debate deja de centrarse en la posición del balón o la perspectiva de la jugada, para transformarse en un cuestionamiento velado sobre si las mujeres poseen las capacidades necesarias para pertenecer a ese nivel de competencia. Este tipo de sesgo disfrazado de análisis táctico distorsiona la conversación pública.
El impacto del lenguaje en la construcción de realidades
Las palabras emitidas por figuras públicas en los medios de comunicación no se quedan en el ámbito de la conferencia de prensa. El lenguaje construye realidades y moldea la percepción colectiva de miles de seguidores. Cuando una autoridad del deporte profesional sugiere de manera implícita que una profesional avalada por la FIFA no encaja en el estándar de “normalidad”, el mensaje que permea en la sociedad es que las mujeres continúan siendo figuras ajenas o intrusas en disciplinas históricamente dominadas por hombres.
En una sociedad donde las mujeres abren brecha cotidianamente en diversos ámbitos laborales, académicos y culturales, mantener un vocabulario que margina y señala a la excepción perpetúa estereotipos nocivos. Ningún sector exige inmunidad para los silbantes; los equipos y cuerpos técnicos están en su derecho de exigir rigor arbitral, pero las formas y los conceptos importan.
Hacia una verdadera equidad en el deporte
Etiquetar el esfuerzo y la consolidación profesional de las mujeres en el futbol como una rareza representa un retroceso en la lucha por la igualdad de oportunidades. La competencia de alto rendimiento no debe medirse bajo criterios de género, sino estrictamente con base en el talento, la preparación y la capacidad técnica. Abrir cancha significa también transformar el discurso para garantizar un análisis libre de prejuicios.
