El peso del movimiento pentecostal en la política regional
El pastor Silas Malafaia lidera una de las corrientes pentecostales más influyentes en Brasil, donde cerca del 30% de los ciudadanos se identifica como evangélico. Su respaldo fue determinante para que Jair Bolsonaro alcanzara la presidencia en 2018. Esta expansión religiosa impulsa una agenda que combina el ultraliberalismo económico con el conservadurismo social en toda América Latina.
En la segunda vuelta electoral, Flávio Bolsonaro encabeza nuevamente esta alianza estratégica entre la extrema derecha y los sectores religiosos para desafiar a Lula da Silva. El resultado de estos comicios definirá si el principal bastión de la izquierda sudamericana resiste la creciente ola conservadora.
Orígenes históricos y consolidación de poder
La irrupción de estas iglesias en la región comenzó durante las décadas de los 60 y 70, impulsada en un contexto de Guerra Fría. Mientras Washington recelaba de la Teología de la Liberación católica, promovió corrientes religiosas alejadas del activismo social. Para el evangelismo pentecostés, el bienestar material refleja el vínculo directo con la divinidad, articulando un mensaje de carácter individualista.
Estas comunidades se expandieron con un formato descentralizado en zonas urbanas marginadas, supliendo las carencias del Estado. Con los años, los templos locales evolucionaron hacia estructuras masivas de comunicación. Figuras como Edir Macedo llegaron a controlar medios de gran alcance, transformando el auxilio espiritual en una herramienta clave de presión pública.
La cineasta Petra Costa reflexiona en su documental Apocalipsis en los trópicos: “Me pregunto en qué momento los líderes evangélicos decidieron transformar una iglesia construida sobre la generosidad de sus fieles en una máquina de poder político”.
Transformación demográfica y agenda moral
La presencia evangélica en Brasil escaló desde un 5% en los años setenta hasta aproximadamente el 31% actual, con proyecciones de alcanzar la mayoría en 2032. En el ámbito legislativo, la bancada multipartidista del sector ocupa cerca del 40% de los escaños del Congreso, consolidándose como un actor indispensable en las grandes crisis institucionales del país.
Pese a su peso, los especialistas señalan que la magnitud del colectivo impide hablar de un bloque monolítico. No obstante, prevalece una marcada afinidad con los valores tradicionales. Según Lisa Zanotti, investigadora del Laboratorio para el Estudio de la Ultraderecha (Ultra-Lab): “No se trata necesariamente de un aumento en las posturas conservadoras sino del peso relativo que los ciudadanos dan a los temas morales al momento de decidir su voto”.
Las encuestas reflejan esta tendencia, con una preferencia significativa hacia el Partido Liberal entre las rentas altas y los votantes evangélicos de cara a los comicios.
Expansión continental y nuevas alianzas
La investigadora Soledad Vallejo, autora de Los dueños de la libertad, señala que el respaldo evangélico constituyó un pacto pragmático para conectar con las clases populares. Fenómenos similares se han registrado en Guatemala, Costa Rica y Colombia, donde estas agrupaciones condicionaron decisiones políticas fundamentales.
En Perú y Chile, los movimientos pentecostales han movilizado protestas masivas y asesorado a líderes derechistas en su oposición a la educación con perspectiva de género. Para el investigador Andrés Malamud, de la Universidad de Lisboa: “Las excepciones son los países donde la llegada de los evangélicos viene demorada: México, Uruguay y Argentina (dos gobiernos de izquierda y otro más economicista que conservador)”.
Incluso en naciones con menor arraigo histórico previo, mandatarios como Javier Milei han integrado formalmente a estructuras evangélicas en la gestión de programas sociales. En los estrados de campaña, la fusión entre consignas religiosas y discursos de ultraderecha continúa agitando el escenario político brasileño en busca de un cambio de rumbo institucional.
