El origen del mito en la frontera agreste
La franja fronteriza entre Chihuahua y Texas ha sido escenario de múltiples relatos que parecen extraídos de una novela del viejo oeste. Entre imponentes sierras, cañones profundos y los paisajes áridos del desierto, operó durante décadas un temible grupo de forajidos liderado por Francisco Cano Sánchez, mejor conocido como Chico Cano. Durante años, este personaje y su gavilla mantuvieron en zozobra a los habitantes de ambos lados del Río Bravo mediante robos de ganado, emboscadas y secuestros, desafiando a las autoridades de dos naciones.
Nacido en 1878 en San Antonio del Bravo, un pequeño asentamiento en el municipio de Ojinaga, Chihuahua, Cano creció en un entorno hostil marcado por la escasez y el aislamiento. La cercanía con la comunidad texana de Candelaria facilitaba una estrecha relación comercial y familiar. Sin embargo, la precaria situación económica y la muerte temprana de su padre empujaron a Francisco y a sus hermanos a buscar el sustento en actividades ilícitas, iniciando una carrera delictiva que marcaría la historia criminal de la región durante el cambio de siglo.
La escalada criminal y la ineficacia de la ley
Lo que comenzó como el hurto menor de cabezas de ganado evolucionó rápidamente hacia asaltos armados a ranchos, diligencias y pequeños comercios. Con una extensión fronteriza de aproximadamente 800 kilómetros de difícil acceso, las fuerzas de seguridad de ambos países se vieron rebasadas. A pesar de los esfuerzos del gobierno texano y de las autoridades del estado de Chihuahua, los operativos policiales fracasaban constantemente, lo que alimentó los rumores sobre una supuesta complicidad entre los criminales y elementos de la ley como los Texas Rangers y los Rurales.
La violencia del grupo aumentó con la incorporación de pistoleros experimentados y sanguinarios, lo que desató una cacería humana en la región. Las represalias de la banda contra rancheros e inspectores estadounidenses elevaron la tensión diplomática y el sentimiento antimexicano en la zona. Incluso, tras el secuestro de dos pilotos estadounidenses por quienes exigieron un rescate de 15,000 dólares, la presión militar aumentó drásticamente sin lograr capturar al líder de los cuatreros.
El encuentro decisivo con Francisco Villa
El punto de quiebre en la historia de Chico Cano ocurrió a principios de diciembre de 1913, cuando su banda incursionó en el poblado texano de Castolon. Durante el ataque, algunos integrantes utilizaron insignias y estilos visuales similares a los de la División del Norte. Los periódicos locales atribuyeron erróneamente la agresión a las fuerzas revolucionarias, desatando la furia del entonces gobernador de Chihuahua, el general Francisco Villa.
Ante la falsedad de las publicaciones y el uso indebido de su nombre, Villa ordenó al general Rodolfo Fierro detener al cabecilla. El temido operativo militar llegó hasta el refugio de los criminales en Presidio de Pilares, donde el otrora implacable forajido optó por no ofrecer resistencia ante la abrumadora presencia de las tropas villistas.
De bandolero a la vida privada
Tras un encuentro contundente con el liderazgo revolucionario, Chico Cano y sus hermanos fueron incorporados a las filas de la División del Norte. Cano recibió el grado de Capitán y quedó bajo las órdenes directas de Rodolfo Fierro. Con el paso del tiempo y el cambio de poder político en el país, solicitó su baja oficial, disolviendo de manera definitiva su organización delictiva y retirándose por completo de las actividades criminales.
Francisco “Chico” Cano Sánchez falleció el 28 de agosto de 1943 a la edad de 65 años en su rancho en Ojinaga, tras haber sobrevivido a numerosos atentados y enfrentamientos armados a lo largo de su vida, dejando atrás una leyenda que consolidó las páginas más intensas de la historia fronteriza.
