Nuevo documental explora la profunda transformación emocional y el impacto de la deportación en familias mexicanas
La dolorosa transición de construir una existencia próspera en el extranjero para de repente tener que abandonarla es el eje central de una nueva producción cinematográfica. Historias cotidianas pero desgarradoras muestran cómo la expulsión forzada no solo arrebata un proyecto de vida establecido, sino que también fractura lazos afectivos irrecuperables, separa a los seres queridos y deja a los afectados navegando en una profunda crisis de identidad.
Bajo el título de Entre tierras, este proyecto audiovisual ofrece una perspectiva humana, íntima y profunda sobre las secuelas que experimentan los connacionales repatriados y sus núcleos familiares al verse privados de lo que alguna vez consideraron su hogar. Lejos de reducir el fenómeno migratorio a una simple pérdida de bienes materiales, la obra ahonda en la compleja maraña psicológica y emocional que deben sortear quienes se enfrentan a un retorno involuntario a su territorio natal.
El origen y la visión detrás de la ópera prima
La realización de este largometraje estuvo a cargo de Atzin Ortiz González, quien comenzó a delinear el proyecto en el año 2018. El detonante inicial ocurrió durante un debate presidencial, espacio donde escuchó por primera vez al colectivo Deportados Unidos en la Lucha, una organización encabezada por Ana Laura López. A partir de ese momento, el realizador se integró con el grupo para convivir de cerca con sus integrantes y documentar su día a día.
Para el cineasta, uno de los aspectos más fascinantes y dolorosos a retratar fue la consolidación de una identidad bicultural en los connacionales devueltos al país. Este fenómeno los coloca en un estado limítrofe, un espacio abstracto donde los afectados sienten que ya no pertenecen plenamente a ninguna nación, lo que complica severamente su reintegración social.
Durante una conversación con Chilango Diario, el director reflexionó sobre los dobles rasmeros culturales con los que lidian los migrantes: “A mí me parece muy curioso que, si a ellos de repente se les critica el tema del spanglish, ¿por qué a alguien privilegiado que usa esos mismos términos no se le ve mal? Es lo contrario, se le ve como ‘ah, es culto’, ‘ah, wow’. Ahí hay una cosa más, quizás hasta de pose, y no necesariamente de cómo ese aspecto cultural atraviesa sus vidas”.
Asimismo, el realizador enfatizó la importancia de visibilizar estas dinámicas dentro de un entorno globalizado donde la movilidad humana es constante, pero la comprensión social suele ser escasa. “Vivimos en un espacio completamente globalizado donde hay un desplazamiento, donde te vas a vivir allá y adoptas las cosas que te gustan de ahí, entonces se va cierta parte de tu identidad, pero no necesariamente eso lo entiende la gente, cómo se acciona, cómo se vive. Entonces, al mostrarla, al menos permites que alguien la pueda medianamente comprender, si está también con la posibilidad de querer aprender algo que le es ajeno”, añadió.
Con esta propuesta, el cineasta busca que el público general logre conectar genuinamente con las vivencias ajenas, fomentando una mirada analítica en lugar de una postura aleccionadora.
La redefinición del concepto de éxito y el futuro tras la repatriación
El documental también profundiza en las trayectorias de figuras clave como Gustavo y Jesús, quienes comparten cómo ha cambiado su percepción sobre el anhelado éxito en el extranjero tras enfrentar la expulsión territorial. Para Gustavo, el concepto original consistía en forjar un porvenir próspero tanto de manera individual como para su parentela en la nación latinoamericana. Sin embargo, tras cerrar ese ciclo en el norte, su perspectiva ha dado un giro total.
“El sueño americano me tocó vivirlo, ya lo viví y fue muy interesante. Por ciertas razones no pude seguir en Estados Unidos, pero ahora me toca vivir el sueño mexicano, el sueño en mi país y creo que lo voy a lograr”, declaró con optimismo.
Por su parte, Jesús mantiene una visión más crítica sobre las expectativas tradicionales de prosperidad en Norteamérica, un panorama que, a su juicio, ha perdido vigencia incluso para los propios ciudadanos locales. Al relatar su llegada al país vecino en el año 2002, reconoció que la estabilidad financiera era alcanzable, pero el verdadero reto radicaba en la regularización migratoria.
En un giro inesperado sobre su proceso de readaptación, Jesús reconoció que gracias a la gentrificación yo he tenido mi adaptación a México, un fenómeno que ha modificado su entorno cotidiano. Pese a los retos geográficos y sociales, su mayor aspiración actual se resume en un deseo profundamente humano y personal: “Para mí, la cúspide del sueño americano sería poder ir a ver a mi hija, abrazarla todos los días”.
