El ocaso institucional anunciado desde hace una década
Lejos de cualquier referencia literaria, la situación actual marca la desaparición definitiva de uno de los pilares fundamentales del sistema político mexicano: el Instituto Nacional Electoral. Este desenlace, consumado en las últimas semanas del año **2026**, no toma por sorpresa a quienes han seguido de cerca los análisis políticos de los últimos años.
Desde julio de **2017**, diversos alertadores sociales y analistas advirtieron que el arribo de Andrés Manuel López Obrador al poder conduciría no solo a la anulación de los contrapesos judiciales, sino también al desmantelamiento de las garantías fundamentales y de la libertad de expresión en el país.
La ceguera ante las señales autoritarias
Surge entonces una interrogante inevitable sobre las razones por las cuales una parte significativa de la ciudadanía, la intelectualidad, la oposición política y el gremio periodístico optaron por ignorar las evidencias de un proceso de destrucción democrática impulsado desde la cúpula gubernamental.
Las advertencias sobre las verdaderas intenciones del movimiento oficialista se documentaron con antelación. Ya en julio de **2017**, a raíz de los procesos electorales en Venezuela, se pronosticó que la tentación por controlar los comicios nacionales pondría en riesgo el futuro de las instituciones mexicanas.
La ruta previsible hacia el control total
Durante los años previos y posteriores a la llegada de la administración actual, diversos textos periodísticos señalaron la inviabilidad de las promesas gubernamentales y el peligro inminente de un régimen sin contrapesos reales. Incluso antes de los comicios presidenciales de **2018**, se documentó cómo el objetivo central del entonces candidato y posterior presidente sería la neutralización del órgano electoral autónomo.
Para mediados de **2019**, las intenciones se convirtieron en declaraciones abiertas por parte del Ejecutivo federal, quien condicionó las modificaciones normativas a la consolidación de su mandato. El propósito evidente consistía en regresar a los esquemas de control centralizado del siglo pasado, donde el poder presidencial decidía los destinos de los procesos electorales y de la vida pública nacional.
Un diagnóstico confirmado por los hechos
La historia reciente demuestra que los pronósticos formulados con años de anticipación se cumplieron de manera sistemática. La demolición de los contrapesos institucionales y la erosión de la certeza jurídica han desembocado en un escenario donde las garantías ciudadanas y la pluralidad política enfrentan su momento más crítico.
