Óscar Alberto Aparicio Avendaño, ahora presentado como el “superpolicía” del estado de Chiapas en su rol como Secretario de Seguridad Pública, arrastra un historial controvertido que muchos en el norte del país recuerdan con escepticismo. Durante su paso como titular de la Comisión Estatal de Seguridad pertenenciente a la SSPE en Chihuahua bajo el gobierno de Javier Corral, y en estrecha colaboración con figuras como César Peniche Espejel, su gestión coincidió con uno de los periodos más críticos para la corporación estatal: se registraron numerosas bajas entre elementos de la Policía Estatal, sin que los indicadores de violencia mostraran mejoras sustanciales. En aquellos tiempos, al tener en sus manos a cientos de policías, el funcionario parecía más aficionado a posar para fotografías en operativos —al estilo de los legendarios Fernando y Mario Almada en plena acción— que a generar resultados concretos en la pacificación.
Hoy, desde Chiapas, Aparicio reaparece en videos que circulan en redes, donde se le ve participando en operativos federales y estatales, piloteando o coordinando desde un helicóptero durante detenciones de alto perfil, como la reciente captura de “El Espíritu” —un presunto operador del crimen organizado—, a quien trasladaron por aire tras ser detenido “de los puros pelos” en una zona rural. En el norte, donde su trayectoria es bien conocida, estas escenas generan más dudas que admiración: el mismo hombre que no pudo contener la sangría en Chihuahua ahora se erige como el héroe de las acciones espectaculares en el sur, aunque los resultados reales de su estrategia sigan pendientes de evaluación seria.
El desencanto al interior de la bancada panista en el cabildo ya no es un rumor de pasillo, sino una realidad que se manifiesta en la formación de grupos claramente delimitados. Lo que alguna vez se vendió como pluralidad hoy huele más a ruptura, y todo indica que no hay marcha atrás. La política interna del PAN parece haber entrado en una etapa donde los acuerdos pesan menos que las afinidades personales y las exclusiones estratégicas.
La coordinación bajo la tutela de Isela Díaz es un ejemplo claro de ello. Lejos de fungir como un espacio de articulación incluyente, se percibe como un círculo cerrado donde predominan las mujeres, y donde la presencia de Luis Villegas parece más un gesto de cortesía institucional que una integración real al proyecto. Esa selectividad no solo genera incomodidad, sino que alimenta la percepción de que el liderazgo se ejerce más desde la afinidad que desde la representación.
En contraste, el bloque conformado por Isaac Díaz y Félix Martínez muestra mayor pragmatismo político al abrir la puerta a Omar Márquez, regidor del PRD. La alianza, aunque polémica para los puristas del partido, revela algo fundamental: hay panistas que entienden que el aislamiento interno es más peligroso que el costo de dialogar con otras fuerzas. La pregunta es si estas alianzas responden a una visión estratégica o simplemente a la necesidad de contrapeso frente a la otra facción.
En este escenario, las propuestas del alcalde quedan relegadas a un segundo plano. El problema ya no es si las iniciativas son buenas o malas, sino si existe un PAN capaz de respaldarlas de manera cohesionada. Todo indica que esa unidad, al menos por ahora, pertenece al pasado. La fractura interna no solo debilita al partido, sino que envía un mensaje claro: cuando la política se convierte en trincheras internas, el proyecto de gobierno es el primer damnificado.