Además de las guerras en curso y sus actores principales, el radar muestra dos narrativas centrales: las contraolas democráticas o regresiones autoritarias y la imposibilidad de la igualdad real.
De un lado, abundan los textos difusores de las más recientes mediciones sobre avances y retrocesos de las democracias tipo liberal en las cuatro esquinas del planeta.
Se infiere que la tendencia autocrática se ha apoderado de la mayoría de las naciones, los cinco países más poblados del planeta y avanza incluso en las democracias maduras o consolidadas como se le consideraba a la de los Estados Unidos.
Desde luego, conforme con tales textos y sus evidencias indirectas México también va hacia atrás, sobre todo a partir de la llegada de los gobiernos de la 4T, en indicadores referidos a derechos de libertad, equilibrio entre poderes o calidad de las elecciones.
Ese diagnóstico motiva a las fuerzas democráticas liberales a plantear un nuevo esfuerzo local, nacional o global para detener el retroceso y reimpulsar condiciones favorables, incluido el argumento de que vivir en democracia es un derecho fundamental, al menos de acuerdo con la Carta Democrática Iberoamericana de 2001.
Por otro lado, al mismo tiempo es visible la interpretación en el sentido de que si bien las democracias liberales están en aprietos porque han generado una mayor concentración del ingreso entre personas y sectores de élite y se enfrentan al populismo de derecha o izquierda que media o medra en esa enorme brecha, se sostiene que tampoco los Estados socialistas o comunistas han podido abatirla y, en el extremo, lo han hecho peor.
De la entonces Unión Soviética a Cuba o Venezuela se asevera que en los indicadores clave relativos a derechos sociales que se supone que garantizan la igualdad real, las insuficiencias fueron o han sido notorias en comparación con las democracias occidentales.
Es preciso aclarar que los sistemas de indicadores para medir fenómenos son útiles en términos orientadores, pero no son enteramente fiables debido a su metodología muestral indirecta, si bien su secuencia histórica les dota de mayor coherencia.
A los modelos de medición de la democracia liberal les hace falta la dimensión de los derechos sociales, económicos, culturales y ambientales, a la vez que penetrar más de manera directa en el contexto popular de las prácticas jurídicas en torno a los derechos individuales y colectivos.
En relación con la igualdad, una relectura cuidadosa de los instrumentos jurídicos internacionales, incluida la citada Carta Iberoamericana, lleva a identificar la idea-fuerza transversal de que sin la igualdad real los derechos de libertad y de participación o derechos civiles y políticos pierden condiciones de eficacia pues su goce y ejercicio lo es proporcional a la posición de quienes más o menos tienen y pueden.
Otro elemento a considerar es que desde el planeta oriental bajo influencia china la democracia popular y colectiva asociada a la economía bajo el control estratégico del estado sigue generando más satisfactores básicos para más personas. De eso no dan cuenta los antedichos indicadores.
En conclusión, requerimos un modelo de medición de democracia que registre tanto del avance o retroceso de los derechos y garantías de la libertad y la participación como de los derechos individuales y colectivos de género, sociales, económicos, culturales y ambientales, incluso digitales, dada su universalidad, interdependencia y sustancialidad para el bienestar común.