
Tom Cruise llega a los cines con Digger asumiendo lo que apuntaba a ser uno de los mayores retos de su vida. El actor, estrella de Hollywood por excelencia, se unía al prestigioso director mexicano Alejandro G. Iñárritu en una obra que había generado enorme expectativa. Un filme vendido en clave de comedia negra que prometía levantar muchas ampollas especialmente entre los espectadores más acaudalados.
Su historia nos presenta al hombre más poderoso del mundo, Digger Rockwell. Un empresario multimillonario con plantas petrolíferas que arrasan con la naturaleza para exprimir hasta la última gota de crudo. Pero un día, por culpa de su imparable ambición, desencadena un desastre que amenaza con destruirlo todo. En esta carrera contrarreloj, él mismo emprende una frenética misión para demostrar que también es el salvador de la humanidad.
Una sátira vacía
Es evidente que lo que Iñárritu quiere plantear con Digger es una afilada sátira en contra de los grandes magnates del planeta y los políticos que les apoyan. En definitiva, una feroz crítica hacia las más altas esferas en clave ecologista. El problema de la película es que parece no creer del todo en sí misma ni en que los espectadores sean lo suficientemente hábiles como para entenderla o reflexionarla.
Digger se presenta a sí misma como una opereta teatral, una comedia hiperbólica y desmedida. Y así estaba bien. Apuntaba maneras de ser bastante divertida en lo absurdo. Pero esa aparente falta de confianza en el propio proyecto queda en evidencia con el prometido giro de guion, que llega cuando finaliza el primer acto. Es un vuelco atrevido que no desvelaremos en absoluto para evitar spoilers, pero que prometía un potencial extraordinario.
Sin embargo, en lugar de aprovecharlo solo lo utiliza para intentar justificar su propia exageración. Pretende que todo tenga un sentido más allá, pero lo único que hace es anular por completo su tono ridículo cuando el espectador ya lo había asumido. Y queda en nada, en un relleno que podría no estar. A partir de ahí, se sentencia a sí misma a un vacío en el que nada termina de funcionar.

Es al “justificar” esos excesos cuando parece que la película se creyera por encima de su público. Digger necesita remarcar sus mensajes catastrofistas a cañonazos, sin ninguna clase ni sutileza. Te grita a la cara lo mal que está el mundo y cómo nos dirigimos hacia el apocalipsis a pasos agigantados por culpa de unos cuantos ineptos capitalistas y megalómanos. Eso habría estado bien si no se hubiera matado a sí misma. Por querer ser a la vez ridícula y elevada, termina no siendo ninguna.
Los espectadores van a entender perfectamente que esto es un dardo envenenado hacia Donald Trump, la derecha reaccionaria que niega el cambio climático y, sobre todo, hacia todos los magnates que destrozan el planeta en favor de su bolsillo. Pero Iñárritu, por algún motivo incomprensible (más aún en alguien de su talla), cree que el espectador medio no es capaz de cazar al vuelo una indirecta tan directa. El director se ve en la necesidad de remarcar las cosas una y otra vez, una y otra vez, sin ir nunca más allá de la crítica superficial del que señala con el dedo pero no tiene mucho que decir. Es ahí donde el filme se pierde por completo.
Porque Digger acaba siendo una concatenación aburrida de monólogos eternos que no van a ningún sitio. Iñárritu nos lanza el chiste, pero cuando tiene que venir el golpe de gracia lo único que llega es una tediosa explicación sobre por qué esto es, o debería ser, gracioso. Por si no lo pillamos, no vaya a ser… Así, por mucho que se quiera entrar en ella y se compre su marco, acaba resultando una película muy pesada y cansina.
Luces entre tanta sombra
Pero no nos quedemos solo con lo negativo. Digger sí cuenta con ciertos elementos que la hacen destacar. El primero, por supuesto, es ese atrevimiento que comentábamos. Iñárritu se ha lanzado de lleno y sin miedo a la piscina, con la mala suerte de que estaba vacía y el conjunto no funciona. Pero no por ello no hay que aplaudir su valor. Además, sí es cierto que alguien de su veteranía e inteligencia consigue rescatar algunos trazos de brillantez.
Hay concretamente dos escenas que son oro. Una es un larguísimo y prodigioso monólogo de Tom Cruise frente a una gran audiencia. Los espectadores que la vean lo reconocerán inmediatamente. Ahí la película sí alcanza cotas un poco más altas, su vacío se llena y nos deja mensajes algo más interesantes y reflexivos. La otra gran escena es un diálogo divertidísimo, surrealista, con un John Goodman fuera de sí, que entre otras cosas involucra a China y Rusia. Los mejores chistes están aquí.

Tom Cruise va a por el Oscar
Quien también asume un riesgo enorme, pero al que sí le sale bien, es Tom Cruise. El actor, bajo capas y capas de maquillaje, nos ofrece uno de los papeles de su carrera. Una demostración de carisma y de talento camaleónico con la que, a buen seguro, tratará de agrandar su vitrina de premios. Porque hay algo que ansía más que nada: el Oscar. El año pasado, la Academia le otorgó el honorífico, reconociendo su impresionante carrera. Pero este año el actor vuelve a ir con todo para intentar levantar lo que siempre se le ha resistido.
Su actuación en Digger sin duda lo vale. Se nota también que el papel, excesivo e histriónico, está hecho para ello. O que, como mínimo, él supo verlo ya en el guion y que se embarcó en el proyecto con ese objetivo en mente. Su trabajo es lo mejor de la película, al punto de que logra evitar una debacle absoluta que podría haber llegado en manos de cualquier otro actor. Y también hay que destacar junto a Cruise a un estupendo John Goodman como el desternillante y demente presidente de los Estados Unidos.

Un último punto a favor de Digger es su estética. En otra muestra más de su crítica al mundo moderno, esta vez mucho más sólida, recoge ese tono pálido, grisaceo y triste que domina ahora el cine para adueñarse de él por completo y con muy buen gusto. Su puesta en escena es sobresaliente, cada elemento en el plano está perfectamente medido. En lo que a imágenes se refiere, muy poco hay que se pueda reprochar en la película.
En definitiva, Digger es una película con un potencial tremendo que desaprovecha de la manera más burda y vacía posible. Un valeroso experimento de Alejandro G. Iñárritu que, por desgracia, no le acaba de funcionar prácticamente nunca, salvo en un par de escenas concretas. Se salva por un estupendo trabajo de puesta en escena y por un Tom Cruise en modo estrella que se crece con un papel que le podría valer muchos premios o, como mínimo, nominaciones.
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