Nunca había sido tan fácil crear contenido. Y nunca había sido tan difícil ser visto. Esa es la paradoja central de la economía digital.
Durante años, plataformas como TikTok, Instagram o YouTube han alimentado una narrativa poderosa: cualquiera puede convertirse en creador, construir una audiencia y vivir de su trabajo. Se les llama emprendedores digitales. La promesa es seductora: independencia, visibilidad y éxito económico. Pero esa promesa descansa sobre una omisión fundamental.
En el nuevo ecosistema digital, el problema ya no es producir contenido. El problema es capturar atención. Y la atención, en un entorno de sobreproducción, se ha vuelto el recurso más escaso. Millones de videos, textos, imágenes y canciones se publican todos los días.
La oferta es prácticamente infinita. Pero el tiempo de las personas sigue siendo limitado. En ese desequilibrio se define quién existe y quién desaparece. El ejemplo de Spotify lo muestra con claridad.
Hoy cualquiera puede subir su música. Pero cuanto más fácil es publicar, más difícil es ser escuchado. Millones de canciones compiten por segundos de atención. La gran mayoría no llega a ser descubierta.
El caso de OnlyFans revela otra dimensión: la mayoría de los creadores obtiene ingresos mínimos, mientras una minoría concentra la mayor parte de las ganancias.
La promesa de acceso universal convive con una estructura profundamente desigual. En este modelo, el valor no se genera únicamente en la producción de contenido, sino en su organización, distribución y monetización.
Las plataformas no necesitan crear para capturar valor. Les basta con estructurar la atención que otros producen. Así, quienes generan el contenido no necesariamente son quienes capturan la mayor parte del beneficio económico. Aun así, la narrativa dominante insiste en el emprendimiento y el mérito individual. Pero esa narrativa omite la estructura del mercado de la atención.
En un entorno saturado, el margen de control individual es limitado. El creador asume todos los riesgos, pero no controla las condiciones bajo las cuales su trabajo se convierte en visibilidad o ingreso. Paradójicamente, cuanto más contenido se produce, más difícil es destacar. Es un sistema que se alimenta de la aspiración.
Así, la economía digital logra algo notable: convertir la precariedad en motivación. El mito del emprendedor digital no es falso porque algunos triunfan. Es falso porque presenta como universal una posibilidad excepcional. “En este sistema, la creatividad se democratiza, pero el valor se concentra”.
En la economía digital, el problema ya no es poder crear. Es ser visto.