Durante décadas el orden mundial pareció relativamente claro.
Estados Unidos encabezaba la arquitectura económica y militar del sistema internacional.
Europa funcionaba como uno de los grandes centros industriales y financieros.
El petróleo fluía desde Medio Oriente hacia las economías desarrolladas.
Y, aunque existían tensiones geopolíticas, el sistema global mantenía una cierta estabilidad.
Hoy ese equilibrio comienza a moverse.
Las guerras regionales, las tensiones entre potencias, la competencia tecnológica y la disputa por recursos estratégicos están empujando al planeta hacia una fase distinta.
Una etapa que muchos analistas ya describen como un nuevo desorden mundial.
Y como ocurre siempre que el sistema internacional se reacomoda, surge inevitablemente la pregunta central:
¿Quién gana y quién pierde cuando el tablero global cambia de posición?
La respuesta no es sencilla.
Pero algunas tendencias empiezan a hacerse visibles.
Entre los actores que podrían salir fortalecidos aparecen, paradójicamente, algunos de los países que hoy están en el centro de las tensiones.
Rusia, por ejemplo.
A pesar de las sanciones occidentales y del prolongado conflicto en Ucrania, Moscú ha demostrado una notable capacidad para redirigir su comercio energético hacia Asia.
China e India se han convertido en compradores clave de hidrocarburos rusos.
Eso ha permitido a Rusia mantener una fuente crucial de ingresos y conservar influencia en el sistema energético internacional.
China, por su parte, juega un juego aún más complejo.
Aunque depende fuertemente de importaciones de energía, Beijing ha desarrollado una estrategia de largo plazo para asegurar suministros en múltiples regiones del planeta.
Inversiones en África.
Acuerdos energéticos con Rusia.
Participación en proyectos petroleros y gasíferos en Medio Oriente.
Infraestructura energética a lo largo de su iniciativa de la Franja y la Ruta.
Mientras Occidente se desgasta en conflictos y tensiones diplomáticas, China avanza silenciosamente consolidando su red global de abastecimiento energético.
En ese contexto aparece también el papel creciente de los BRICS.
El bloque que originalmente integraron Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica representa hoy una parte significativa de la población mundial y un volumen económico cada vez más relevante.
Pero desde el punto de vista geopolítico hay un elemento aún más interesante.
Dentro de ese espacio conviven algunos de los mayores productores de energía del planeta y algunos de los mayores consumidores.
Rusia es una potencia energética.
China e India son gigantes de la demanda.
Brasil posee enormes recursos naturales.
Y varios de los países que orbitan alrededor del bloque también cuentan con grandes reservas de hidrocarburos.
Ese conjunto comienza a perfilarse como un eje alternativo dentro del sistema económico global.
No significa que haya reemplazado al orden internacional tradicional.
Pero sí indica que el poder económico y energético está empezando a dispersarse.
Mientras tanto, hay otros actores que enfrentan una situación mucho más complicada.
Europa es uno de ellos.
Durante décadas el continente europeo construyó su desarrollo industrial apoyándose en energía relativamente accesible proveniente del exterior.
Pero la guerra en Ucrania y la ruptura energética con Rusia alteraron profundamente ese equilibrio.
Hoy Europa enfrenta precios energéticos más altos, una mayor dependencia de importaciones diversificadas y un escenario geopolítico más incierto.
Ese tipo de cambios afecta directamente la competitividad económica.
Pero también influye en el peso político global de la región.
En medio de ese tablero aparecen países que no encajan claramente ni entre los ganadores ni entre los perdedores.
Naciones que poseen recursos, pero no controlan completamente su cadena energética.
Economías que necesitan grandes cantidades de energía para crecer, pero dependen de infraestructura, tecnología o financiamiento externos.
Entre ellas aparece, de manera paradójica, México.
México es un país petrolero.
Pero también es un país que importa grandes volúmenes de combustibles refinados.
Produce petróleo crudo, pero no cuenta con capacidad suficiente para procesar internamente todo lo que requiere su economía.
Eso significa que cuando el sistema energético global entra en turbulencia, el país queda en una posición ambigua.
Puede beneficiarse de precios altos del crudo.
Pero al mismo tiempo puede sufrir por combustibles más caros, presiones inflacionarias y volatilidad económica.
A ese problema estructural se suma otro factor.
La transición hacia energías limpias o alternativas ha avanzado con mucha más lentitud de lo que exige el nuevo escenario energético mundial.
Eso deja a muchas economías intermedias —incluida la mexicana— atrapadas entre dos realidades.
Dependientes todavía del petróleo.
Pero sin haber consolidado plenamente un modelo energético alternativo.
En el gran ajedrez global, esos países corren el riesgo de convertirse en territorio de disputa entre potencias energéticas, más que en jugadores con capacidad propia de decisión.
Y en ese punto aparece otro elemento que suele mencionarse poco en público, pero que muchos analistas consideran inevitable.
Cada vez que el mercado petrolero entra en una fase de volatilidad extrema, surge una pregunta silenciosa en los círculos estratégicos internacionales:
¿Quién habla con quién para evitar que el sistema energético mundial se descontrole?
Durante décadas, las decisiones de la OPEP podían mover el precio del petróleo.
Pero el mundo energético actual es mucho más complejo.
Estados Unidos se convirtió en uno de los mayores productores del planeta gracias al shale.
Rusia sigue siendo un actor central en los mercados de hidrocarburos.
China, aunque no controla grandes reservas, tiene un peso determinante por el tamaño de su demanda.
Por eso, cuando el petróleo entra en turbulencia, muchos especialistas creen que los canales de comunicación entre Washington, Moscú y Beijing se vuelven inevitables, aunque públicamente existan rivalidades o confrontaciones.
No siempre son acuerdos visibles.
No siempre se reconocen oficialmente.
Pero la estabilidad del mercado energético mundial es demasiado importante como para dejarla completamente al azar de los conflictos geopolíticos.
Cuando el precio del petróleo se dispara de forma descontrolada, las consecuencias golpean a todo el sistema global.
Inflación.
Inestabilidad financiera.
Crisis económicas.
Tensiones sociales.
Por eso, incluso entre potencias que compiten entre sí, suele existir algún nivel de diplomacia silenciosa del petróleo.
Un tipo de comunicación discreta destinada a evitar que el sistema energético internacional colapse.
En ese contexto, el mundo parece avanzar hacia una etapa donde la energía vuelve a ocupar el centro del poder geopolítico.
Quien controla reservas, rutas de transporte, tecnología energética o financiamiento gana influencia.
Quien depende de otros para mantener encendida su economía queda expuesto.
Por eso, cuando el orden mundial comienza a reacomodarse, la pregunta sobre quién gana y quién pierde no es solamente un ejercicio académico.
Es una advertencia estratégica.
Porque en los momentos en que el tablero global se redefine, los países que no controlan su energía, sus rutas comerciales o su capacidad industrial terminan descubriendo algo incómodo.
Que el juego sigue adelante.
Pero las decisiones importantes se toman en otra mesa.
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