Para quien tiene la necesidad de hacer del tráfico digital un medio para estar informado, acceder a entrevistas es obligado. A veces son un desencanto; otras, tan elaboradas que resultan difíciles de seguir; en ocasiones, son un remanso generoso regalo en la selva informativa. Sus diferentes formatos —YouTube, podcast, blogs, etcétera— constituyen uno de los presentes de esta época, en la que prolifera la información oportuna, interactiva y variada. Ante tal diversidad, el reto ahora está en la capacidad del receptor para seleccionar, validar y asumir una postura: crítica, por una parte, y de apertura, por la otra.
La entrevista de Diego Valadés realizada por Carlos Alazraki en su polémico espacio digital, Atypical Te Ve, no tiene desperdicio. Es mucha la información expuesta en el tono pausado de un buen catedrático y ordenado pensador, con experiencia y, sobre todo —lo que hay que destacar en estos tiempos de fatalismo—, con esperanza razonada. Como dijera al final de su alocución: hasta lo malo no es para siempre, en referencia a que la regresión que vive el país habrá de llegar a su término.
Andrés Manuel López Obrador, sus seguidores y su sucesora concentraron el poder en términos inéditos, en un marco de caos y desorden, pero con claridad de objetivo. Han contado siempre con amplia aprobación a quien ocupa la presidencia, no respecto a lo que hace. La aportación de la mañanera consiste en eso: un ejercicio de propaganda y agresión a los adversarios y a la libertad de expresión que ofrece línea y que ha disciplinado y sometido, más que a nadie, a las élites. Como complemento, están las ministraciones directas a millones de mexicanos.
El régimen destruyó la República al eliminar los pesos y contrapesos institucionales; ahora se pretende cerrar el círculo minando la fuerza del voto para continuar por la misma ruta, bajo la ilusoria pretensión de permanencia. Morena no solo concentró el poder, también monopolizó la esperanza; mientras no haya interrupción de ese proceso, el régimen político continuará en el poder.
Seguramente esto mueve a Diego Valadés a contemplar un futuro promisorio. Tengo alguna reserva —no mayor— respecto de su tesis de que el país, mal que bien, ha preservado sus libertades, situación que constituye la variable independiente para contener al mal gobierno y eventualmente echarlo del poder. Es cierto, las libertades son la gran plataforma de la transformación. Incluso en Venezuela, con todo en contra, la oposición pudo ganar la elección, aunque no el poder. Aquí, se abrió espacio al descontento, no suficiente, sobre todo porque la oposición institucional padece desprestigio, falta de credibilidad y carencia de talento.
Está en génesis la creación de un nuevo partido, Somos MX, que representa la convergencia de muchas visiones, fuerzas y posturas. Su atractivo radica en su capacidad de diagnóstico y en la calidad de sus propuestas. Allí cohabitan mexicanos excepcionales que han decidido dejar la reflexión para participar en el activismo partidario, un cambio que acredita tanto al personaje como a la organización. Pero el tema son los votos, que no se ganan solo con talento e inteligencia, sino con organización y capacidad de movilización, dominio del ámbito emocional. Y nada mejor que la esperanza: que debe llegar tanto a los informados como a las personas en su vida cotidiana. Tarea nada fácil frente a la propaganda del régimen, el uso faccioso de los recursos públicos y la connivencia —voluntaria o involuntaria— de buena parte del ecosistema mediático, particularmente del convencional.
Descontento y esperanza son los sentimientos articuladores de la transformación, que el régimen capitalizó permitiéndole arrasar en 2018. El tiempo se le vino encima al líder, y el régimen político acumuló no solo contradicciones, sino un deterioro mayor del país respecto a su momento de origen. Bajo una aparente normalidad —a la que contribuyeron en gran medida las élites cooptadas y sometidas— avanzó la corrupción, se destruyeron instituciones fundamentales y el crimen ganó terreno en todos los ámbitos, incluido el político.
El descontento persiste, a pesar del clientelismo electoral, la parcialidad de las autoridades y el hostigamiento a la libertad de expresión. El régimen político está arrinconado por la propia realidad y los efectos de su envilecimiento. Las dificultades sustantivas del régimen constituyen solo parte del proceso: es necesaria una oposición articulada que pueda dar cauce al rechazo al orden de cosas y también a la idea de un mejor país. Efectivamente, hasta lo malo no es para siempre.