Hoy domingo, en Reforma, Enrique Krauze en su artículo Razones de un empresario, hace referencia a la presidenta Claudia Sheinbaum y al expresidente Andrés Manuel López Obrador. Es un diálogo ¿platónico? —(¿o será que meter a Platón en esto es demasiado estirar el recurso utilizado por el historiador? Diría el bolero: sabrá dios, uno no sabe nunca nada)—.
Es una charla ficticia entre la presidenta y un microempresario. Empieza Krauze mencionando la tesis, correcta, de que la verdadera amistad política, y yo añadiría que también la intelectual, reside en la franqueza y no en la adulación.
Enseguida, Enrique Krauze lanza una crítica durísima a la 4T. ¿Se presenta a sí mismo como amigo del gobierno de izquierda por criticarlo supuestamente con el propósito de asesorar a la presidenta Sheinbaum en la construcción de condiciones para un mayor crecimiento económico? En realidad, él se ve como enemigo de sí mismo: como un historiador que defiende una idea de país, la del México del PRI y del PAN, que jamás existió.
Para Krauze, resulta evidente en su texto, el México inmediatamente anterior a la 4T era tan progresista en lo económico como, por ejemplo, lo han sido Suiza o Noruega —o cualesquiera otras naciones desarrolladas en las que hay derechos sociales, buena educación, sistemas de salud ejemplares—. Vaya mentira.
Nunca nada, quizá ni el infierno, es totalmente negativo. Entonces debemos aceptar que no todo era malo antes de la llegada de la izquierda al poder, pero ¿todo era tan maravilloso como sugiere el articulista de Reforma? Me parece que Enrique Krauze se engaña a sí mismo; por lo tanto, él es su propio enemigo. Y es también enemigo de la historia, su profesión, al adular a aquel México, el prianista, de una manera tan absurda, con argumentos que nadie podrá creer; en efecto, como señalar que antes en nuestra nación había libertades y derechos sociales que ya se perdieron. ¿En serio, querido Enrique?
No es que Krauze se adule a sí mismo de forma narcisista —suele ser un hombre con los pies en la tierra—, sino que, por un enojo con AMLO y Sheinbaum que lo han criticado —mucho más el primero y no sé, la verdad sea dicha, si lo ha hecho la segunda—, el historiador adula a una época que la inmensa mayoría de la sociedad ha despreciado en dos procesos electorales presidenciales consecutivos. Presentar el México del PRI y del PAN como un referente de instituciones sólidas es, en el fondo, mentirse sobre las causas que llevaron al hartazgo social y a los triunfos de Andrés Manuel y Claudia.
Un verdadero amigo de la historia señalaría los desequilibrios, la corrupción estructural y el crecimiento excluyente —mientras más multimillonarios mexicanos se sumaban a las listas de Forbes, más millones de pobres se contaban en nuestro país—. Al omitir esto, Krauze traiciona la franqueza que tanto le exige a Sheinbaum. Vuelvo al bolero: sabrá dios por qué prefiere la ficción de una Suiza inexistente.
El microempresario del diálogo de Krauze sugeriría, como amigo de Claudia Sheinbaum, que la presidenta reconociera la supuesta destrucción de las instituciones, la ley y las libertades que, según él, comenzó en 2018. Pero, por supuesto, iniciar de esa manera la plática entre un pequeño hombre de negocios y la titular del poder ejecutivo haría imposible que la conversación avanzara. Porque se trata de decir verdades, no de ofender: lo que el historiador propone es un insulto a la mandataria. Doble insulto —a la presidenta y a la historia de México— al enmarcar las palabras del microempresario en lo que voy a llamar la nostalgia política de tanta gente enemiga de la 4T que idealiza el pasado del PRI y del PAN como un paraíso de certeza jurídica, condicionando la viabilidad económica del país a una ruptura total de Sheinbaum con el legado de su antecesor. Porque, como Joaquín López Dóriga, Ciro Gómez Leyva y otros personajes de la comentocracia, lo que en el fondo propone Enrique Krauze es que la presidenta rompa con AMLO, algo que si ocurriera sería el fin de la izquierda como gobierno.
En fin, el texto de Krauze utiliza la figura del amigo para disfrazar lo que termina siendo un pliego de condiciones políticas que, de aceptarse, golpearían la línea de flotación de la continuidad gubernamental.
Krauze intenta aterrizar la crítica en el terreno de la economía real (MiPyMEs), pero el personaje que construye no actúa como un aliado estratégico, sino como un fiscal que acusa. Al proponer que el amigo le diga a la presidenta que su gobierno es corresponsable de la destrucción institucional, Enrique anula la posibilidad de diálogo. No es amistoso el consejo que exige como premisa el reconocimiento de la propia culpa, sobre todo si esta muy probablemente solo está en la cabeza del consejero.
Si Krauze y su microempresario actuaran como genuinos amigos de México, no condicionarían su amistad con la presidenta a una ruptura pública con el expresidente. Porque al señalar que el gobierno anterior renunció a proveer seguridad y salud, Krauze coloca a Sheinbaum en una disyuntiva antidemocrática: para ser amiga de la inversión, debe traicionar a su base política y a su proyecto de nación; esto es, pasar a ser, para millones de votantes, una traidora del sufragio que la inmensa mayoría dos veces depositó en las urnas presidenciales.
Para ser amigo, ya no de la presidenta, sino de México, Krauze debería, en su ficción, llevar a Palacio Nacional a un microempresario que tuviera la intención de dar su punto de vista sobre cómo acelerar el crecimiento económico en el contexto político de la 4T; esto es, sin condicionar sus recomendaciones a un regreso al pasado del PRI y el PAN.
No vale la pena insistir en idealizar al México de antes. Basta ya de presentar como un paraíso perdido el que hayan cambiado el poder judicial y otras instituciones del PRI y del PAN que, en la práctica, muchas veces solo sirvieron para validar el despojo o proteger intereses cupulares, mediáticos y empresariales. Decir que México era un país de leyes antes de la 4T es ignorar que vivíamos en un capitalismo de cuates bastante desigual.
La tendencia a comparar el México previo a 2018 con una democracia europea estable, como la suiza, es lo que desconecta a los intelectuales de la realidad popular. No se puede defender la libertad de un sistema, el prianista, que mantenía a la mitad de la población en la pobreza y a las micro y pequeñas empresas asfixiadas por monopolios y corrupción.
El remate del artículo de Enrique Krauze es atroz. Afirma que Claudia Sheinbaum, por su biografía y ataduras, es difícil que entienda lo que debe hacerse para promover el crecimiento. El historiador subestima la capacidad técnica —tiene un doctorado en ingeniería— y la historia personal de la presidenta, que desde muy joven ha luchado a favor de la justicia y que, mujer trabajadora siempre, jamás ha dependido de nadie.