“El problema del mundo es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes llenos de dudas.”
Bertrand Russell
“La ignorancia en el poder es la forma más peligrosa de poder.”
James Baldwin
La ignorancia puede ser un defecto. Pero cuando se presume en el pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ya no solo es un defecto: es todo un espectáculo. Y eso fue exactamente lo que ofreció la ministra María Estela Ríos González.
Con toda la solemnidad que otorga la toga —y con la ligereza intelectual que al parecer no exige— la ministra sostuvo que las personas nacidas mediante fecundación in vitro no forman parte de una familia. Así, nos lo recetó: sin anestesia.
Ni la Iglesia católica se había atrevido a tanto. Durante décadas ha considerado la fecundación in vitro moralmente cuestionable. Pero incluso en su doctrina más conservadora jamás ha sostenido que los niños nacidos mediante ese procedimiento no pertenezcan a una familia. La ministra Ríos sí.
Y lo dijo desde el máximo tribunal constitucional del país.
Según datos del Instituto de Fertilidad y Genética, en México nacen entre tres mil y cuatro mil niños al año mediante fecundación in vitro. La técnica tiene más de tres décadas utilizándose en el país. Es decir: decenas de miles de mexicanos existen hoy gracias a ese procedimiento. Para la ministra, al parecer, todos ellos viven en algo parecido a una especie de limbo genealógico. Un curioso razonamiento para alguien cuya función es precisamente proteger derechos, no borrarlos.
Pero el problema no fue solo la barbaridad conceptual. Fue también el argumento. Dijo la ministra: “podríamos estimar que no forman parte de la familia, pero mujeres y hombres formamos parte de la familia”.
La frase merece una pausa.
Si quienes nacen por fecundación in vitro no son hombres ni mujeres, entonces la pregunta jurídica y biológica es inevitable: ¿qué son?
En cualquier tribunal serio del mundo, semejante razonamiento provocaría sonrojo. En la nueva Corte mexicana, en cambio, parece formar parte del debate cotidiano.
Eso sí, después vino la explicación. La ministra aseguró que su comentario había sido “sacado de contexto”. Una defensa muy popular entre políticos cuando el contexto, el video, el audio y la transcripción dicen exactamente lo mismo.
Escuché completa su intervención. Y fuera de contexto, dentro de contexto, en cámara lenta o en repetición, el resultado es idéntico: lo que queda es una mezcla de ignorancia jurídica, ligereza conceptual y una sorprendente incapacidad para reconocer el error.
Pero tampoco sorprende demasiado. Hablamos de una ministra que llegó a la Corte mediante el método más sofisticado de la ingeniería constitucional de la 4T: el acordeón electoral. Y cuando el método de selección es el acordeón, el resultado suele parecerse mucho a un examen copiado.
En ese mismo pleno, la ministra Lenia Batres —quien ya se perfila como futura presidenta de la Corte— decidió aportar su propia contribución intelectual al debate: votó en contra de un proyecto que ni siquiera estaba a votación. Sus colegas tuvieron que explicarle que aquello no se estaba votando.
No hubo incomodidad ni vergüenza ni el menor intento de disimulo. Tras ello, la jurista continuó tan campante como si nada hubiera ocurrido. Es el nuevo estándar 4t.
La Corte que prometieron “acercar al pueblo” parece haber decidido primero alejarse del conocimiento jurídico. Por supuesto, María Estela Ríos presume un doctorado otorgado por el Centro Universitario Emmanuel Kant. Después de escuchar su intervención, uno se pregunta si la universidad debería pedir una aclaración pública… o discretamente recuperar el diploma.
Porque el problema ya no es solo el desliz de una ministra. El problema es el nivel del tribunal completo.
La Suprema Corte de Justicia de la Nación fue durante décadas uno de los últimos contrapesos institucionales del país. Hoy parece cada vez más una mezcla de tribuna política, improvisación jurídica y seminario permanente de ocurrencias.
La famosa elección judicial que prometía democratizar la justicia terminó produciendo algo bastante más caro: jueces peor preparados. Y sí, caro. Porque no solo cuestan sus salarios, sus camionetas y sus oficinas. Cuesta mucho más el daño invisible: una justicia cada vez más arbitraria, más ideológica y menos profesional. En manos de estas ministras —y de estos criterios— queda la interpretación de la Constitución mexicana. Lo cual inevitablemente lleva a una pregunta incómoda:
Si ese es el nivel del razonamiento en el máximo tribunal del país, uno empieza a sospechar que en algún momento de la cadena evolutiva institucional a alguien le falló el condón… o el ácido fólico.
Giro de la Perinola
(1) Si seguimos la lógica de la ministra Ríos, los niños nacidos por fecundación in vitro no pertenecen a una familia. Lo cual abre otra duda jurídica fascinante. ¿Y los niños adoptados?
Porque según esa lógica genética estricta, tampoco compartirían el mismo origen biológico con sus padres.
Pero mejor no demos más ideas. No vaya a ser que en la próxima sesión del pleno descubran que las familias también necesitan pasar por control de pureza genética.
(2) Y ya que hablamos de redefinir conceptos, el gobernador de San Luis Potosí, Ricardo Gallardo, también decidió contribuir al debate nacional: asegura que la eventual candidatura de su esposa a la gubernatura no sería nepotismo, porque —según él— el término se ha “desvirtuado”.
(3) En la nueva semántica política mexicana, al parecer nepotismo no es nepotismo, las familias no son familias, y los ignorantes… tampoco son ignorantes. Son, simplemente, autoridades del Bienestar.
Porque después de escuchar el nivel de razonamiento en el pleno de la Corte y de los morenistas en general, uno entiende mejor la nueva lógica institucional del país: la justicia ya no se imparte, se improvisa. Yoda acción de gobierno es de pacotilla.